Cámpora es elegido presidente

La campaña del peronismo para las elecciones de marzo buscaba mostrarse lo más opuesto posible a los militares que gobernaban y reafirmar a Cámpora como “lealtad a Perón garantizada”. Las dos cosas las consiguieron fácilmente; los peronistas estaban predispuestos a aceptar de buen grado ambas cosas.

Cámpora discurseaba sobre la “liberación nacional”, los “mártires de Trelew”, los “caídos en la lucha” y la “lucha antiimperialista”. Aprovechando ese discurso, tanto los Montoneros como la Juventud Peronista introdujeron un slogan similar: “El Tío presidente, libertad a los combatientes”, que se unía al que se leía en las paredes escritas por todo el país: “Cámpora presidente, Perón al poder”.

El Partido Justicialista integraba el FREJULI -un nombre que sonaba a jarabe pediátrico- (Frente Justicialista de Liberación) junto con otros partidos: el MID, el Partido Conservador Popular -del que saldría Vicente Solano Lima, el candidato a vicepresidente- y el Partido Popular Cristiano, que era a su vez una división del Partido Demócrata Cristiano.

Perón sostenía, desde el exilio, que las Fuerzas Armadas gobernantes llamaban a elecciones porque la situación no daba para más y le temían a una guerra civil. Decía que lo primero que había que hacer era liberar al país del “Partido Militar” (Perón era militar, pero él hablaba de otros militares) y después liberarlo del imperialismo.

En el rincón opuesto del ring, el general Alejandro Agustín Lanusse (quien le había mojado la oreja a Perón en julio de 1972 diciéndole que “no le da el cuero” para volver), presidente de facto, se devanaba los sesos viendo cómo hacer para que no hubiera elecciones que derivarían con certeza en el nuevo desembarco peronista en el poder. Lanusse y los altos mandos pensaron en proscribir al FREJULI argumentando su apoyo a la subversión, prohibieron por decreto el regreso de Perón antes de las elecciones, en fin, nada muy consistente. Finalmente sí dejaron establecido una especie de compromiso que le comunicaba “a quien fuera elegido como nuevo gobierno” (metiéndole un poco de presión, digamos) que respaldarían las instituciones republicanas y la democracia, que declaraban la independencia del Poder Judicial, pero que a la vez descartaban amnistías para quienes estuvieran procesados o condenados por delitos relacionados con la subversión y el terrorismo (podrían haber hecho la frase más corta, pero eligieron expresarlo así).

En una tercera esquina, el PTR-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo, uno de los actores de la violencia cotidiana imperante) deció votar en blanco, porque sostenía que las masas peronistas estaban empapadas de ideología burguesa. El ERP decía que los peronistas usaban la violencia revolucionaria para lograr un objetivo nada revolucionario: el regreso de Perón para formar un gobierno burgués.

Tres días antes de las elecciones, el “ERP-22 de Agosto”, un grupo disidente del ERP, secuestró a Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y dueño de Canal 11, a primera hora de la mañana. Ese mismo día, la edición vespertina del diario publicó un comunicado del ERP-22 (lo del 22 se debía al 22 de agosto de 1972, cuando en la base aeronaval de Trelew habían sido fusilados 19 guerrilleros presos).

El comunicado decía, palabras más, palabras menos: “el FREJULI es la fuerza electoral que tiene más posibilidades de derrotar en las urnas la maniobra del gobierno. (…) Las masas usarán al FREJULI como herramienta de lucha para reafirmar sus reivindicaciones, para la libertad de los guerrilleros presos, para el cese de la explotación del hombre por el hombre, para la construcción del socialismo. (…) Trabajadores: un solo camino hay para la toma del poder: la guerra del pueblo. Una sola opción para votar el 11: el FREJULI. Viva la guerra y el socialismo. Viva la unidad de acción de Montoneros, FAR, ERP y ERP-22, vanguardia del pueblo en su lucha por la libertad.” Todas palabras rimbombantes que hemos escuchado una y mil veces en muchos lados.

