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Alianza para el Progreso

Mientras planeaba la invasión de Bahía de Cochinos, el presidente John Kennedy también trataba de encontrar un método pacífico para combatir el comunismo en el hemisferio occidental, particularmente en Latinoamérica.

En ese contexto, Kennedy presentó la denominada “Alianza para el Progreso”: un programa de ayuda económica, política y social de Estados Unidos para América Latina. La propuesta fue dada a conocer en marzo de 1961 en una recepción brindada en la Casa Blanca para los embajadores latinoamericanos. La Alianza fue presentada como un programa de ayuda creado para transformar Latinoamérica en un “crisol de ideas y resultados revolucionarios” (la última palabra no estaría a tono con lo que Estados Unidos pretendía combatir en Cuba, pero la semántica es la semántica y la palabra puede usarse en el ámbito de cualquier ideología, claro...). El plan tendría una duración de diez años; la inversión proyectada era de 20.000 millones de dólares, que llegarían a destino a través de organismos de ayuda internacional, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y de sectores privados que canalizarían su ayuda a través de la Fundación Panamericana de Desarrollo.

En la carta orgánica de la Alianza se establece como objetivo primordial “mejorar la vida de todos los habitantes del continente”. Qué bueno.

En el aspecto económico, los objetivos eran la estabilidad de precios, la eliminación de la inflación o incluso la deflación, libre comercio entre los países latinoamericanos, reformas agrarias para mejorar la productividad agrícola, reformas de los sistemas impositivos, medidas orientadas hacia una distribución equitativa de los ingresos, estabilización de la balanza de pagos y una planificación económica sostenible que alentara la iniciativa privada. Para garantizar estos objetivos, Estados Unidos se comprometía a cooperar en aspectos técnicos y financieros y a una inyección de capital con un incremento anual progresivo para inversiones consistentes con los objetivos establecidos.

Entre sus objetivos en el aspecto social se definían: modernización de la infraestructura de comunicaciones, mejor acceso a la vivienda, mejora de las condiciones sanitarias a fin de elevar la expectativa de vida, mejora en el acceso a la educación y eliminación del analfabetismo en un plazo de diez años.

En lo que hace a la política, se abogaba por la formación y la defensa de sistemas democráticos y por el principio de autodeterminación de los pueblos.

Representantes de 22 países se reunieron en Punta del Este, Uruguay, entre el 5 y el 17 de agosto de 1961; aprobaron la carta orgánica de la Alianza y formaron el Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), que tendría la misión de coordinar y monitorear la implementación del ambicioso plan. Cuba, que no asistió a ese cónclave latinoamericano, se opuso a firmar la carta de acuerdo final. Su negativa no era de extrañar, ya que más allá de que la propuesta de Kennedy fue muy bien recibida, era más que claro que la Alianza del Progreso se creó como una forma de implementar reformas liberales que pusieran un freno o directamente evitaran revoluciones de tendencia izquierdista como la cubana.

La opinión pública también recibió con entusiasmo la declaración de la Alianza para el Progreso; sin embargo, el programa fracasó debido a que, tras el asesinato de Kennedy, sus sucesores limitaron la prometida ayuda financiera estadounidense en América Latina, prefiriendo acuerdos bilaterales en los que primaba la cooperación militar. Ya sin disimulo, la Alianza, bajo el marco de la búsqueda de la “tranquilidad y estabilidad social”, también orientó recursos hacia las fuerzas de seguridad. La policía fue entrenada para utilizar sofisticados equipos antidisturbios y los soldados aprendieron “técnicas contrarrevolucionarias”. Uau. El monto de la ayuda militar se incrementó en un 50% en un año, transformando en parte los presupuestos de países pequeños y elevando el prestigio y el poder de sus ejércitos. ¡Ah! Entre 1961 y 1967 Latinoamérica sufrió 17 golpes militares (más que en cualquier otro período similar), pero ni la democracia ni la prosperidad aumentaron en forma significativa.

Más allá de construir algunos hospitales y escuelas, los fondos de la Alianza apenas sirvieron para reducir algunas desigualdades o injusticias, y no mucho más. Era bastante común el modus operandi por el cual la Agencia para el Desarrollo Internacional (otro organismo administrado por la Alianza) enviaba grandes sumas de dinero a compañías norteamericanas pero se las retaceaba a los competidores locales, y no faltaron (más bien abundaron) los consabidos manoteos de dinero gobernantes corruptos y los negociados de los grandes empresarios.

Lo de siempre, bah. Una declaración de principios con bombos y platillos, una salida por la puerta de atrás y cambiar algunas fichas en el tablero para que casi nada cambie.

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