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Alfredo Palacios, el eterno rebelde

Ya fuera desde su rol como abogado, político o docente, Alfredo Palacios, reconocido como el primer diputado socialista del continente, marcó con su impronta inigualable la política argentina de la primera mitad del siglo pasado.

Realmente hubo pocas personas más memorables, con un perfil más romántico, en el siglo XX argentino que Alfredo Palacios. Con sus convicciones fuertes, sus modos sencillos y su figura inconfundible de grandes bigotes y sombrero de ala ancha, fue un hombre único en su tiempo, luchador incansable, dado enteramente a la política, al punto de transformarse en una leyenda viva.

Aunque se lo suele señalar como proveniente de una familia acomodada, los orígenes de Palacios no eran exactamente aristocráticos. Fue uno de 19 hijos que su padre había tenido con tres mujeres distintas y, aunque fue reconocido formalmente por su progenitor a la edad de 12 años, cuando éste murió en 1893 su familia quedó en una delicada situación económica. Conoció la necesidad y desde chico se interesó, por influencia materna, en el activismo religioso, formando parte del Círculo de Obreros Católicos. Esta participación juvenil fue central ya que lo expuso a las realidades de la pobreza y contribuyó a desarrollar en él una aguda sensibilidad respecto de lo que ya por entonces comenzaba a denominarse la “cuestión social”.

Sin embargo, Palacios comenzó a percibir las limitaciones de la organización católica y, ya para cuando clausuró sus estudios de abogacía con su famosa tesis rechazada, La miseria en la República Argentina(1900), quedaba claro que sus aspiraciones estaban más asociadas a las necesidades materiales de la clase obrera que a lo espiritual. De este modo, en 1901 efectivizó su giro a las filas del anticlericalismo al iniciarse como masón y afiliarse al Partido Socialista.

Éste, que recién había sido fundado en la Argentina en 1896, por esta época estaba dando sus primeros pasos tambaleantes en la escena política. En contraposición al anarquismo, la línea socialista creía en la “acción política” y el poder del reformismo para producir los primeros avances de un cambio social. De todos modos, es importante recordar que la situación en una realidad pre Ley Sáenz Peña dónde, según rememoraba el periodista Soiza Reilly en 1930, “los votantes iban a cumplir su deber llevando en una mano la boleta del voto y en la otra el mango del revólver” y el partido ganador se llevaba todas las bancas del distrito, la situación no era nada fácil. Quizás por eso, cuando por disputas internas del roquismo en 1904 se aprobó la ley que habilitaba la creación de circunscripciones uninominales (algo que equivalía, se podría decir, a la elección de diputados por barrio), la novedad fue vivida como una especie de milagro por el PS.

Fue en este contexto que el nombre de Palacios, reconocido orador y agitador ya por entonces, se impuso en el barrio obrero de La Boca, resultando electo como el primer diputado socialista de América en la histórica jornada del 13 de marzo de 1904. Desde su entrada a la Cámara baja en mayo del mismo año, Palacios presentó toda una serie de proyectos que, en línea con los dictámenes de su partido, supieron balancear con gran efectividad la siempre presente crítica al sistema político con la generación de alianzas que le permitieron lograr avances en materia legal. Con esta estrategia, en el breve período de cuatro años la Argentina vio nacer sus primeras leyes laborales, como la del descanso dominical (1905) o la que regulaba el trabajo femenino e infantil (1907), además de otras menos recordadas que apuntaban de forma más general a la cuestión social, como la que prohibía la colocación de medidores para el cobro de agua en conventillos (1905).

Sería reelecto en 1912, pero en paralelo a esta actividad, Palacios continuó ejerciendo como abogado, famosamente atendiendo gratis a los pobres, y participando por todo el país en cuanta manifestación callejera existiera. Era, además, conocido su ascetismo, su adicción al mate, y su aparentemente contradictoria afición por las mujeres, las reuniones sociales y el deporte, como muestra su ascenso en globo con Jorge Newbery en 1909, o su fanatismo por la esgrima y los duelos, que, por considerarse un vicio burgués, habrían de costarle en 1915 su banca y lugar en el PS.

