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El largo viaje de los anticonceptivos

El 18 de agosto de 1960 Gregory Goodwin presentaba la primera pastilla anticonceptiva, el corolario de la evolución de la anticoncepción.

Los métodos de control de natalidad han atravesado grandes avances impulsados por la investigación científica pero también por el activismo y los cambios sociales. Sin embargo, la estrecha relación entre procreación y sexualidad, hizo que el desarrollo de los anticonceptivos estuviera desde un principio condicionado por tensiones morales, religiosas, socioeconómicas y legales.

Para la Iglesia, los anticonceptivos se convirtieron rápidamente en algo a condenar. Tal como señala el historiador Jean-Louis Guereña, la norma impuesta por la Iglesia católica, fue la prohibición de cualquier método o técnica que no fuera considerada natural. Ya en 1826, el Vaticano condenó el uso del condón “por trastornar los decretos de la providencia”. El coitus interruptus y el método ogino fueron planteados como alternativas.

Pero la norma religiosa no se convertiría solamente en un imperativo moral, sino también legal. En EE.UU., no fue hasta 1965 cuando se derogaron las últimas leyes que establecían la ilegalidad de los controles de natalidad por parte de las parejas casadas. En España, bajo la dictadura franquista, la venta y difusión de anticonceptivos estuvo prohibida hasta 1978.

“La base ideológica nacional católica implicó la adopción de las ideas más retrógradas de la Iglesia, que abogaba por que se tuvieran los hijos que Dios quisiera. Además, se adoptaron políticas natalistas de ayudas y subvenciones a las familias numerosas”, explica Teresa Ortiz Gómez, catedrática jubilada de Historia de la Ciencia Universidad de Granada, quien ha dirigido numerosos proyectos de investigación sobre la historia de la anticoncepción y sexualidad.

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La activista Margaret Sanger fue juzgada por difundir sus ideas sobre el control de natalidad
La activista Margaret Sanger fue juzgada por difundir sus ideas sobre el control de natalidad

A pesar de estas prohibiciones, los anticonceptivos comenzaron a circular de manera clandestina. “Las mujeres y las parejas buscaban soluciones para controlar su fertilidad. No se anunciaban abiertamente, pero era información que circulaba de boca en boca o a través de médicos progresistas. Algunas mujeres tenían conocimiento por haber viajado a otros países europeos”, explica Ágata Ignaciuk, doctora en estudios de las mujeres y de género y coautora junto a Ortiz Gómez del libro Anticoncepción, mujeres y género: La píldora en España y Polonia (1960-1980) (Catarata).

El condón fue dado a conocer en Europa en el siglo XVI por el anatomista italiano Gabriel Fallopio. Estos primeros preservativos, hechos de lino o de seda, eran incómodos y poco seguros. Un siglo más tarde, eran elaborados con tripas de animales. Ya con el descubrimiento de la vulcanización a finales del siglo XIX en EE.UU., se introdujeron los de caucho, que eran más seguros, cómodos y baratos. Sin embargo, hasta principios del XX, todavía se utilizaban en España preservativos de tripas de animales, que podían reutilizarse después de ser lavados.

Sin embargo, tal como explica Jean-Louis Guereña, el condón todavía se utilizaba “más como preservativo contra las enfermedades venéreas que como medio anticonceptivo”, y estuvo asociado, entre el siglo XVIII y el XX, más “a los ambientes prostitucionales y a las enfermedades venéreas que podían aparecer de tales encuentros sexuales”.

Sin embargo, aclara que su popularización y su uso extendido no se debió a los médicos o a los poderes políticos, sino a pesar de ellos, ya que “desaconsejaban, por lo general, su utilización, más por razones morales que estrictamente médicas”, por el hecho de tratarse de un método anticonceptivo. Con el surgimiento del SIDA en la década de 1980, esto cambiaría radicalmente y el preservativo pasaría a estar en el centro de las campañas de prevención del virus.

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Un preservativo hecho con tripas de oveja, en torno al año 1800
Un preservativo hecho con tripas de oveja, en torno al año 1800

La incorporación de la anticoncepción dentro del ámbito de la medicina se produjo a partir de cambios fundamentales de la década del 1970. A principios del siglo XX, se gestó en Europa y EE.UU. un movimiento a favor de la anticoncepción inspirado en el movimiento neomalthusiano, impulsado por y para las mujeres. Sus pioneras promovieron la investigación con diferentes métodos como los espermicidas o las hormonas, difundieron métodos de barrera como los diafragmas e impulsaron la creación de redes asistenciales y centros de consulta para facilitar el acceso.

Si bien la lucha por los derechos reproductivos es hoy una de las banderas principales de los movimientos feministas, esto no fue así en un principio. “Este movimiento no encajaba con el feminismo de principios de siglo, que era maternalista y no se planteaba que las mujeres pudieran no querer ser madres”, dice Ortiz Gomez y agrega que: “Tampoco se defendía el aborto. Se defendía la anticoncepción sosteniendo que evitaría o disminuiría el número de abortos”. El centro de su acción y su discurso eran las mujeres casadas.

