HistoriaBernardino Rivadavia | Ponsonby | argentina | Banda Oriental | Buenos Aires | Cabildo | Fructuoso Rivera | José Valentín Gómez | liberalismo económico | masonería | O’Higgins | Pedro I | Plaza de Mayo | Sociedad de Beneficencia | Vicente Fidel López | Vicente López y Planes | San Martín | Artigas | Bustos | Las Heras | Lavalle | Pueyrredón | Urquiza | Dorrego | Bolívar | Liniers | Beresford

El incómodo sillón de Rivadavia

La inseguridad del presidente Rivadavia fue grande. Su ejército presidencial del interior había sido deshecho por Quiroga, y Rivadavia necesitaba que Alvear, su ministro de guerra, regresara del Brasil con su oficialidad unitaria y las tropas para sostener a su vacilante gobierno. En abril de 1827 casi todas las provincias ya se habían pronunciado por el federalismo, rechazando la Constitución unitaria del 26 y cortando relaciones con Rivadavia y el Congreso. Puede decirse que, en la práctica, Rivadavia había quedado reducido a ser "Presidente de Buenos Aires".

Ponsonby escribió que el ministro García, aún después de la victoria de Ituzaingó y de los triunfos del almirante Brown, “me renovó las declaraciones del presidente, sinceras y bien conocidas, respecto a su anhelo de estrechar las relaciones de su país con el Brasil, tan íntimamente como sea posible, y de apoyar, en vez de atacar, la forma de gobierno allí existente y a Su Majestad Imperial”. La derrota del emperador y la instalación de una República en el Brasil hubiera asegurado el triunfo del federalismo en la Argentina, lo cual era, para los unitarios, sinónimo de anarquía.

Rivadavia consultó a sus partidarios y aunque Pueyrredón propuso llegar a un acuerdo con los caudillos provinciales para continuar la guerra, la mayoría se inclinó a favor de la paz. Para salvar a su propio gobierno, y al partido unitario ya jaqueado por la mayoría federal, Rivadavia acordó con Ponsonby, y con la Logia masónica Caballeros de América a la cual pertenecía el ministro Agüero, elegir a Manuel José García como encargado de negociar la paz. Aunque en sus instrucciones por escrito, del 19 de abril, se le indicaba que si no conseguía la reincorporación de la Banda Oriental debía pedir la independencia de la misma, se le dieron “plenos poderes” y verbalmente se lo autorizó a obtener “la paz a cualquier precio”, como dirá luego García en su descargo, y lo corroborarán Vicente López y Planes, Manuel Antonio Castro y Francisco Acosta.

Los logistas y unitarios porteños estaban desesperados y creían realmente que con “la paz a cualquier precio” podrían mantenerse en el poder. La política centralista de Rivadavia había antagonizado a las provincias, que rechazaron la Constitución unitaria según la cual los gobernadores serían nombrados desde Buenos Aires. San Juan, San Luis y Mendoza además de rechazar la Constitución habían firmado entre ellas el Tratado de Guanacache el 1º de abril de 1827. En mayo las provincias de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Santiago del Estero, La Rioja, Salta, Mendoza, San Juan, San Luis y la Banda Oriental habían organizado una Liga de Gobernadores opuesta a la Constitución unitaria y al “gobierno de Buenos Aires llamado nacional”, comprometiéndose a invitar también a Buenos Aires, Catamarca y Tucumán a darse una Constitución federal. En el tratado de alianza ofensiva y defensiva se reconocía como puertos libres y hábiles para el comercio exterior a los de Corrientes, Santa Fe, Bajada (Paraná), Arroyo de la China (Concepción del Uruguay), Gualeguay y Gualeguaychú. De esta manera se revocaba el Tratado de Pilar en cuanto establecía que “en los ríos Paraná y Uruguay navegarán únicamente los buques de provincias amigas”, artículo que había permitido a Buenos Aires transformarse en el único puerto aceptable para el comercio internacional.

Las provincias se preparaban a organizar un nuevo congreso en Santa Fe que apoyaría a la Banda Oriental. Mientras tanto las provincias habían dejado de mandar fuerzas para el “Ejército Nacional” de Rivadavia temiendo, con razón, que esas tropas, luego de combatir contra el Brasil, pudieran ser usadas por los unitarios contra ellas (como efectivamente lo harían Lavalle y Paz).

La situación del emperador tampoco era cómoda ya que sus fuerzas habían sufrido una serie de derrotas por mar y por tierra y necesitaba no salir también perdiendo en las tratativas de paz para poder mantenerse. En la disyuntiva, y ante la debilidad de ambas partes, el aristocrático lord Ponsonby prefirió salvar al gobierno monárquico de Pedro I y no a Rivadavia, de quien “nada bueno puede decirse” según le escribiera a Canning.

