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"Yo no robo victorias"

Todos saben de su muerte pero nadie recuerda el nacimiento de Alejandro Magno, el conquistador más grande de la historia de Occidente. Creó un imperio de la nada, y alzó un ejército de una tierra árida y escarpada. Llegó hasta más allá del mundo conocido y pasó a la historia como el estratega más sagaz cuando aún no había cumplido los 33 años.

Su padre Filipo II de Macedonia lo preparó para la guerra, Aristóteles, nada más ni nada menos, lo preparó para gobernar y su madre le infundió el orgullo necesario para sobrellevar la magna tarea que acometió. Olimpia de Epiro, tal el nombre de su progenitora, le dio a entender a Filipo que Alejandro no era su hijo sino que tenía un origen sobrenatural. Esa idea siempre primó en su espíritu, el orgullo que actuó sobre su mente, la convicción secreta que lo empujó a conquistar el mundo.

Sus inicios no fueron fáciles. Debió exiliarse junto a su madre ya que Filipo consideraba que conspiraban contra su poder. Volvió cuando su padre fue asesinado. Para acceder al trono debió eliminar a varios enemigos. Aun no había cumplido 20 años.

Para colmo varios pueblos que Filipo había conquistado aprovecharon la oportunidad para rebelarse ante el joven monarca. Una vez más Alejandro actuó con energía. Debía imponerse a sangre y fuego para demostrar su determinación.

Siguiendo el plan propuesto por su padre a las demás ciudades griegas, planeó la conquista de Persia. Hasta entonces el imperio persa había intentado conquistar a Grecia. Era el momento de demostrar que la mejor defensa era el ataque, estrategia que, de una forma u otra, reinó en las tácticas usadas en batalla. Era el momento de vengar los males ocasionados por los persas a lo largo de los siglos.

A tal fin entrenó un ejército de 40.000 hombres, con ellos se lanzó a conquistar al mundo. Primero consolidó las polis griegas. Debía dejar cuidadas sus espaldas. En el año 334 a. C., cruzó el Helesponto y se adentró en el territorio regido por Darío III.

Su prestigio como general se consolidó después de la victoria de Gránico, Issos, y especialmente Gaugamela, batalla estudiada desde entonces por generaciones y generaciones de militares e historiadores, ya que no solo aprovechó las ventajas que le otorgaba esta inmensa llanura, sino que preparó el terreno para que su caballería pudiese maniobrar a sus anchas, usando sus carros preparados con guadañas para destruir a la inmensa infantería persa.

De la antigua Persia, avanzó hacia Egipto convirtiéndose en Faraón. Sus conquistas iban más allá de lo imaginado. Pero ese oscuro designio inicial, esa supuesta divinidad que lo había traído a este mundo, lo empujaba a los confines del mundo que deseaba conocer y conquistar. La India fue el fin de su campaña, no por falta de ambición personal, sino porque los soldados que lo habían seguido ciegamente a sus batallas, que habían cruzado desiertos, enfrentado ejércitos inimaginables, combatiendo contra monstruos como los elefantes usados por los persas, querían volver a sus hogares, a las familias que habían abandonado para seguir a Alejandro.

Murió de fiebre poco antes de cumplir 33 años, después de 13 años que cambiaron la historia de la humanidad. Sin él su imperio no pudo continuarse y sin el genio de Alejandro, se repartió entre sus generales.

Hay tantos mundos y aún no he conquistado ni siquiera uno”, solía repetir. Y aún con ese solo mundo que conquistó, nunca será olvidado.

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