Aletta Jacobs fue una de las primeras en abrir camino. Tres años después de convertirse en la primera mujer en recibir el título de médica en los Países Bajos, fundó la primera consulta clínica en Ámsterdam para el asesoramiento a mujeres sobre anticonceptivos. En el Reino Unido, Marie Stopes creó en 1921 el Birth Control Clinic en Londres. Además, a través de publicaciones como Amor Conyugal (1918) o Paternidad Prudencial (1925) puso en escena el tema del placer en la sexualidad y de la necesidad de controlar la fertilidad. También introdujo la necesidad de introducir tallas de diafragmas, para que pudieran adaptarse a los distintos cuellos uterinos.

En EE.UU., la enfermera Margaret Sanger fue la encargada de acuñar el término birth control y de fundar la primera clínica de planificación familiar en su país, lo cual le valió múltiples batallas legales. Ella planteaba que si una mujer no era dueña de su cuerpo, todos los demás logros feministas, como el sufragio o la educación, perdían sentido.

Que la mujer estuviera a cargo de la anticoncepción y tuviera el control de su cuerpo era una idea muy revolucionaria para esta época. “Estas pioneras sostenían que eran las mujeres quienes tenían que tener la decisión en sus manos. Esto era históricamente novedoso”, explica Teresa Ortiz Gómez.

“Esto después ha tenido su contrapartida”, advierte Ignaciuk, y explica que “Hay historiadoras que se han preguntado por qué todavía no hay una píldora masculina disponible, cuando hace 60 años que existe la femenina”. Ella apunta que no sólo han jugado un rol factores sociales como las desigualdades en las responsabilidades de crianza, sino también el que no haya habido una apuesta por parte de los laboratorios farmacéuticos.

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Una fábrica de preservativos en los años 30
Una fábrica de preservativos en los años 30

De hecho, tuvieron un rol fundamental en la normalización de la píldora femenina. Las promociones de la píldora en la prensa médica circularon en España desde 1964, con el primer anuncio de anovial 21. Mientras que en Alemania, Holanda o Reino Unido este mismo producto se comercializaba como anticonceptivo, en España se introdujo como método terapéutico para la dismenorrea, esterilidad funcional, endometriosis e irregularidades del ciclo.

Según explica la experta en un artículo, estas campañas “fomentaron en los médicos la idea de que la píldora era algo respetable”, a la vez que reflejaban el perfil de mujer que era considerada como la usuaria ideal. “Si a principios de los años 70 era una mujer con varios hijos, a finales de esta década era una recién casada sin hijos, y para los años 80 van a ser adolescentes. Al ampliar los colectivos, se buscaba expandir el mercado”, explica Ignaciuk.

Ortiz Gómez señala que “La píldora les gustaba a los médicos, porque necesitaba de su supervisión. Se los implica por primera vez en el uso de un método anticonceptivo”. El hecho de que las organizaciones internacionales como la ONU y la OMS incorporaran a la planificación familiar como un derecho de salud, también motorizó la medicalización de la anticoncepción, que hasta entonces estaba fuera del campo de la medicina.

A partir de los 60 entra en escena el derecho de interrupción voluntaria del embarazo. “El objeto del discurso empiezan a ser las mujeres en general y el objetivo de la anticoncepción ya no va a ser tanto regular el tamaño de las familias o el momento de tener los hijos, sino decidir sobre la posibilidad de ser o no ser madre. En esta etapa, la medicina y la ciencia van a tener un protagonismo importante”, explica Ortiz Gómez.

En cuanto a los dispositivos intrauterinos (DIU), cuyo uso se generalizó en la década de 1960, no fueron muy populares en España. Según explica Ignaciuk, fueron muy utilizados en países en desarrollo. “Dependiendo de quien recomiende una tecnología, puede ser de liberación o una imposición de control poblacional. El DIU tiene una duración prolongada y, a diferencia de la píldora, no lo controla solamente la mujer. No lo puede dejar de tomar cuando quiera, hay que acudir a un profesional para dejarlo”, dice.

Durante la transición en España, tanto activistas feministas como profesionales de la salud tuvieron un papel fundamental en crear redes de apoyo y asistencia para que las mujeres pudieran acceder a anticonceptivos -fundamentalmente la píldora-, a través de consultas y clínicas clandestinas en hospitales públicos. En España, se estima que se pasó de vender dos millones de envases anuales de píldoras anticonceptivas a principios de la década de los 70, a casi diez millones hacia el final.

El fin del franquismo trajo consigo la despenalización de los anticonceptivos y más adelante la legalización del aborto en 1985. Sin embargo, esto no supuso un derecho adquirido, sino más bien un paso adelante en un proceso que todavía permanece abierto. Sobre este punto, Ignaciuk afirma: “Es muy importante que haya una ley, pero también es importante pensar en el acceso. Que sea legal no quiere decir que sea accesible”.

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