El doctor García no defraudó la confianza que Ponsonby había depositado en él, y en Río de Janeiro actuó más como agente británico que como argentino representando a su propio gobierno. Recordemos que el ejército imperial había sido derrotado en Ituzaingó el 20 de febrero, que Brown había obtenido las victorias navales de Juncal y de Quilmes los días 9 y 24 del mismo mes, y que el 7 de marzo las fuerzas navales brasileñas habían sufrido otra derrota completa en Carmen de Patagones. Además, Fructuoso Rivera, por su cuenta, había comenzado la campaña de las Misiones Orientales que amenazaban San Pablo. Pues bien, para complacer a Ponsonby y calmar al emperador exasperado por esa serie de derrotas, García se avino a firmar, el 24 de mayo, un convenio preliminar de paz ¡favorable al Brasil! Según ese convenio las Provincias Unidas “reconocerán la autoridad del Imperio con expresa renuncia a todos los derechos que podrían pretender al territorio de Montevideo hoy llamado Cisplatino”.

Además, se aceptaba: indemnizar al Brasil por las acciones de guerra de los corsarios argentinos; que la isla de Martín García se transformara en territorio neutral; y que Gran Bretaña garantizara la libre navegación en el Río de la Plata durante quince años.

Lo mismo que en tiempos coloniales, se ganaban las batallas y se perdía la paz.

Cuando el 22 de junio se conoció en Buenos Aires el texto del tratado preliminar, firmado por García en Río de Janeiro, estalló la indignación popular. Rivadavia, para salvarse, endilgó a García toda la culpa y el 25 de junio mandó al Congreso un documento rechazando el Tratado. El doctor José Valentín Gómez, principal vocero del presidente en el Congreso, atacó violentamente a García cuya vida corrió peligro. Según Roxas y Patron los unitarios exaltados querían “silenciarlo” para que no revelara detalles comprometedores, y se salvó porque Dorrego, vecino suyo, se instaló en su casa para protegerlo (datos citados por Lily Sosa de Newton).

Carteles impresos en los talleres del Gobierno aparecieron en las calles diciendo: “¡Buenos Aires y Banda Oriental! ¡García os ha traicionado! ¡Los ingleses quieren tener una parte del botín! ¡Si no abrimos los ojos volveremos a los tiempos de Beresford!”

Ponsonby escribió a Londres que Rivadavia “vio en el Tratado García una última esperanza de salvarse apelando a las pasiones patrióticas y presentándose él mismo como salvador”.

Rivadavia, pensando que se lo consideraría un héroe indispensable, elevó su renuncia al Congreso. En contra de lo que esperaba, esta le fue aceptada el 30 de junio por 48 votos contra 2. Dorrego había comenzado ya a publicar la correspondencia de Rivadavia con la casa Hullet, aumentando así el escándalo público. A pesar de haber sido aceptada su renuncia Rivadavia debió permanecer en el gobierno hasta el 9 de Julio, fecha en que Vicente López aceptó su nombramiento como Presidente Provisorio que había hecho el Congreso el 5 de Julio. Su hijo Vicente Fidel escribió que los unitarios, para salvarse, apelaron al patriotismo de Dorrego proponiéndole restablecer las instituciones de la provincia de Buenos Aires, destruidas por Rivadavia, y evitar “escándalos, recriminaciones y mayores males que los que hemos sufrido”. Así fue que Dorrego, Valentín Gómez y Arenales presentaron proyectos similares para restablecer la provincia de Buenos Aires con su Junta de Representantes y un ejecutivo provisorio que invitaría a las provincias a enviar diputados a una Convención Nacional que se reuniría donde decidiera la mayoría.

Como si no estuviesen justificados los comentarios que se hacían sobre la diplomacia inglesa, Ponsonby escribió el 15 de Julio al Foreign Office: “Los diarios propagados por el señor Rivadavia difamaban constantemente a la legación de S.M., insinuando contra ella las peores sospechas y describiendo sus actos como dirigidos a acarrear deshonor y agravio a la República”. Y el 20 de Julio escribe: “¡Confío en que esta aparente prevención contra Inglaterra cesará cuando la influencia y ejemplo del señor Rivadavia sean completamente extinguidos” y era Ponsonby quien lo había inducido a que aceptara la pérdida de la Banda Oriental.

