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El doctor Guillotin y la máquina que jamás inventó

Por lo general, cualquier médico suele sentirse orgulloso de ver su apellido utilizado para bautizar una enfermedad o un síndrome, un instrumento, una operación, un descubrimiento importante, etc.. No sucedió así, desde luego, en el caso que hoy nos ocupa. Porque a nadie puede agradar ver su nombre asociado a una tétrica máquina de ajusticiar, que se mantuvo en uso hasta la reciente abolición de la pena de muerte en Francia, en 1981. Y menos aún tratándose de nuestro humanitario y filántropo Joseph-Ignace Guillotin (1738-1814), que ni inventó la guillotina ni murió tampoco ejecutado en ella.

«El arte de vivir consiste en conseguir que hasta los sepultureros lamenten tu muerte» Mark Twain

Fue el doctor Joseph Ignace Guillotin (28 de mayo de 1738 - 26 de marzo de 1814) quien convenció a la Asamblea Nacional Constituyente de imponer una ley para evitar el suplicio final de la decapitación. Todos los hombres deberían morir por una máquina que librase de muerte tan cruel. A tal fin, promovió el uso de un aparato, fruto del esfuerzo conjunto de un médico, Antoine Louis (1723-1792), y de un fabricante de clavicordios, el alemán Tobias Schmidt.

El doctor Guillotin tenía la más sana de las intenciones al impulsar la utilización de este aparato que, como vemos, no inventó.

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Con el fin de evitar una tortura terminal, algunos profesionales tanto del arte de curar como de otras especialidades comenzaron a estudiar el problema, embebidos por el espíritu iluminista donde la ciencia todo lo puede. El cirujano Antoine Louis diseñó el primer prototipo de una máquina apta para resolver este engorroso problema de la decapitación sin retoques ni segundas vueltas.

Louis se puso a trabajar con Schmidt quien buscaba nuevos horizontes ya que estos instrumentos estaban siendo reemplazados por el novedoso pianoforte. Las piezas de Jean Philippe Rameau y François Couperin no eran del gusto de la gente, más entusiasmada por las obras de Muzio Clementi, Franz Joseph Haydn y un tal Wolfgang Amadeus Mozart. Monsieur Schmidt puso a disposición del doctor sus conocimientos sobre cuerdas, filos y cajas de madera.

En un callejón, al fondo de la fábrica de clavicordios, muy cerca de donde Marat publicaba las incendiarias editoriales de El amigo del pueblo [L’ami du peuple], Louis y Schmidt experimentaron los primeros prototipos de esta máquina humanitaria, en corderos. Suponemos que los éxitos iniciales fueron celebrados almorzando gigot d’agneau rôti, de los que seguramente participaba el doctor Guillotin, colega y amigo de Louis, muy interesado en estas experiencias que conducirían a una muerte menos cruel y más equitativa.

El doctor Guillotin fue convocado para participar de la convención nacional como representante del tercer estado, una poderosa burguesía en búsqueda de protagonismo político. Lo precedía al doctor un sólido prestigio científico ya que había trabajado junto a Antoine Lavoisier (1743-1794) y Benjamin Franklin (1706-1790), por entonces embajador estadounidense en París, para desenmascarar los ardides magnéticos del doctor Franz Mesmer (1734-1815).

Esta labor encomendada por el rey le había ganado fama por la forma imparcial y científica con la que había encarado el estudio de estas víctimas del mesmerismo. Desenmascarada la farsa del magnetismo animal, ahora Guillotin abrazaba una nueva causa: la muerte indolora. Algunos dicen, sin mayor sustento biográfico, que la madre del futuro doctor paseaba por la campiña cuando debió presenciar la ejecución por asfixia de un reo. El impacto fue tal que desencadenó el parto que trajo a este mundo al mismísimo Guillotin. Su misión humanitaria sería el fruto de esta terrible impresión materna.

El invento de la luisette, como originalmente se llamó a este decapitador automatizado, tenía predecesores en otros países. Los escoceses habían construido una a la que llamaban maiden [señorita] y los ingleses tenían una más primitiva, la Halifax Gibbet. Los alemanes diseñaron tres versiones conocidas como diele, hobel y dolabra. Pero ninguno de todos estos prototipos podía competir con esta joya del ingenio en efectividad y refinamiento, típicamente francés. Cada una de sus partes tenía un nombre especifico, uno más chic que otro. Le mouton [cordero] era el contrapeso de 35 kilogramos que aceleraba su presto descenso. Le déclic [disparador o trinquete], presionado por le bourreau [verdugo] sobre el condenado, lo empujaba sobre la bascule [báscula], conteniendo su cuello en la lunette (orificio circular por donde la víctima debía introducir su futura ex testa). Toda esta sucesión de elegantes porciones bien podrían haber pasado por una creación de La nouvelle cuisine.

Demostrada su efectividad en los carneros, se pasó a experimentar sobre humanos, en este caso, cadáveres. El Hôpital Bicêtre generosamente proveyó de abundante material a los inventores quienes, con la ayuda de Sanson, el verdugo oficial, ultimaron los detalles para su funcionamiento. Convencidos de su efectividad, Joseph Ignace Guillotin ‒ahora figura central de la Asamblea Nacional Constituyente‒ sugirió utilizar este invento, no solo humanitario sino democrático, porque igualaba en la muerte a aristócratas con plebeyos (hasta entonces, a los nobles, les tenían reservada una muerte más rápida y discreta). Instalada en la Place de Gréve (hoy Place de l’Hotel de Ville), su primera víctima ‒o beneficiario‒ tenía un nombre propio de un chef de la haute cuisine française: Nicolas Jacques Pelletier.

