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El fin del Imperio Otomano

En agosto de 1914, el Imperio Otomano firmó una alianza con el Imperio Alemán. Esta alianza, que condujo al Imperio Otomano a entrar en la Primera Guerra Mundial, terminó produciendo de hecho la partición del mismo. Fue algo así como apostar al caballo perdedor y quedarse sin nada.

El Imperio Otomano ya había sufrido golpes importantes antes de la mencionada Alianza germano-otomana. La revolución de 1908 (“Revolución de los Jóvenes Turcos”) había producido heridas en el Imperio y trascendentes cambios políticos que llevaron a una transición, en la que el denominado “Comité de Unión y Progreso” (manejado por el Movimiento de los Jóvenes Turcos y que, en 1915, sería responsable del genocidio armenio) se transformó en el centro de poder en la política otomana.

En 1911 el Imperio había perdido Libia a manos de Italia y mantenía permanentes disputas en Yemen (que luego lograría su independencia en medio de la Gran Guerra,en 1916), y en 1912-1913 perdería sus territorios en los Balcanes luego de las guerras Balcánicas.

En el Imperio Otomano existía un movimiento a favor de una alianza con Francia y el Reino Unido. Sin embargo parecía imposible que conciliaran una alianza con Francia, puesto que el principal aliado de los franceses era Rusia, archienemigo de los otomanos desde las guerras entre ambos imperios en el siglo XIX. El sultán otomano Mehmed V quería que su Imperio mantuviera la no-beligerancia, pero las presiones por parte de Alemania y de sus consejeros (principalmente por convenios económicos y de infraestructura que asegurarían ventajas a furturo para ambos Imperios) terminaron provocando que los otomanos firmaran la Alianza germano-otomana y entraran en guerra contra la “Triple Entente” (Francia, el Reino Unido y Rusia, afianzados con alianzas entre sí), con el resultado conocido: la derrota de ambos Imperios ante los aliados europeos.

Estamos ahora en 1920: la derrota de Alemania y del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial dio como resultado el reparto de sus colonias. Como siempre, el que gana decide cómo repartir lo que obtuvo. La por entonces reciente Sociedad de las Naciones (algo así como lo que hoy sería la ONU, creada por el Tratado de Versailles luego de la Guerra) había llevado a cabo una de las pocas acciones con consecuencias perdurables: dividió los territorios de Oriente Medio (que hasta ahí habían sido parte del Imperio Otomano) y se los concedió a Gran Bretaña y Francia (ganadores de la Gran Guerra) en calidad de “mandatos”.

El sistema de mandatos, que otorgaba el control de estos territorios y también los de África a las potencias aliadas, fue pensado por la Sociedad de las Naciones como un compromiso que permitía que los vencedores obtuvieran un “botín de guerra”, más allá de las muchas declamaciones en contrario realizadas en tiempos de guerra.

Los supuestos premios para Gran Bretaña fueron Irak y Palestina. Los británicos dividieron Palestina a su vez en Transjordania (actualmente Jordania) y Palestina (actualmente Israel, Cisjordania y Gaza, es decir, el territorio al oeste del río Jordán).

El dominio de ese territorio presentó más dificultades que las previstas, porque Gran Bretaña había adquirido compromisos tanto con los árabes como con los judíos (aún no existía el Estado de Israel) para obtener el apoyo de ambos en relación a sus necesidades durante la Gran Guerra.

En 1932, Gran Bretaña concedió la independencia a Irak (qué feo suena) y se quedó esperando a que Palestina la solicitara.

Por su parte, Francia obtuvo el control de Siria y Líbano; un premio igual de difícil teniendo en cuenta la inestabilidad de la región, de mecha más que corta. Francia mantuvo el dominio de estos dos países hasta la Segunda Guerra Mundial y los abandonó cuando los alemanes ocuparon Francia. Siria y Líbano obtuvieron su independencia a mediados de los años cuarenta, con el apoyo de Estados Unidos y la Unión Soviética (cuándo no, los pesos pesados en acción lejos de su casa).

Los territorios del Imperio Otomano en la península de Arabia se convirtieron en el Reno de Hiyaz, que luego pasó a formar parte de lo que hoy es el reino de Arabia Saudita. Mientras tanto, los territorios de las orillas occidentales del Golfo Pérsico fueron anexados por Arabia Saudita. Kuwait, Bahrein y Qatar pasaron a ser protectorados británicos y luego se convirtieron en monarquías independientes.

Después de la derrota en la Primera Guerra Mundial, el gobierno otomano firmó el Tratado de Sèvres en agosto de 1920. Este tratado supuso la formal destrucción militar, económica y política del poderoso Imperio Otomano y el germen del la República de Turquía. Los términos del Tratado eran bastante duros, y aunque el sultán aceptó tales concesiones, Mustafá Kemal, opositor de la Autoridad Imperial Otomana, se opuso rotundamente y se alzó en armas posteriormente contra los ocupadores vencedores (mayoritariamente Grecia, Armenia y en menor medida Italia, Francia y el Reino Unido) y el sultán.

Mustafá Kemal (conocido posteriormente como Atatürk, “padre de Turquía”), que había sido parte activa en la Revolución de los Jóvenes Turcos de 1908, se había convertido en un héroe otomano durante la Primera Guerra Mundial, derrotando a los británicos en Gallipoli (comandados por Winston Churchill, entre otros).

Mientras otros querían hacer de los restos del Imperio Otomano un protectorado británico o norteamericano después de la guerra, Kemal estaba decidido a construir un país soberano, y estableció un gobierno provisional en Ankara para rivalizar con el del sultán (Mehmed VI, que sería el último sultán del Imperio Otomano) establecido en Estambul.

Los diputados aprobaron su plan de independencia, pero los británicos no (claro); ocuparon la ciudad y disolvieron el gobierno. Pero Kemal convocó a elecciones, formó otra Asamblea y dio el nombre de “Turquía” al Estado que él mismo gobernaría, mientras su ejército sofocaba las revueltas en las zonas leales al sultán. Kemal (ahora Atatürk) “recuperó” o “invadió” (según desde qué lado se mire) tierras ocupadas por armenios y georgianos, y expulsó del sur a los franceses. Pero los británicos no querían irse, así que el resultado fue una guerra que duró un año entre los turcos de Atatürk y los griegos (abastecidos por los británicos) que querían su parte del país que se estaba formando (muchas manos en el pastel, y nunca faltaban las de los británicos, eso sí). Finalmente, después de la derrota en Anatolia, Grecia también se retiró.

Los aliados concedieron a los turcos casi todo lo que querían en una serie de acuerdos que culminaron en el Tratado de Lausanne en 1923. Atatürk abolió el sultanato, el último sultán huyó a Malta y Turquía nació oficialmente en 1923.

La partición del Imperio Otomano resultó, finalmente, en un acrecentamiento del poder europeo, especialmente del Reino Unido y de Francia, la conformación del mundo árabe actual y el nacimiento de la República de Turquía.

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