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El dedo en la llaga: Günter Grass y la Alemania de posguerra

Recordado por haber sido el autor de la magistral El tambor de hojalata, Günter Grass llegó a erigirse como uno de los escritores alemanes más importantes del siglo pasado que, con su voz fresca, atrevida y comprometida, supo reconfigurar la literatura de una nación en crisis.

Si usted conoce a Günter Grass, uno de los autores alemanes más celebrados del siglo XX, probablemente lo conozca por El tambor de hojalata (1959). Alabada como una de las mejores novelas del siglo pasado, en ella el autor se metió en un terreno escabroso como era el comportamiento del pueblo alemán durante el nazismo y la guerra, y – poniendo el dedo en la llaga – logró alcanzar la fama internacional. Pero, como suele suceder en casos así, el relato alegórico del enano Oskar Matzerath y su tambor de juguete, terminó tapando todo el resto de una historia mucho más compleja. Una historia, que comenzó el 16 de octubre de 1927 en la Ciudad Libre de Danzig, cuando Grass nació en un lugar en el que confluían las culturas alemana y polaca.

En este escenario, aún si en los entretelones ya se dejaba sentir la tormenta que desataría al nazismo sobre Europa, el niño Grass pasó una infancia relativamente normal, austera y sin sobresaltos. La escalada de la violencia y el inicio de la guerra a finales de la década del treinta, sin embargo, cambiaron todo eso. Como él mismo sólo pudo admitir años después, aun siendo extremadamente joven, Grass se dejó seducir por las circunstancias y se entusiasmó con el conflicto tanto, que se alistó voluntariamente para pelear a la edad de 15 años. Según reveló en su controversial autobiografía, La piel de la cebolla (2006), él esperaba ser convocado para participar del esfuerzo de guerra dentro del programa de submarinos de la Marina, pero cuando su solicitud fuer rechazada, en cambio, fue a parar a finales de 1944 a una división de Panzer de la SS. La experiencia, de todos modos, no duró demasiado. Para mayo de 1945, Grass fue capturado por el ejército estadounidense y enviado a un campo de prisioneros en Bavaria, a dónde estuvo hasta 1946.

Tras su liberación, como muchos de sus compatriotas, Grass hizo el esfuerzo de retornar a la vida de civil. Así, a finales de los cuarenta, lo encontramos queriendo ser artista. Trabajó en una mina, se formó como picapedrero, estudió dibujo y escultura en la Kunstakademie de Düsseldorf entre 1948 y 1952, y, una vez terminados sus estudios en esta institución, se mudó a Berlín para continuar su aprendizaje durante tres años más en la Universidad de Artes de esa ciudad.

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En paralelo, sin embargo, había algo más cocinándose en la mente de Grass; algo que, finalmente, pudo expresar a través de la palabra. A mediados de los cincuenta, debutó con un libro de poemas titulado Die Vorzüge der Windhünter (1956), dio sus primeros pasos como dramaturgo, y hasta logró captar la atención de los intelectuales nucleados en lo que se conocía como el Grupo 47, al cual fue invitado a participar. Pero nada de esto se podría comparar con el impacto que tendría la primera novela de Grass, la ya mencionada El tambor de hojalata.

La obra – una suerte de alegoría sobre el ascenso del nazismo que ponía el foco sobre la cuestión de la culpabilidad alemana – lógicamente sacudió todo el panorama literario de la nación y, con el escándalo como combustible, lanzó a Grass a la fama. A esta experiencia le siguieron en lo inmediato dos libros más – El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963) – que terminaron de configurar la “Trilogía de Danzig” y, con ellos, el autor cimentó la sensación de que algo nuevo estaba pasando en las letras alemanas. Lejos de la máxima de Theodor Adorno acerca de la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz, éste joven, como tantos otros de su generación, demostraba que se podía dar una nueva vida a esa lengua – su lengua – “declarada culpable”, como la definiría años después.

Este despertar de las palabras, en Grass, adoptó rápidamente el tono del compromiso y, como muchos le reprocharían por décadas, eligió poner su talento al servicio de la política. En la década del sesenta, el autor se empezó a expresar abiertamente sobre cuestiones de la coyuntura y se mostró asiduamente cerca del partido socialdemócrata (SPD) y de su máximo referente, Willy Brandt, para quien Grass escribiría discursos en más de una oportunidad. Este contacto no fue para nada inocente y, de hecho, se vio reflejado pronto en su trabajo literario, dónde las reflexiones acerca del pasado reciente de pronto fueron reemplazadas por críticas al obrerismo demócrata alemán (Los plebeyos ensayan la revolución, obra de teatro de 1966), alegatos en contra de la guerra de Vietnam (Anestesia Local, novela de 1969) y propuestas en favor del reformismo (El diario de un caracol, poemas de 1972).

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Grass con Brandt.
Grass con Brandt.

De todos modos, no todo en su obra cayó en estas categorías. Para las décadas del setenta y ochenta, Grass también logró expandir su talento hacia el terreno de la épica y, aún si todavía conservaba cierta bajada de línea, logró atraer la atención del público lector con novelas como la polémica El rodaballo (1977), Encuentro en Telgte (1979) o la apocalíptica La Ratesa (1986). Ya para esta altura, Grass había pasado a ser parte del canon definitivamente y, durante los últimos años de su vida, no hizo más que solidificar este estatus con obras como Es cuento largo (1995) y el original libro de relatos Mi siglo (1999), publicado el mismo año en que recibió el Premio Nobel de Literatura.

Pero, aún si parecía intocable, en estos años finales lo personal se le volvió nuevamente en contra. Volcado a la autorreflexión y la redacción de memorias, Grass se expresó una y otra vez con cierta sensación de impunidad sobre cuestiones de política que dejaban a su público atónito, cómo sucedió con su alegato en contra de la reunificación alemana, y se ganó odios con revelaciones como la referida a su pasado en las SS. Pero, aún si cosas como estas le quitaron cierta credibilidad a los ojos de muchos, lo cierto es que Grass pudo mantenerse a flote y disfrutó de ser reconocido como una leyenda en vida.

Hasta el final bromeó sobre la forma en la que no podía escapar a su primera novela (aún si admitía que no era personalmente su favorita) y, cuando dejó de existir tras sufrir una infección pulmonar el 13 de abril de 2015, desde todos los rincones del planeta se lloró su muerte.

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