Música

Aimé Painé, la mensajera

En un viaje de autodescubrimiento, luego de años de incomprensión, Aimé Painé redescubrió la cultura del pueblo mapuche. Sin habérselo propuesto inicialmente, el desconocimiento y la ignorancia con los que se topó, incluso dentro de las propias comunidades, la impulsaron a volverse una ferviente defensora y difusora de los saberes indígenas.

La experiencia de Aimé Painé con el canto mapuche empezó casi de casualidad. Habiéndose criado con el nombre de Olga Elisa en el seno de una familia adoptiva en Mar del Plata, nunca había sabido demasiado acerca de su pasado ni de su cultura. Había debido abandonar su pueblo a los tres años y en su vida no había nadie que se viera como ella. En su juventud empezó a interesarse por sus raíces y, deseosa de descubrir aquello que la eludía, acudió a lo que creyó que podía ser la fuente más importante de ese conocimiento: el antropólogo Roberto Casamiquela, especialista en la Patagonia.

Sólo con su nombre como indicio, Casamiquela se dispuso a ayudarla. Entre ellos empezó a formarse una relación de amistad que duraría por el resto de su vida y que probaría ser crucial en la carrera artística de la joven. Ella siempre había disfrutado del canto y, al descubrir que Aimé interpretaba canciones de raíz folklórica, Casamiquela le sugirió que incluyera canciones indígenas auténticas en su repertorio. Encantada, ella recibió una grabación que él había hecho a fines de los sesenta de Carmen Nahueltripay, una sobrina nieta del cacique Sayhueque. Esta cinta, que incluía cerca de treinta canciones populares y sagradas, fue probablemente la primera muestra que Painé tuvo del canto mapuche y después de escucharla, decidió dedicarse enteramente a él.

Hoy se la recuerda como una incansable recolectora y difusora de los saberes mapuches, trabajo que realizó entre las décadas de 1970 y 1980. Adoptando el perfil neto de una folklorista, Painé recorrió en esos años toda la Patagonia argentina y chilena para entrar en contacto con la cultura indígena. Dentro de las comunidades, varios le advirtieron que era una locura, que a nadie le importaban ya esas cuestiones, pero ella estaba empeñada en probar que mientras la gente existiera, la cultura vivía. Lejos de ser una cosa muerta o extinta, para Painé, la cultura del pueblo mapuche era una cuestión de orgullo, algo que merecía difusión por ser igual de rico e igual de valioso que todas las otras culturas que conviven en la República Argentina. Lejos de las reivindicaciones violentas, para ella era importante luchar desde el plano cultural y, haciendo este trabajo de hormiga, esperaba realizar una acción reparadora y devolver a sus paisanos todo aquello que años de vergüenza y discriminación les habían hecho olvidar.

Aimé viajaba con su grabadora, recopilando canciones especialmente de entre las ancianas de las comunidades. Cuidando no comportarse como los investigadores que recolectaban su información y se retiraban, ella comenzó por tender puentes con los poblados, encarando estas situaciones más como un intercambio entre pares que como un estudio. Sin demandas, siempre con paciencia, Aimé se presentaba y cantaba para estas mujeres que consideraba sus “abuelas”. Empezado el diálogo, si luego alguna de ellas elegía compartir una canción a cambio, Aimé lo vivía como un regalo, tomando nota y agradeciendo siempre a la persona que se la había dado.

Armada de estos saberes, ella luego daba cátedra desde los escenarios en shows que eran verdaderas clases de antropología. Ya fuera en las ciudades más importantes o en pueblitos desperdigados por la inmensidad del territorio nacional, Aimé se presentaba vestida con ropas típicas y adornada con las joyas tradicionales de la platería mapuche, una genuina princesa indígena. Su imagen ciertamente era atípica y despertaba todo un abanico de reacciones entre la admiración y la burla. Lejos de dejarse amedrentar, sin embargo, ella se planteaba sus presentaciones como un desafío. Encaraba a los desinteresados, les cantaba en su lengua, el mapuzungún, y, entre canción y canción, explicaba a sus paisanos los significados y el valor de su canto. De esta forma, como ella llegó a afirmar, su rol no era más que el de una mensajera: “a través de la palabra les devuelvo retazos de la memoria”.

Dentro del canto mapuche, la especialidad de Painé eran los tahil, canciones sagradas totémicas, en general interpretadas por mujeres. Al tener estructuras rígidas y definidas, estas se le daban con más facilidad que los ülucantún, canciones que relatan historias, ya que estas eran en gran medida improvisadas y requerían un dominio de la lengua mapuche con el que ella no contaba.

Aunque una gran parte de su trabajo estaba orientada a la difusión del saber mapuche dentro de las comunidades, esto no era lo único que ella hacía. Painé tenía además un compromiso con la educación para con la nación entera, razón por la cual pasaba sus inviernos en Buenos Aires. Desde allí se contactaba con facilidad todo tipo de organizaciones, llegando a ser invitada a Europa para hablar como representante de la cultura mapuche. En su afán de difundir su saber, participó de experiencias tan dispares como los almuerzos de Mirtha Legrand y el Movimiento de Reconstrucción y Desarrollo de la Cultura Nacional, creado a finales de la última dictadura.

Su afán de difusión y preservación, solo nos podemos imaginar, habría maridado muy bien con las redes sociales e internet, pero el tiempo en el que le tocó vivir a Aimé Painé fue diferente. En general por prejuicios, las disqueras creían que su material no tenía valor comercial y nunca llegó a grabar un disco. Hoy, quien quiera escuchar su obra, sólo lo puede hacer de forma muy limitada, a través de algunas grabaciones de sus recitales en Youtube o mirando la película Gerónima (1987), para la que ella grabó varias canciones.

Su vida se terminó inesperadamente a los 44 años, el 10 de septiembre de 1987, luego de una aneurisma cerebral sufrida en el Paraguay cuando estaba haciendo una presentación. Su cuerpo fue repatriado y enterrado en su pueblo natal – Ingeniero Huego, en la provincia de Rio Negro – según la tradición mapuche.

A más de treinta años de su desaparición, aunque todavía bastante en las sombras, se puede ver de qué forma sus esfuerzos dieron fruto. Hoy son muchas las calles y centros culturales que llevan el nombre “Aimé Painé” en su honor, pero su legado más importante se percibe en las personas a las que tocó con su trabajo. Herederas de Painé, son varias las cantoras mapuches, como Beatriz Pichimalén o su amiga Luis Calcumil, que al día de hoy continúan con su obra de difusión.

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