PersonajesEduardo Wilde | Domingo Faustino Sarmiento | darwinismo | Argentina | Buenos Aires | médico | próceres | fiebre amarilla

Wilde

En el aniversario de su muerte recordamos a este hombre injustamente olvidado.

En 2013 se cumplieron 100 años de la muerte de uno de los más grandes médicos y estadistas de la Argentina, injustamente olvidado por su pasión laicista de secularizar un Estado impregnado por la intromisión de la Iglesia. Eduardo Wilde hoy es despectivamente incorporado a la “coalición liberal”, la misma que dio lustre a una nación espléndida y progresista. Y, cuando hablamos de progresista, lo hacemos en el verdadero sentido de la palabra, un movimiento donde impera un espíritu innovador y de avanzada, más allá de proclamas partidarias y de clichés demagógicos.

Wilde no necesitó de las armas ni de las bombas arteras para imponer sus ideas. Tampoco necesitó bombos populistas. Esgrimió las palabras con la misma habilidad con la que usaba el florete. Hirió vanidades con su ironía y, sin embargo, siempre mantuvo una relación cordial con los opositores, a los que supo enfrentar con hidalguía. Podía, como buen médico, discernir las luces y sombras de la condición humana, de las contingencias políticas. Supo ver en sus opositores contrincantes, y no enemigos. Siempre tuvo en alta estima a los hermanos Estrada y a Pedro Goyena, a pesar de ser ellos obstinados defensores de la intromisión de la Iglesia en los asuntos del Estado.

Poseedor de una mezcla proporcionada de humor británico y picardía criolla, Wilde sabía que la política es como un río que fluye y lo que de esta no pasa al relato histórico solo queda en la letra chica que algún buceador del pasado habrá de evocar en el futuro.

Wilde era hijo de un oficial unitario de ascendencia británica, emparentado con el duque de Wellington. Su padre debió buscar asilo en tierra boliviana. Allí, más precisamente en Tupiza, nació Faustino Eduardo en 1844. El general Urquiza compensó los pesares del coronel Wilde permitiendo que su hijo fuese educado en el Colegio de Concepción del Uruguay, donde se educó a gran parte de los hombres que tendrían a cargo la formación de la nación argentina, como Victorino de la Plaza (1840-1919), Santiago Baibiene (1838-1895), Juan Hortensio Quijano (1884-1952), Onésimo Leguizamón (1839-1886), Osvaldo Magnasco (1864-1920), Martín Coronado (1850-1919) y Julio Argentino Roca (1843-1914). Con este último Wilde mantuvo un estrecho vínculo de profunda amistad y respeto mutuo.

Eduardo Wilde viajó a Buenos Aires para estudiar Medicina, costeando los estudios con su trabajo como periodista. En el célebre periódico satírico El Mosquito, Wilde afiló el dardo de sus escritos bajo el seudónimo de “Bambocha”, un personaje audaz y desprejuiciado, dueño de una lógica implacable y de una pluma filosa temible para sus adversarios.

Wilde fue el primer escritor médico de la tradición argentina, imbuido de un darwinismo social que elevaba a Spencer a un plano referencial. Adscrito al positivismo que impregnaba su pensamiento, adscribía también a un entusiasta altruismo, demostrado en más de una oportunidad, como cuando estuvo a punto de sacrificar su juventud atendiendo desinteresadamente enfermos durante las epidemias de cólera y fiebre amarilla. En esa oportunidad, Wilde renunció a reconocimientos y remuneraciones, despreciando el peligro y cobardía de los colegas que se escondían ante el avance de ejércitos microscópicos. La sociedad porteña lo premió con una cruz de hierro que Wilde lucía con indisimulado orgullo.

WILDE.jpg

Era este hombre un maestro de la semiología. Su tesis sobre el hipo describe este espasmo diafragmático que, para Wilde, se convirtió en un signo ominoso sobre el futuro de los infectados por el virus de la fiebre amarilla.

4-wilde-eduardo-el-hipo-14730-MLA20089863364_052014-O.jpg

Todo eso y mucho más hemos olvidado del hombre y del pensador que supo ganarse un lugar de gloria en las letras argentinas. ¿Quién lee hoy Tiempo perdido, Prometeo, o Viajes y Observaciones, por Mares y por Tierras? Apenas subsiste el trágico Tini, la muerte del niño marcada por la impotencia del médico, impotencia que Wilde había experimentado en más de una oportunidad, y por eso conocía y expresaba en forma tan conmovedora.

Vale recordar que en su tiempo Wilde no solo era consultado por pacientes a fin de calmar sus dolencias o políticos que abrevaban de sus sutilezas, sino por jóvenes literatos que buscaban su sano consejo, que en ocasiones eran tanto o más descarnados que la opinión sobre un enfermo terminal.

A su esfuerzo le debemos la sanción de la Ley de Educación Laica, Obligatoria y Gratuita, inspirada en la prédica de Sarmiento, aunque la beligerancia del sanjuanino impedía todo acuerdo. Sarmiento creaba odios o amores, y para promulgar esta ley se necesitaba la fineza de Wilde para hilvanar la trama política y su demoledora verba. A su amigo recurrió Roca cuando lo nombró ministro de Justicia y Educación a fin de llevar a cabo esta enmienda. La pertinaz oposición de algunos católicos, que preferían seguir sumidos bajo el dominio eclesiástico, fue vencida por la perseverancia de Wilde, quien personalmente rebatió en el Congreso a todo el espectro opositor a fuerza de estocadas verbales y sablazos de lógica y retórico. El país no podía quedarse encerrado en un credo; la educación debía considerar a los hijos de esos “hombres de buena voluntad”, fuesen católicos, ortodoxos judíos o protestantes. Al final, Wilde venció, pero sus enemigos se ensañaron en una venganza póstuma. Jamás le perdonaron su osadía y se encargaron de vituperarlo, poniendo en su boca cosas que no había dicho, acusándolo de corrupto y, para colmo, de cornudo.

Por estas y otras muchas razones, no es extraño que Borges se haya referido a Wilde en su Idioma de los argentinos, que Manucho Mujica Lainez haya rendido un sentido homenaje a Tini en El hombrecito del azulejo, que Ignacio Pirovano haya evocado al colega de su padre y, por último, que el doctor Florencio Escardó relatase la extensa y curiosa vida del médico escritor, lamentando que la escuela pública no lo exhiba entre las iconografías de los próceres, ni que su retrato ilumine algún despacho, y que solo un hospital y una calle cortada evoquen su nombre. (El partido de Wilde alude al tío de Eduardo, notable escritor de las costumbres del Buenos Aires antiguo).

«No hay dudas de que factores oscuros han enturbiado la gloria de Wilde que tiene, sin embargo, concretos elementos sobre qué edificarse en lo literario, lo político y lo científico», afirmó Florencio Escardó. Quizás esta frase esclarecedora del doctor Escardó solo hubiese provocado una sonrisa melancólica en Wilde, profundo conocedor de la ingratitud de los hombres y de las vanidades de su naturaleza. Después de todo, él bien sabía que esta vida, con sus esplendores y desgracias, con sus glorias mundanas y continuos descalabros es, en el fondo, una broma cruel y a veces de mal gusto, como la ignorancia teñida de olvido que los argentinos tenemos de este prócer del laicismo, por si hay algo que en su momento hizo grande a la Argentina fue esta ley que Wilde hizo votar contra el dogmatismo y la obsecuencia.

Dejá tu comentario