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Alberto Castillo, el Dr. Tango

Como cantor desbordó en intuición y desparpajo. Rompió los moldes comunes de la elegancia, de lo aceptado socialmente como estereotipo artístico.

Hizo propio el íntimo deseo del poeta y murió en Buenos Aires, de madrugada. Alberto Castillo, uno de los cantantes más grandes de la historia del tango, que se inventó para sí una novedosa forma de expresarse, tuvo un particularísimo estilo, hoy transformado en una verdadera leyenda irrepetible. Alberto Salvador De Luca (su nombre verdadero) nació en el barrio porteño de Mataderos el 7 de diciembre de 1914, quinto hijo de una familia italiana de comerciantes de buen pasar económico. Falleció en el Sanatorio Bazterrica el 23 de julio de 2002, producto de una neumonía. Tenía 87 años.

Desde muy pequeño trató de tocar el violín, pero no tardó en descubrir que su verdadero talento estaba en otro costado de la música. A los 15 años comenzó a presentarse en clubes de barrios porteños a cantar tango, su verdadera vocación. Luego ingresó a la universidad, donde obtuvo el título de médico ginecólogo, ejerciendo su carrera como adaptación a los convencionalismos y presiones sociales de la época, hasta enfrentarse a la dualidad de ser cantante y médico, que sólo abandonaría tiempo después al lograr el estrellato y la fama.

"El cantor de los cien barrios porteños", seudónimo que lo empezó a acompañar en paralelo a su consagración, debutó en 1934 con el nombre artístico de Alberto Duval, acompañado por la orquesta de Armando Neira. Hasta 1937 con Julio De Caro, Augusto Pedro Berto y Mariano Rodas. Y así comenzó a brillar en la escena del tango argentino, rompiendo los moldes tradicionales de voces finas y refinadas, haciendo más popular los temas al hablarle directamente al público, narrándoles de forma más humilde y sentida las historias que contenían las letras de sus temas. Su canto y su voz se caracterizó por no ser igual a ninguna otra.

Descubierto por el pianista y compositor Ricardo Tanturi, de inmediato lo incorporó al conjunto que dirigía: la Orquesta Típica Los Indios. Tanturi traía consigo una excelente particularidad: captar aquello que más le gustaba al público, sin sacrificar su estilo. Venía grabando desde 1937 y al tener que reemplazar al cantor Carlos Ortega, la elección recayó en Castillo, a fines de 1939. Precisamente, eso era lo que necesitaba la orquesta para consagrarse del todo y entrar victoriosa a la nueva década.

Dice el recordado periodista Jorge Göttling: “Lo que encuentra Castillo junto a Tanturi es la forma de cantar en función de los bailarines. Hoy puede resultar insólito, pero hasta la aparición de Castillo muy pocos vocalistas habían advertido semejante necesidad. Más extraña aún resulta si se tiene en cuenta que esa es la época en que florecieron las orquestas de corte bailable. Comienza a grabar el 8 de enero de 1941, dejando el vals “Recuerdo”, de Alfredo Pelaia. Ya desde ese registro se perfila como un cantor de extraordinaria originalidad. En 1941 el punto exacto del fraseo lo tenía Fiorentino en la orquesta de Aníbal Troilo. Castillo, en la de Tanturi, dará un paso más con recursos como la certera prolongación de vocales, algunas leves exageraciones, y juegos con la coloratura y la intensidad de su voz. Hasta pareciera que por momentos se independizase del tempo del conjunto que lo alberga. Esto no es así, ya que está siempre perfectamente a compás, pero en su estilo las melodías se hacen más cantábiles, fluyendo con mayor libertad y trasladándose a los pies del danzarín, que “dibuja” siguiendo más a Castillo que a la orquesta. Años después, el cantor explicaba: “Todo el público que bailaba lo tenía pegado a mí. Ahí noté que la gente (…) se movía de acuerdo a las inflexiones de mi voz. Si yo hacía un stancatto, la gente hacía cortes y quebradas. Y si hacía un ligado, aprovechaban para acercarse a la pareja. Entonces me dije a mí mismo: ¿Qué estoy buscando…?”.

Horacio Salas es uno de los estudiosos que ahonda en el fenómeno de Alberto Castillo en el plano sociológico y político. Afirma este autor: “Más que un cantor, Alberto Castillo es un símbolo. Acaso sin proponérselo, buscó una ubicación en la que no importaba tanto su capacidad vocal como su carácter emblemático. Los amantes del dos por cuatro encontraron en él una voz de buena afinación y un tono cachador, zumbón,, un arrastre en el fraseo y una exageración gestual que lo alejaba de los estereotipos al uso y lo miraron con simpatía. Al menos era distinto del cumulo de imitadores de Gardel que proliferaban desde el accidente de Medellín. En lugar de pretender reflejar la realidad, mostrarse como un universitario que cantaba, y consecuentemente, en el mejor de los casos, atildar su vestuario de acuerdo a los cánones burgueses, eligió el camino del desclasamiento. Se disfrazó. Vistió trajes azules de telas brillantes, con anchísimas solapas cruzadas que llegaban casi hasta los hombros, el nudo de la corbata cuadrado y ancho, en contraposición a las pautas de la clase media elegante que lo aconsejaban ajustado y angosto. El saco desbocado hacia atrás, y un pañuelo sobresaliendo exageradamente del bolsillo. El pantalón de cintura alta y anchas botamangas completaba el atuendo, que era más desafío que vestimenta”.

