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Calfucurá: homenaje, historia y el reclamo de sus restos

Un 3 junio de 1873 moría pacíficamente a los 83 años en las tolderías cercanas a la laguna de Chillhué, La Pampa el lonko y toki Juan Calfucurá (o “Kafvkura” “piedra azul” en mapudungun), líder de una dinastía que unió por casi medio siglo a comunidades mapuches y de otros pueblos originarios en una vasta región en parte de Neuquén, Río Negro, La Pampa, sur de Buenos Aires, de Córdoba y de San Luis, en la denominada Confederación de Salinas Grandes. Un sistema político con más de diez mil habitantes y un ejército que llegó a sumar unos seis mil “guerreros de lanza”. Había sufrido un año antes una dura derrota militar a manos de tropas bonaerenses y en su lecho de muerte dejó un pedido a su hijo Manuel Namuncurá: “no entregar jamás Carhue a los huincas”.

Su sucesor (padre de Ceferino) no pudo cumplir su deseo. Pocos años después, el entramado político y económico que Calfucurá había tejido laboriosamente mediante feroces malones, diplomacia y liderazgo espiritual entró en crisis y las comunidades sufrieron el devastador avance del ejército argentino en la denominada Campaña del Desierto.

Calfucurá nació aproximadamente en 1790, cerca del volcán Llaima, hoy departamento de Villarrica, en Chile. Según el relato de Andrés Bonatti y Javier Valdez en su libro “Una Guerra infame” su padre, Huente Cura integró la comunidad huiliche “comeque-huentru” y controlaba el comercio entre esa región y la zona pampeana argentina. En 1834, Calfucurá viaja a territorio pampeano y se alía con el jefe de la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas, para enfrentar a un enemigo común: una tribu borogana de Salinas Grandes. En una cruenta y rápida acción, mata a sus jefes, somete a la tribu y se asienta en la zona.

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Durante el gobierno de Rosas, hubo una convivencia relativamente pacífica con Buenos Aires, donde Calfucurá recibe suministros y a cambio “limita” sus acciones en la frontera, permitiendo a los intereses ganaderos acceder a un insumo estratégico, la sal, a la vez que recortaba el poder de caciques ranqueles hostiles. Y construye lo que el investigador Guillermo David denomina un “proto-estado” en base a alianzas con caciques, uniones matrimoniales (tenía 32 esposas), dádivas, lazos comerciales y poderío militar, llegando a liderar unas 200 comunidades. Ejerció una astuta diplomacia con Buenos Aires, aprovechando la contienda entre unitarios y federales. Además de la buena relación con Rosas fue amigo de su sucesor, Justo José de Urquiza.

El destacar la figura de Calfucurá busca además actualizar y revitalizar los reclamos de diversas comunidades indígenas sobre sus tierras ancestrales y derechos no respetados.

Alvaro Yunque, autor de un extenso libro sobre Calfucurá, lo describe así: “tiene todas las condiciones de los jefes de su raza: valor, rebeldía, audacia, fuerza, iniciativa, persistencia, astucia, don de mando, oratoria. Es además, un diplomático eximio. Sable manejar la táctica del hecho, manejando grupos de jinetes, y la táctica del pensamiento, manejando promesas, fingiendo creer en promesas, aceptando treguas de paz, sofocando ímpetus con silencios y sonrisas y desviando intenciones con palabras. Esto explica su sobrevivencia y superioridad (…) Era un político”.

Además, ejercía un liderazgo espiritual sobre su pueblo. Poseía una piedra azul, como su nombre, que tenía forma humana. Se creía que este talismán era un presente divino que lo preservaba del peligro, lo hacía invencible y le otorgaba el don de la premonición.

A partir de 1852, Calfucurá realiza sus más fuertes ataques en Buenos Aires. Como estratega, logró resonantes victorias sobre el general Bartolomé Mitre, quien en Sierra Chica debió huir a pie y en medio de la noche; o en San Jacinto, donde engañó al general Manuel Hornos para que se internara con tropas y artillería en un guadal. Sin embargo, ya anciano conoció la derrota en San Carlos de Bolívar, en 1872, donde se impusieron la efectividad de los fusiles a repetición y la artillería.

Tal era el impacto y rencor que su figura había despertado en Buenos Aires que, varios años después de su muerte y en medio de la persecución a su hijo Manuel Namuncurá, sus restos tuvieron un destino atroz. El coronel Nicolás Levalle llegó hasta Chillhué y profanó la tumba de Calfucurá, enterrado de uniforme junto a su caballo, aperos, armas, alimento y bebidas para el “viaje” a la otra vida.

Es un diplomático eximio. Sable manejar la táctica del hecho, manejando grupos de jinetes, y la táctica del pensamiento, manejando promesas, fingiendo creer en promesas, aceptando treguas de paz, sofocando ímpetus con silencios y sonrisas y desviando intenciones con palabras. Esto explica su sobrevivencia y superioridad (…) Era un político”

Alvaro Yunke, escritor, autor de una biografía de Calfucurá

Sus soldados esparcieron los restos, se tomaron las bebidas alcohólicas y se apoderaron de objetos de valor. Levalle tomó de trofeo la cabeza de Calfucurá, que obsequió al cronista Estanislao Zevallos, quien a su vez los entregó al museo de Ciencias Naturales de La Plata, dirigido por el perito Francisco Moreno, donde formó parte de una muestra denominada “cráneos araucanos”.

Recién en 2006 dejaron de exhibirse restos humanos en ese museo y en 2010 el gobierno nacional reglamentó la Ley de Restitución, que posibilita devolverlos a sus descendientes . Desde entonces varias comunidades y organizaciones mapuches negocian con las autoridades la devolución de los restos de Calfucurá, que sería reenterrado en una ceremonia especial, posiblemente en La Pampa, y por otro lado la elaboración de “la ruta de Calfucurá”, una serie de hitos en Argentina y Chile para mostrar la influencia del lonko.

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