El 25 de abril de 1792, a las tres y media de la tarde, tres mil personas se agolparon en la plaza para ver funcionar la luisette. En esa oportunidad, Guillotin se dirigió al público presente y alabó esta iniciativa donde el ajusticiado «no sufre para nada y lo único de lo que es consciente es de un frío sobre el cuello», refiriéndose en estos términos al preciso instante en el que el acero cercena la extremidad cefálica del condenado.

El verdugo, Charles Henri Sanson, cumplió su trabajo con esmero. Orgulloso de su oficio, lo cumplía «con la habilidad y el amor de un artista». Al día siguiente, La Cronique de Paris alabó la eficiencia de la máquina: «Ninguna mano de hombre se mancha con este tipo de asesinato. La velocidad con que se impacta se encuentra más de acuerdo con el espíritu de la ley –puede ser severa pero jamás deberá ser cruel–». Por casi cincuenta años, Sanson y sus descendientes fueron la mano ejecutora de la justicia, hasta que un nieto del verdugo, apremiado por deudas de juego, empeñó la máquina justiciera (sí, empeñó su instrumento de trabajo).

La moda «Guillotin» se instaló en París. La gente, confundida por la defensa acalorada del doctor, atribuyó a este galeno el invento. En una semana había bijouterie Guillotin, juguetes Guillotin y souvenirs Guillotin: un inusual merchandising para aquellos tiempos. Suponemos, además, que el doctor Guillotin debió haber aumentado sus honorarios.

Pronto el aparato resultó de suma importancia en la campaña antimonárquica de los revolucionarios. Su infalibilidad se demostró sobre 2498 cabezas, incluidas la de Luis XVI y la de su esposa María Antonieta.

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Los nobles de Francia se aglutinaron en el exclusivo cementerio de Picpus que, de allí en más, solo albergó aristócratas, manteniendo a una discreta distancia a todos aquellos que no ostentasen tal pureza de sangre. La ejecución, tan democráticamente propuesta, conservaba sus diferencias después de la muerte...

Pero las expectativas de Guillotin sobre las bondades de una muerte rápida e indolora no resultaron ser tales. El anatomista alemán Samuel Thomas von Sömmerring, en 1795, sostenía que estas cabezas separadas del cuerpo continuaban haciendo guiños y gesticulaciones, tal como demostrara en su experiencia póstuma el sabio Lavoisier, amigo del doctor Guillotin. Este estudioso –célebre como descubridor del oxígeno– había sido condenado no por sus hallazgos científicos, sino por su participación como asesor de la empresa recaudadora de impuestos, la Ferme générale. El químico solicitó un retraso en la ejecución ya que quería terminar unos experimentos antes de presentarse ante el Ser Supremo (como entonces le decían los revolucionarios). Fue entonces cuando el juez jacobino dijo una de esas frases que hacen historia: «La revolución no necesita sabios». Igualmente, Lavoisier aprovechó la circunstancia para realizar su última investigación científica, ya que invitó a sus discípulos a presenciar su ejecución, a fin de que fueran testigos del tiempo que duraba moviendo los párpados después de ser decapitado. Por más de un minuto, abrió y cerró sus ojos. Con esto demostraba que la conciencia persistía por varios segundos después de la supuesta muerte indolora y democrática.

Mademoiselle Corday, la asesina de Jean Paul Marat, también había gesticulado durante un largo rato después de ser guillotinada.

Varios médicos, dispuestos a dilucidar cuánto tiempo duraba la vida después de la muerte, quemaron, pincharon y colocaron todo tipo de sustancias irritantes sobre las cabezas recién cortadas de reos y criminales. Es más, el doctor De Legallois sostenía que estas cabezas podían mantenerse vivas si se les suministraba sangre oxigenada. Años después, el doctor Brown-Séquard logró mantener por algunas horas una de estas mascotas gesticulando mientras era irrigada con sangre arterial. Charles Guthrie y el premio Nobel Alexis Carrel colocaron la cabeza decapitada de un perro sobre otro entero que, por una anastomosis vascular, mantenía a su nueva testa prefundida.[1] Poco vivió este Cancerbero incompleto.

Después de estos estudios, los profesionales llegaron a la triste conclusión, que contradecía las buenas intenciones del doctor Guillotin: «La muerte no es inmediata, los elementos vitales sobreviven. Esta es una salvaje vivisección seguida de un funeral prematuro».

Sin embargo, los franceses continuaron utilizando este aparato por más de un siglo aunque, en 1939, el espectáculo dejó de ser público. Al condenado nunca le informaban qué día perdería la cabeza. Sí sabía que no caería ni en domingos ni en días feriados. En horas de la noche, guardias descalzos, solían despertar al que pronto sería ajusticiado. Después de un vaso de ron y un cigarrillo, le era permitido vestirse con su ropa y quizás, irónicamente, usar su sombrero por última vez. La guillotina dejó de usarse hacia 1960.

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¿Qué fue de la vida de nuestro buen doctor? Después de esconderse durante los primeros tiempos del Imperio napoleónico, fue un entusiasta vacunador. Se suele decir que Guillotin murió mediante su atribuida invención. No fue así. Falleció de carbunclo en 1814 en su casa. La familia, desde entonces, mantiene un litigio con el gobierno francés para limpiar el apellido de toda connotación ignominiosa y desprender a su pariente de la máquina que este promoviera, mas no inventara.

Guillotin nos dejó en su testamento estas consideraciones filosóficas, desencantado por la ingratitud de la humanidad: «Es difícil hacer el bien a los hombres sin que eso resulte en algunas circunstancias desagradable para quien así lo intenta». Sabias palabras.

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[1]. De hecho, hoy en día, una compañía estadounidense ofrece mantener en suspensión criónica solamente la cabeza de los clientes.

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