La cuestión es que el comunicado se publicó en el diario y fue emitido por Canal 11. La noche del mismo 8 de marzo, García fue liberado y los del ERP-22 lograron lo que querían: torcerle el brazo al gobierno militar haciendo su presencia en las primeras planas, ya que el gobierno militar había emitido un decreto en el que prohibía a la prensa la difusión o mención de las organizaciones subversivas.

Finalmente, el 11 de marzo, Héctor José Cámpora, ex diputado, ex colaborador de Eva Perón, ex ministro plenipotenciario, bautizado “El Tío” por la Juventud Peronista (movimiento con el que tenía buena relación), odontólogo bien visto por el sector de la izquierda peronista, ganó las elecciones con el 49,59% de los votos, frente al 21,29% de Ricardo Balbín, “El Chino”, candidato de la Unión Cívica Radical.

Cámpora resultaba un buen candidato para las expectativas de los sectores más combativos del movimiento peronista, sobre todo de la juventud. A la vez, el “Tío” aseguraba la lealtad necesaria a Perón como para resignar el poder poco después de asumirlo y darle cabida al regreso de Perón al poder.

Pocos días después de la victoria, Cámpora ratificó una promesa electoral: los presos políticos saldrían en libertad. “No quedará en la cárcel ningún patriota, sean cuales fueren los hechos que haya realizado, siempre que los mismos tengan una motivación política (sic).” La frase es, cuanto menos, curiosa. No era un gran orador, Cámpora.

Perón suponía que la guerrilla, establecido un gobierno constitucional, se iría extinguiendo, en una especie de inercia inevitable. “La violencia en Argentina ha sido consecuencia de la violencia de la dictadura militar, así que es justo pensar que, desaparecido el sistema represivo, no tienen razón de ser los métodos violentos que el pueblo se vio obligado a ejecutar en defensa de sus derechos.”

Nada sucedió así. La guerrilla no abandonó las armas. El ERP prometió que no atacaría al nuevo gobierno, pero seguiría “en combate contra las empresas extranjeras y las Fuerzas Armadas.” Montoneros tampoco se desarmó, entró en una breve calma y luego comenzaría su lucha en la interna contra la derecha peronista. “Con los votos llegamos al gobierno, pero tanto nosotros como nuestro enemigo sabemos que el poder brota de la boca de un fusil”, decía el tranquilizador mensaje de Montoneros, que empezó a presionar al gobierno electo, pidiendo cargos en el gobierno e insistiendo para que fueran liberados los presos políticos.

Perón advirtió a su gente que nadie que no fuera el jefe del movimiento (o sea, nadie que no fuera él) podía adoptar medidas que generaran cambios, y que la participación de personas extrañas al movimiento no serían aceptadas. Daba las primeras señales de ruptura con quienes lo habían apoyado “desde la izquierda” del movimiento. La JP contraatacaba advirtiendo que “sancionaría” a quienes, en el gobierno, “se aparten de la conducta revolucionaria que les ha impuesto el voto del pueblo”. Con ese fin se formaron “milicias populares”, otro término archiconocido. Esto molestó a Perón, que sentía que, por primera vez, se le atrevían.

Cámpora asumió como presidente el 25 de mayo de 1973. La noche de su asunción, en medio de un caos en Casa de Gobierno y en las calles, fueron liberados muchísimos presos de todo tipo y condición del penal de Devoto, en medio de una revuelta sangrienta y dramática. Pero esta es otra historia. Dolorosa.

A su vuelta, Perón desplazaría a los sectores juveniles y combativos de su movimiento, dejaría el camino libre a la derecha, fortalecería la burocracia sindical, desconocería a los sectores de izquierda a quienes en el exilio había recibido y a quienes había alentado. Esa también es otra historia. Dolorosa también, y con consecuencias que se padecerían por mucho tiempo.

 

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