Wilson: su vida, lucha y legado

Está el Wilson fervorosamente blanco y caudillo de su partido. El Wilson muy amigo de adversarios como Zelmar Michelini. El Wilson apasionado del campo. El articulador de la oposición a la dictadura en el exterior. El hombre culto y gran lector que escribió crítica de cine en “Marcha”. El fanático de Nacional, el hombre de familia. El hombre de clase alta, que gustaba de vestir bien y que, como dice su biógrafo Carlos Luppi (autor de “Wilson, una comunidad espiritual”), “amaba a los pobres” y quería un desarrollo integrado y parar el éxodo rural. El formidable orador de temible ironía, amante de las bromas, a veces pesadas.

Hay muchos Wilson y quienes lo conocieron y lo recuerdan rescatan que, hacia adentro de su partido, terminó con la larga división entre herreristas y blancos independientes y, que hacia afuera de su colectividad, tendía puentes, en particular cuando la dictadura se abatió sobre el país.

En tierra blanca

Wilson nació el 28 de enero de 1919 en Batlle y Ordóñez (departamento de Lavalleja) aunque fue inscripto en la vecina localidad de Nico Pérez porque su padre, el médico Juan Francisco Ferreira, era un apasionado blanco que no quiso que su hijo fuese anotado nada menos que en una localidad con el nombre del expresidente colorado. Ferreira padre atendía a los pobres y murió en un accidente en 1944 cuando se desplazaba en un vehículo de la Asistencia Pública. Por ese motivo, no hubo fiesta cuando Wilson se casó en 1944 con Susana Sienra. El nombre Wilson lo eligió su padre para homenajear a Woodrow Wilson, el presidente de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, recién terminada cuando nació.

Wilson había vivido su infancia en Melo, a donde se fueron a vivir sus padres (su madre fue Fortunata Aldunate). Allí se le grabó el recuerdo de decenas de paisanos a caballo y con golilla blanca dirigiéndose a votar. Como dice Luppi, en aquel entonces en Cerro Largo “eran todos blancos menos los funcionarios oficiales, el jefe de Policía, el intendente y los maestros”.

En la década de los años 30 Wilson ya está en Montevideo, estudia Derecho, y muy pronto empieza a militar en el Partido Nacional Independiente y se opone con decisión al gobierno dictatorial del colorado Gabriel Terra. Su padre había sido electo diputado blanco independiente, pero el golpe del 31 de marzo de 1933 le impidió asumir. Por ese entonces, se vinculó a la “Agrupación Demócrata Social”, de Carlos Quijano, por aquellos días todavía en el Partido Nacional. Wilson colaboró en las distintas publicaciones impulsadas por Quijano incluyendo “Marcha” (fundada en 1939) en la que escribió de cine. El afecto por Quijano perduraría.

Había conocido a Susana Sienra en 1934 en Punta del Este. Fueron novios desde 1939 y, cuenta Luppi, algo que los unió fue la común simpatía por la República Española, que caería derrotada ese año ante el levantamiento franquista. Wilson y su amigo Juan Labat (tío abuelo del director blanco de Ancap, Diego Labat) llegaron a anotarse para comba-tir como voluntarios en la Segunda Guerra Mundial y hay una fo-to que lo muestra desfilando uniformado llevando un fusil por 18 de Julio.

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Wilson en el acto de la explanada de la Intendencia en 1984. Abajo, con su esposa en 1964. Foto: archivo El País

Wilson en el acto de la explanada de la Intendencia en 1984. Abajo, con su esposa en 1964. Foto: archivo El País

Wilson vivió primero en Pocitos y luego en Carrasco y se dedicó con pasión a la dirección del establecimiento rural de la familia en Rocha, donde gustaba de realizar innovaciones técnicas.

En 1954 fue electo por primera vez diputado suplente de Washington Beltrán Mullin y en 1958 representante titular por el departamento de Colonia, por la lista 19.

Electo senador en 1962 en el segundo gobierno blanco, duro crítico del “neobatllismo” de Luis Batlle Berres, fue ministro de Ganadería y le dio renovado impulso a la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE) donde colaboraron con él, entre muchos otros, el hoy ministro de Economía, Danilo Astori y el excanciller Enrique Iglesias. Allí se apuntaba a “pensar” el desarrollo uruguayo. Por esos años, Wilson quería una reforma agraria “propietarista” que evitase el minifundio y el latifundio. Ya transformado en líder blanco, le insufló nuevos bríos a la vieja colectividad que había dejado el poder en 1967. En 1971 arañó el triunfo junto a Carlos Julio Pereyra en una elección que hasta el día de hoy genera dudas. Comenta el politólogo Romeo Pérez: “De haber ganado las elecciones, hubiera aplicado los mismos criterios que en la CIDE. El criterio hubiera sido la misma amplitud”.

Vendría el golpe de Estado y su transformación en enemigo acérrimo de la dictadura, el exilio en Argentina y Europa, los casetes, la gestión en el Congreso de Estados Unidos que derivó en la suspensión de la ayuda militar al gobierno de facto; el regreso en barco, la cárcel, la mano tendida de la “gobernabilidad”, la ley de “caducidad”, la enfermedad. A más de 30 años de su partida, Wilson es reconocido incluso por no blancos, quizás porque Uruguay sea, como él decía, una “comunidad espiritual”, una comunidad de valores…

Wilson en la visión del historiador José Rilla

El historiador José Rilla escribió el prólogo del libro “Wilson”, de la colección “Los Blancos”, de Ediciones de la Plaza.

Wilson Ferreira tuvo sagacidad para apreciar sus espacios y sus momentos, aunque muy a menudo —no siempre— los factores que no podía controlar terminaron en su contra. El Partido Nacional fue entonces el lugar privilegiado para su acción y su retórica; la autojustificación suponía hallar las mejores razones públicas para poner en palabra y argumento lo que en él había sido parte de su naturaleza, “ser blanco”. Hacer visible lo obvio, puede decirse. Hubo dos saltos en esa historia, dos oportunidades de reelaboración de lo blanco: cuando abandonó a Quijano y su Democracia Social (una opción condenada al fracaso lúcido y olímpico) y cuando se acopló al Nacionalismo Independiente pero sin aceptar mansamente su estilo doctoral y antiherrerista”, escribe Rilla.

“Se sabe que Wilson no conoció a Herrera más que el día de su masivo y vibrante sepelio, el día en que pudo empezar a concebir su propio espacio como el de una síntesis superadora, que integrara de una vez para la política racional del nacionalismo, el calor popular del viejo líder muerto en 1959”, explica.

“Wilson Ferreira construyó un espacio propio que no encontró sin embargo los caminos para ser interpretado —en su momento— como una alternativa de gobierno frente a demasiados flancos: la oposición en su propio partido, los desbordes de Pacheco, la incompetencia de Juan María Bordaberry, la insurrección tupamara, el avance militar, la construcción de una fuerza nueva, aun derivada de otras pero con aire fresco, como el Frente Amplio”, contextualizan la coyuntura de 1971. Rilla concluye que Wilson tuvo una visión binaria de la política uruguaya en la que los colorados eran el Estado y los blancos “el llano”.

Este artículo fue publicado originalmente el domingo, 11 marzo 2018 en el diario elpais.com.uy

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