El tratado preliminar que había firmado García era tan excesivamente favorable al Brasil, que desde el Foreign Office se criticó a sus gestores. Canning había renunciado por enfermedad a principios de 1827, muriendo el 6 de agosto. Los sucedió el conde de Dudley y Ward, el cual le escribió a Robert Gordon, ministro británico en Río de Janeiro el 28 de Agosto criticando el Convenio Preliminar de Paz porque sus términos “no coinciden con los que se instruyó a usted que recomendara a las Potencias Beligerantes… ni por cierto son tales como podrían haber sido propuestos a Buenos Ayres por un gobierno que se manifestaba igualmente amigo de ambas partes contendientes”… “Cualquiera que sea la suerte final de la Banda Oriental, y aunque el Emperador Don Pedro está dispuesto a llevar a cabo las sugestiones que tan oportunamente usted le ha formulado, sin embargo, al ceder este distrito, la República parecerá haber renunciado a todos los objetivos por los cuales bregó originalmente”… “aunque usted esté en lo cierto al juzgar que los términos del tratado son de menos consecuencia que la terminación de un conflicto perjudicial para un país, destructivo para el otro y poco compatible con el libre ejercicio del comercio con cualquiera de ellos”. Esta crítica a Gordon servía para lavar las manos del Foreign Office…

Rivadavia y su obra, despropósitos y alabanzas inmerecidas

La presidencia de Rivadavia había durado menos de 16 meses. No puede menos que coincidirse con lo que escribe Vicente Fidel López: “Antes de que el señor Rivadavia reclamase la presidencia permanente y la capitalización de Buenos Aires, las circunstancias no tenían nada de difíciles, ni aún para hacer la guerra contra el Brasil. No había partidos internos beligerantes ni había motivos o demostración alguna de guerra civil. Suprímase la presidencia y la capitalización, déjese al general Las Heras continuar con su buen sentido el período legal de su gobierno; a Bustos tranquilo en Córdoba remitiendo soldados para la guerra del Brasil y haciendo sentir su influjo para que Ibarra y Quiroga hicieran lo mismo; a Salta, Tucumán y Mendoza contribuyendo con los suyos y se verá que una situación semejante no ofrecía dificultades”.

La figura de Rivadavia como estadista excepcional que pintan sus panegiristas no guarda relación con su actuación, que vale la pena recapitular brevemente.

En 1809 Liniers lo había propuesto para Alférez Real (según parece como manera de saldar una deuda que tenía con el padre de Rivadavia). Pero el Cabildo rechazó la propuesta “porque no ha salido aun del estado de hijo de familia, no tiene carrera, es notoriamente de ningunas facultades, joven sin ejercicio, sin el menor mérito ni otras facultades”. En efecto Bernardino, que tenía 28 años, no había podido recibirse de abogado, abandonando los estudios y dependía económicamente de su padre. Cuatro años más tarde se vengará confirmando la sentencia de muerte de Alzaga y otros cabildantes autores de ese juicio lapidario que ofendía su vanidad y soberbia.

Tenía una gran capacidad para dictar leyes y ordenanzas minuciosas sobre todo tipo de asuntos, desde lo más importante a lo más trivial.

Engreído y pagado de sí mismo, en noviembre de 1811 declaró que los diputados del interior solo habían podido intervenir en el gobierno “por la tolerancia de la capital” y en diciembre los desterró a todos. Ese mismo mes condenó a muerte a los cabecillas de la muy justificada sublevación del cuerpo de Patricios, tildada peyorativamente como el “motín de las trenzas”.

Después de haber hecho fusilar indistintamente a españoles y patriotas marchó a Europa buscando un rey para el Río de la Plata y pactaba con los españoles cuando casi al mismo tiempo se declaraba la independencia. Luego durante su propia presidencia, actuó más bien como intendente de Buenos Aires, prolífico autor de decretos y medidas poco acertadas. Quiso construir una capital en vez de un país. Se lo ensalza por su interés en la educación y por la creación de la Sociedad de Beneficencia. Pero tuvo que crear esta Sociedad y encargarse de la educación porque había abolido las congregaciones religiosas que se ocupaban de los hospitales y de la enseñanza, incautándose de sus bienes e incluso de las joyas del Santuario de Luján. Fray Castañeda, un recalcitrante católico lo llamaba, entre otros epítetos, “El sapo antediluviano”.

Los fondos percibidos por la Aduana porteña, con los cuales en tiempos de la colonia se atendían las necesidades de todo el virreinato, pasaron a ser patrimonio exclusivo de Buenos Aires por decisión suya en 1821. Esto sería el generador de un sinnúmero de conflictos que se extendieron hasta el siglo XX.

Endeudó luego a Buenos Aires con el costoso e innecesario empréstito de Baring Brothers, que en vez de dinero amonedado proveyó letras de cambio de comerciantes ingleses, y en el cual lucraron escandalosamente los gestores del préstamo. Transformó después en nacional esa deuda que no había beneficiado a las otras provincias.

