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El genocidio de Ruanda

El 6 de abril de 1994, los presidentes hutus de Burundi (Cyprien Ntaryamira) y de Ruanda (Juvénal Habyarimana) volaban de regreso después de negociar un tratado de paz con los rebeldes tutsis cuando su avión fue derribado por un misil tierra-aire. Los hutus culparon a los tutsis por ese atentado y como represalia desencadenaron de inmediato matanzas sin cuartel. Esta fue la mecha que inició la locura, pero el odio ya llevaba más de un siglo.

Hagamos un poco de historia para tratar de entender las motivaciones del espantoso genocidio (no porque haya algún motivo que lo justifique, por supuesto). Ruanda (que aún no era Ruanda, en realidad) fue parte de los territorios africanos bajo dominio belga desde el fin de la Primera Guerra Mundial (antes habían formado parte de la África Oriental alemana, y ya desde entonces tutsis y hutus se odiaban). Los belgas dependían en buena medida de la nobleza y aristocracia tutsi local para sostener su gobierno. Los tutsis gozaban de privilegios y la etnia hutu se consideró siempre postergada. Los tutsis eran menos (bastante menos) que el mucho mayor campesinado hutu (una etnia bantú), y ambas etnias llevaban generaciones de luchas y conflictos.

Los cruces raciales, que cada vez eran más, habían atenuado algo el encono ancestral entre ambas etnias; pero los belgas tuvieron la poco feliz idea de diseñar documentos de identidad que señalaban claramente a qué etnia pertenecía cada ciudadano, y eso volvió a acentuar las diferencias entre ellos.

En 1962, el territorio bajo dominio belga se independizó dando origen a dos países: Burundi y Ruanda. Ambos hablaban el mismo idioma y eran de mayoría católica. Esta división en dos países generó una situación política y socialmente inestable. Las guerras civiles entre hutus y tutsis se sucedían, y en 1972 ya hubo una masacre en la que el gobierno tutsi de Burundi de aquel momento mató a más de 100.000 hutus, provocando además el éxodo de muchísimos más que cruzaron la frontera hacia Ruanda, país dominado por los hutus. El odio nunca se detuvo.

Volvamos ahora a lo que ocurrió en 1994. Al día siguiente del atentado que derribó el avión, las furiosas milicias hutus (la “Interahamwe” –“los que trabajan juntos”–) iniciaron una masacre matando tutsis por toda Ruanda; el genocidio fue dirigido por el ministro de defensa Theoneste Bagosora. En menos de dos semanas, antes de que la comunidad internacional tuviera tiempo de reaccionar, unas 250.000 mil personas habían sido descuartizadas, la mayoría con el arma característica de este genocidio: el machete.

Entre las primeras víctimas estaba la primera ministra Agathe Uwilingiyimana, una hutu moderada y pacifista (el gobierno de Ruanda era de la etnia hutu) que se oponía a la masacre, a la que violaron utilizando bayonetas antes de asesinarla; los soldados belgas de la ONU que formaban su guardia personal se rindieron sin ofrecer resistencia, pero aún así fueron castrados, amordazados con sus propios genitales y asesinados.

En todo el país los hutus se volvieron contra sus vecinos tutsis, sin distinción de hombres, mujeres o niños, de todas las formas imaginables. Los profesores hutus asesinaron a sus alumnos, las niñeras hutus asesinaron a los niños tutsis que tenían a su cuidado. A los hutus que eran reacios a matar tutsis los milicianos los amenazaban de muerte si no se incorporaban a la matanza; bandas de matones se los llevaban, les entregaban machetes y les ordenaban matar o morir. La culpa de los asesinatos “se repartía” entre todos los miembros de cada grupo, que se turnaban en las tareas de machetear, acuchillar y descuartizar.

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El odio estaba tan profundamente arraigado que ningún lugar era seguro para los tutsis. Un alcalde condujo a una milicia hutu a una iglesia católica de su ciudad para que masacraran a miles de personas que estaban refugiadas allí. En otra iglesia, el párroco local facilitó el acceso a los refugiados. En un convento, las mismas monjas facilitaron combustible para quemar el garage donde ellas mismas habían encerrado a algunos tutsis.