A pesar de todo, la popularidad y el espíritu reformista de Palacios no menguó jamás, como prueba su otra línea de actividad en los ámbitos universitarios. Desde 1916, cuando creó la cátedra de Legislación Laboral en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, fue ascendiendo dentro de la institución al punto de ser nombrado consejero de la Facultad de Derecho en 1918. Ese mismo año apoyó fervientemente a los jóvenes de Córdoba en el movimiento de la Reforma Universitaria y, a partir de 1922 como decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata y luego como presidente de la Universidad a partir de 1941, procuró adoptar localmente los aires de renovación, además de darles una neta proyección latinoamericana.

Carita Palacios 1919.jpg

Alejado por el momento de la actividad parlamentaria, en la década del veinte Palacios además escribió muchísimo y profundizó su giro latinoamericanista. Preocupado por lo que veía como una creciente intervención imperialista en la región, tras realizar una gira por diversos países, en 1925 fundó (junto con José Ingenieros) y presidió la Unión Latinoamericana.

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Para la década del treinta, además de condenar el golpe de Uriburu y pasar por su condición de opositor un tiempo en la Penitenciaria Nacional, efectivizó su retorno al PS y logró entrar con Mario Bravo al Senado en 1932. Tras una reelección en 1935, este largo período (que culminaría con el golpe de 1943) resultaría ser uno de los más fructíferos en su carrera legislativa, con la presentación de casi 500 proyectos de ley que buscaban beneficiar a los pobres, a las mujeres, a los trabajadores y a los niños, además de promover el conocimiento y el respeto, como prueba su interés en la cuestión Malvinas, por la soberanía nacional.

Palacios tomando mate en su casa (1933) (1).jpg

Como tantos otros socialistas, la llegada del golpe de 1943 y el surgimiento de la figura de Juan Domingo Perón dejaron descolocado a Palacios. Opositor del régimen desde el primer momento, se exilió en Montevideo y, tras su fallida participación como candidato de la Unión Democrática a su retorno en 1945, continuó criticando a Perón desde la tribuna popular, acusándolo de apropiarse de los logros impulsados por su partido. Al igual que otros opositores, fue detenido por el régimen después del intento de golpe de Benjamín Menéndez en 1951 y recién fue liberado en 1953.

No sorprende, con este historial, que cuando la llamada Revolución Libertadora derrocó a Perón en 1955, Palacios apoyó al golpe. En este punto muchos creen ver que abrazó al nuevo régimen militar al aceptar el puesto de embajador en Uruguay, que le fue concedido en 1956, o por su participación como constituyente en 1957, pero sus motivaciones personales salen a relucir aún en esta etapa, cuando se alejó de la línea partidaria y, por ejemplo, denunció los fusilamientos de militantes peronistas en José León Suárez de 1956.

Eventualmente, las divisiones respecto al gobierno de la Libertadora terminaron dividiendo al PS nuevamente en 1958. Con posterioridad a esta etapa, Palacios demostró su vigencia viajando a Cuba y confraternizando con la flamante Revolución, y se coronó como diputado en dos nuevas oportunidades, en 1961 y en 1963.

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Todavía ejerciendo su puesto en la Cámara de Diputados, sumido en la pobreza y habitando la misma casa en la que había vivido toda su vida, el 20 de abril de 1965 Alfredo Palacios murió. Los miles de personas que se acercaron a velarlo en el Congreso o que acompañaron sus restos al Cementerio de la Recoleta eran prueba suficiente del impacto que el legislador de los impactantes bigotes había producido en la historia nacional. Excepcional orador, figura excéntrica y luchador incansable, aún hoy, al estudiar su figura, resuenan las premonitorias palabras con las que en 1919 aseguraba: “Nada me detendrá en el camino. Marcho en pos de un objetivo claro, de un ideal y a su servicio he puesto mi acción y mi pensamiento, forjando el porvenir y convencido de que al final la victoria ha de pertenecerme. Esa es mi fuerza.” Así, amparado de ese poder y seguro de su triunfo, Palacios hizo de la política su vocación y dio a ella su vida entera.

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