Negó apoyo a San Martín para concluir su campaña en el Perú, difamándolo luego ante Woodbine Parish, cónsul de Inglaterra. Rechazó la ayuda de Bolívar para liberar la Banda Oriental y reintegrar el Paraguay a las “Provincias Unidas” en las cuales provocó la guerra civil con sus intentos de establecer el unitarismo elitista a favor de Buenos Aires.

Mandó a García al Brasil para firmar un tratado inicuo endilgándole luego a él toda la responsabilidad y renunció a la presidencia dejando al país dividido, sin fondos y endeudado con Inglaterra.

El 27 de octubre de 1827 San Martín escribió a O’Higgins: “Ya habrá Ud. sabido la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y solo ha contribuido a dividir los ánimos. El me ha hecho una guerra de zapa. Me cercó de espías y mi correspondencia era abierta. Yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona”. En un momento que se cruzaron San Martín y Rivadavia en Europa, por poco acaban en un duelo.

El cónsul británico Woodbine Parish, que no simpatizaba con los federales por considerarlos enemigos del liberalismo económico que favorecía a Inglaterra, escribió a Canning el 20 de junio a los 4 meses de que Rivadavia asumiera la presidencia: “La conducta del señor Rivadavia desde que fue nombrado Presidente ha tenido tendencia a acarrear odio y, casi podría agregarse, ridículo a lo que pudiera considerarse una autoridad suprema…”. Ponsonby, que lo conoció y manejó a su antojo, comentó en su correspondencia privada: “El presidente me hizo acordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de prudente que nuestro amigo Sancho… Como político carece de muchas de las cualidades necesarias”, y calificó como una insensatez que hubiera encomendado a los Hullet el manejo de los asuntos financieros del país.

La serie de cargos que se le puede hacer a Rivadavia es casi tan larga como la calle que lleva su nombre en Buenos Aires y que se extiende fuera de la Capital es decir a donde él nunca puso el pie.

En lo que hace a la guerra con el Brasil, el historiador Rock piensa que: “Rivadavia fue un firme partidario de la guerra, que le dio la oportunidad de reclutar un ejército. Una vez concluida la campaña en la margen oriental, el ejército impondría la Constitución – por supuesto que unitaria – a las provincias”.

Julián Segundo de Agüero declaró: “Haremos la unidad a palos”. Por ello, como veremos más adelante, Rivadavia y Agüero serán dos de los gestores de la rebelión de Lavalle contra Dorrego, y ambos se fugarán del país, junto con otros unitarios, antes de que Lavalle haga lo mismo, renunciando a un poder injustamente adquirido.

Antes de morir en Cádiz, pobre y olvidado, Rivadavia tuvo tiempo para reflexionar y reconocer sus errores, escribiendo en su testamento “¡Qué tormento y qué desesperación experimenta mi alma al tener ahora plena conciencia de haber arrojado al país por caminos extraviados que lo han de conducir a un abismo!”.

Era 1845, y en esos momentos la flota anglofrancesa bloqueaba a Buenos Aires y, teniendo como base a Montevideo separada de la Argentina por culpa de Rivadavia, se aprestaba a remontar el Paraná para imponer una “libre navegación” que Inglaterra no reconocía en el río San Lorenzo de Canadá.

Alcibíades Lappas, decía de él: “Al cumplirse el centenario del nacimiento de Rivadavia, la Masonería Argentina y demás instituciones liberales propiciaron un grandioso desfile cívico el 20 de Mayo de 1880. Los masones desfilaron con sus estandartes al frente, de traje negro, corbata y guantes blancos, escarapela celeste y blanca en el ojal. Fue, a lo que sabemos, la primera manifestación masónica de esa índole que hubo en el país. Por iniciativa de la Masonería, se realizaron los trabajos previos para la erección de un monumento a la memoria del “más grande hombre civil de los argentinos”, cuya piedra fundamental se colocó en la Plaza de Mayo, pero en razón de la oposición de la curia eclesiástica, finalmente fue levantado en la Plaza Once”. Esa es la antigua plaza Miserere (donde Pueyrredón fue vencido por los ingleses) y se le cambió el nombre para recordar la revolución de los unitarios porteños contra Urquiza, del 11 de septiembre de 1952. En ella se encuentran las avenidas Rivadavia y Pueyrredón, que honran a quienes como directoriales y unitarios lucharon contra Artigas y los federales y facilitaron el desmembramiento de las Provincias Unidas y el engrandecimiento británico. Rivadavia está, por lo tanto, bien ubicado en esa plaza cuyos hermosos árboles fueron talados para darle perspectiva a su cenotafio.

A Don Bernardino el sillón le fue incómodo, la banda presidencial ceñida, las alabanzas holgadas, sus bolsillos llenos de dinero indebido y sus manos manchadas de sangre inocente.

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