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El cadáver imaginario

Jean-Baptiste Poquelin, mejor conocido como Molière, murió de un ataque fulminante, momentos después de una representación (actuaba en sus propias obras) de El enfermo imaginario, aquella demoledora sátira contra los médicos.

Jean-Baptiste Poquelin no solo era un gran escritor sino un buen actor que tuvo el poco tino de morir vomitando sangre sobre un escenario mientras interpretaba su última creación, El enfermo imaginario. El público aplaudió entusiasmado, aunque no faltó el crítico que encontró dicha interpretación algo exagerada. Así Molière entró a la inmortalidad, pero su cadáver sufrió una serie de extravíos hasta terminar junto a Jean de La Fontaine, otro gran autor de las letras francesas, aunque nadie está seguro si en sus tumbas se encuentran verdaderamente los restos de estos escritores, llegados al cementerio de Père-Lachaise para convencer a futuros habitantes eternos de París, que la compañía de tan ilustres artistas era un excelente motivo para ser enterrado en ese lugar. A pesar de que los romanos decían que en las tumbas terminaban las vanidades de este mundo (sic finis vanitas mundi), esta historia de aventuras póstumas nos convence que las vanidades continúan en el más allá….

Durante el año 1806, el señor Nicolas Frochot, con miras a la promoción del cementerio Père-Lachaise, había adquirió el cuerpo de Luisa de Lorraine –la reina de Enrique iii, el último de los Valois–. Como Luisa no parecía ser suficiente atracción para la ascendente burguesía parisina, este decidió intercambiar a la reina[1] por los huesos de Eloísa y Abelardo. Construyó una romántica escena, ambos cuerpos yacentes, uno al lado del otro, tímidamente tomados de la mano –para evitar malentendidos– y un baldaquino gótico construido con las piedras del destruido Paracleto. Así pueden verse en el cementerio a los atribulados amantes medievales.

Por esos días, Frochot se enteró de que monsieur Lenoir también era el feliz propietario de los restos de Molière y La Fontaine (o al menos eso creía). ¿Cómo habían ido a parar a sus manos?

Jean Baptiste Poquelín, más conocido bajo el pseudónimo de “Molière”, murió en escena durante su más célebre interpretación de El enfermo imaginario. Al parecer, el enfermo no era tan imaginario ya que los pulmones de Molière se llenaron de sangre y falleció sobre el escenario por la tuberculosis que minaba su salud desde hacía tiempo.

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Molière.
Molière.

La Iglesia prohibía terminantemente la sepultura de actores en camposanto, al igual que de herejes, brujos, suicidas, usureros e infieles. Aunque, en sus últimos momentos, Molière pidió por un sacerdote, este no llegó a tiempo. La comedia ya había terminado. Su viuda reclamó una cristiana sepultura para su marido ante el vicario de San Eustaquio, que la remitió al obispo de París. El obispo, impasible, le recordó las normas vigentes. Entonces la viuda se dirigió al rey Luis xiv. El monarca, más condescendiente que los religiosos, recomendó al prelado evitar todo escándalo. Lo único que le faltaba al Rey Sol era tener problemas por un actor muerto. De ese modo, el vicario de San Eustaquio aceptó inhumar a Molière con la condición de enterrarlo al atardecer, sin servicio ni ceremonia. Así, el 21 de Febrero de 1673 –cinco días después de muerto–, fue sepultado en el cementerio de San José de la parroquia de San Eustaquio. A pesar de las condiciones impuestas, una multitud se juntó para despedir al dramaturgo. Sin embargo, aunque el rey había otorgado el permiso para el entierro, el obispo de París no estaba dispuesto a permitir que un comediante rompiese sus reglas. Se comenta que poco después ordenó desenterrar a Molière de su cristiano reposo para depositarlo junto a los suicidas, nonatos y gentes que no habían abrazado la verdadera fe. Probablemente, su cuerpo fue movido de un lugar a otro dentro del cementerio, siguiendo los humores de los burócratas y de los prelados de turno sin que, a ciencia cierta, nadie pudiese afirmar dónde estaba lo que alguna vez había sido Molière.

Cuando los tiempos revolucionarios rehabilitaron su figura, se pidió exhumar el cadáver para su pública veneración. Ahora, ¿cuáles de todos esos huesos eran los del escritor? La muerte es un proceso igualitario: todos los esqueletos se parecen. Se desenterró un cadáver de la fosa común donde iban a parar los no bautizados y listo.

Ya que estaban, se llevaron del cementerio de San José otro cadáver, que de allí en más, fue dado en llamar Jean de La Fontaine. La medida era bastante discutible ya que el famoso escritor de fábulas no había sido enterrado en el cementerio de los Inocentes. El traslado del dicho Molière y su compañero de enterratorio no fue inmediato: por años permanecieron en la cripta de la iglesia y después, por dieciocho años más, en la Escuela de Bellas Artes, bajo la vigilancia de Lenoir. Finalmente Frochot, en sus intercambios de huesos célebres, logró trasladar a Père-Lachaise los restos de los titulados Molière y La Fontaine[2].

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Jean de La Fontaine & Molière.
Jean de La Fontaine & Molière.

En vida, La Fontaine había expresado su deseo de ser enterrado junto a su admirado Molière, cosa que se hizo con doscientos años de diferencia y con dos cadáveres que nadie puede identificar a ciencia cierta. Esta confusión seguramente hubiera inspirado en La Fontaine una fábula moralizante sobre las vanidades de los hombres y las idioteces de sus congéneres.

Ahora solo resta tomar esta historia con filosófico sentido del humor, ya que nadie está muy interesado en saber a quiénes realmente pertenecieron estos huesos. Basta creer que son Molière y La Fontaine los que esperan en Père-Lachaise la llegada del Juicio Final, aunque tampoco podemos asegurar cuándo y cómo será la nueva venida del Señor, ni qué será de las almas de Molière y La Fontaine cuando encuentren en sus tumbas históricas, los cuerpos que no les pertenecen.

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[1]. La reina, como tal, dio con sus huesos en Saint-Denis.

[2]. Curiosamente, en el Museo Carnavalet, existe una vértebra, supuestamente de La Fontaine, con la que se ha hecho un anillo.

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