Un rasgo poco divulgado de Alberto Castillo es la de poeta. Para este quehacer que mucho apreciaba, utilizó el seudónimo de “Riobal”, nombre con el que firmó los tangos “Castañuelas”, “Así canta Buenos Aires”, “Dónde me quieren llevar”, “Muchachos, escuchen”, “Yo soy de la Vieja Ola”, “Cucusita”, “A Chirolita”, “Cada día canta más” y “Un regalo del cielo”. Además de esos tangos, Castillo compuso también el candombe “Candonga” y las marchas “La perinola” y “Año nuevo”. Entre los estilos y géneros musicales que practicó, se destacó en el candombe. “Charol” y “Moneda de cobre” fueron sus dos temas preferidos. La idea de incorporar esta música a su repertorio surgió en 1947, durante un viaje a Montevideo. En la capital orienta advirtió el gusto de los uruguayos por el candombe y con unos tamboriles del vecino país empezó a transitar ese camino.

En el total de su carrera, Castillo grabó 256 páginas, con las siguientes orquestas: Ricardo Tanturi (1941-1943), 37; Emilio Balcarce (1943-1944), 22; Enrique Alessio (1944-1947), 42; Angel Condercuri (1948), 4; Eduardo Rovira (1949-1950), 12; Angel Condercuri (1951-1965), 95; Jorge Dragone (1967), 10; Osvaldo Requena (1974-1976), 33 y “Los Auténtico Decadentes) (1993), 1. Además, registró siete discos de estudio: “Con permiso, soy el tango” (1991), “Así se baila el tango” (2001), “Tangos y valses” (2002), “De mi barrio” (2002), “Recuerdo” (2002), “Los esenciales” (2003) y Copas, amigos y besos” (2004).

También a mediados de los años cuarenta sumó a su carrera intervenciones en el cine. Entre 1946 y 1960 participó en una docena y media de películas, que por encima de sus valores cinematográficos, tuvieron la atracción de su presencia: “Adiós pampa mía” (1946), “El tango vuelve a París” (1948), “Alma de bohemio” (1949), “Un tropezón cualquiera da en la vida” (1949), “La barra de la esquina” (1950), “Buenos Aires mi tierra querida” (1950), “Por cuatro días locos” (1953), “Ritmo, amor y picardía” (1955), “Música, alegría y amor” (1956), “Luces de candilejas” (1956), “Nubes de humo” (1958) y “El canto cuenta su historia” (1976). Al recordar los estrenos de esos filmes, gritaba… “¡qué estrenos!”. “Me rompían el saco y la camisa, se llevaban la corbata, me dejaban hecho un desastre” y la carcajada ponía fin a la evocación. Trabajó con las actrices más encumbradas, desde Tita Merello, María Concepción César, Beba Bidart, Elvira Ríos, hasta Nélida Lobato.

Entre los muchos homenajes que le tributaron, se destaca el de 1995: Mención Especial de los Premios Konex por su trayectoria. Diez años antes, en 1985, había recibido el Premio Konex - Diploma al Mérito, como “uno de los mejores cantantes de tango de la historia en la Argentina”.

El último y clamoroso éxito de Castillo fue en 1993, cuando grabó “Siga el baile” con Los Auténticos Decadentes y consiguió ganarse a la juventud de fin de siglo, tal como lo había hecho con la de los '40. Su voz continúa siendo una de las más identificadas con la canción ciudadana y, seguramente, lo será para siempre.

siga el baile

Cuando su clase se paseó por el Club Junín

La entidad albirroja tuvo un prolongado romance con el tango, al extremo que por su escenario desfilaron las grandes orquestas del momento (Troilo, Pugliese, Basso, Salgán y Stamponi, entre muchas más). Alberto Castillo no fue la excepción. “El cantor de los cien barrios porteños” se presentó en el estadio “Ataliva Roca” en enero de 1960 con su conjunto típico, dirigido desde el bandoneón por Angel Condercuri. Prácticamente resultó un recital, ya que nadie se dedicó a la danza en las tres presentaciones de la agrupación, atendiendo a la figura y la voz del cantor, que se entregó a varios exitosos temas, como “Moneda de cobre”, “Luna de arrabal”, “A otra cosa che pebeta”, “Bailes de los morenos”, “Por cuatro días locos”, “Garufa”, “Che Bartolo”, “Así se baila el tango” y “Canción de rango”, entre otros.

Texto extráido del sitio: https://semanariodejunin.com.ar/amp/8239/alberto-castillo-un-caso-atipico-en-la-historia-del-tango/

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