Los militantes del Interahamwe ponían especial énfasis en violar y humillar a las mujeres; algunas eran asesinadas inmediatamente después de ser violadas, otras eran descuartizadas en vida, otras eran objeto de mutilaciones, otras eran enjauladas para ser violadas nuevamente. Utilizaban para las violaciones botellas rotas, ramas de árbol, hasta cuchillos; lo más horrendo imaginable.

Después de tres meses de matanzas, el líder tutsi Paul Kagame y sus tropas del FPR (Frente Patriótico Ruandés) llegaron para atacar a los hutus. Kagame y el FPR habían intentado tomar el poder en Ruanda años antes, pero habían sido expulsados por militares belgas y franceses, unidos a hutus y soldados de Zaire. Kagame estaba exiliado en Uganda y formar su ejército para ir al rescate de los tutsis en Ruanda le llevó un tiempo, durante el cual la masacre fue espantosa.

Con la llegada del ejército de Kagame, millones de hutus huyeron a países vecinos escapando de la venganza. El ejército de Kagame detuvo la matanza, reinstauró la paz y apresó a miles de milicianos hutus. Coincidió que para entonces, la comunidad internacional (tarde, tarde) decidió enviar una misión humanitaria. Esto también contribuyó a detener la matanza pero también permitió que muchos milicianos hutus y miembros de las fuerzas armadas escaparan de la justicia (o de la venganza). Poco después, la ONU calculó que unos 800.000 ruandeses habían sido asesinados en apenas tres meses, mientras que el gobierno de Ruanda fijaría la cifra oficial en 937.000 personas.

Cuatro años después del genocidio, 130.000 miembros de la Interahamwe seguían en prisión a la espera de jucio; hasta entonces, los tribunales habían juzgado sólo a 330 de ellos.

En 2005, Ruanda descentralizó los procesosy organizó tribunales en los pueblos. En los primeros seis meses de funcionamiento esos tribunales locales juzgaron más de 4.000 casos y condenaron al 90% de los acusados. A pesar de que 650 prisioneros fueron sentenciados a ser fusilados, Ruanda abolió la pena de muerte antes de que muchas de las ejecuciones se llevaran a cabo. La decisión estaba basada en que esa era la única manera en la que el gobierno podía echarles mano a los casi 45.000 fugitivos acusados que vivían en países que no concederían la extradición a los mismos si al regresar a Ruanda debían enfrentarse a la pena de muerte. Con el paso del tiempo los juicios se fueron suavizando y, con una señal de arrepentimiento del acusado, los jueces contemplaban el largo tiempo que habían pasado en cárceles abarrotadas e inmundas y eran liberados.

El juez francés que investigó la muerte de los pilotos franceses del avión que fue derribado y que dio origen al genocidio, concluyó que fue el mismo Kagame quien había dado la orden de derribar el avión; un juez español llegó a las mismas conclusiones. Otras investigaciones concluyeron que los responsables habían sido extremistas hutus cercanos al gobierno, cuyo objetivo era derrocar a un gobierno demasiado moderado, acusar a los tutsis del atentado y dar pie a la matanza.

Paul Kagame es presidente de Ruanda desde 2003. Ha sido procesado en Francia y España por genocidio, acusado de ser responsable (como autor del atentado del avión) de lo que derivó en la masacre de Ruanda de 1994.

En la actualidad no puede ser juzgado por ningún tribunal nacional; al ser el jefe de Estado, tiene inmunidad. La fiscalía del Tribunal Penal Internacional para Ruanda sí podría juzgarlo. La primera fiscal del TPIR fue destituida de su cargo al querer investigar los crímenes del Frente Patriótico Ruandés (FPR) al mando de Kagame. El actual fiscal del TPIR no ha abierto ningún procedimiento contra ningún miembro del Frente Patriótico Ruandés (se ve que quiere cuidar su cargo, el hombre).

Ruanda y Francia rompieron relaciones diplomáticas en 2006.

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