Durante décadas, el Oeste americano fue territorio de aventureros, locos y exploradores de lo desconocido. Gente sin un futuro claro y un buen manejo de las armas se lanzaba a descubrir un país en desarrollo, donde las leyes aún se estaban creando y la fortuna llegaba y se esfumaba con la misma rapidez. Partidas de póker con un final trágico, robos a diligencias, duelos con revólveres de seis balas, huidas a caballo o peleas en salones de pueblos de paso. Lo hemos visto cien veces en las películas, hasta el punto de convertir a aquellos personajes en leyendas.

En un lugar donde nunca hubo reyes ni dioses que protagonizaran los cuentos junto a la hoguera, el pueblo encumbró con sus narraciones a aquellos pistoleros que se movían a ambos lados de la ley, y de los que aún no sabemos gran cosa, en realidad. Pero eso tampoco importa, porque muchas veces el mito es más estimulante que la dura, sucia y polvorienta realidad de aquellos años. Algo así le pasó a Karl May, cuando visitó el Oeste y descubrió que no era tan divertido como en sus novelas.

James Butler Hickok nació en una pequeña granja en Homer, Illinois, que formaba parte de la red del llamado «ferrocarril subterráneo». Esta actividad, que se prolongó durante muchos años, permitió escapar a miles de esclavos negros, a los que liberaban de las plantaciones del sur de los Estados Unidos y conducían a los estados del norte o a Canadá. Activistas contra la esclavitud forzaban las defensas de las enormes plantaciones, ponían en libertad a los esclavos y les daban refugio en granjas como la de Homer, antes de intentar la escapada hacia el norte. Una curiosidad de esta historia era que, en sus mensajes, utilizaban lenguaje ferroviario para mantener el secreto y que nadie los descubriera: los esclavos recibían el apelativo de pasajeros; los libertadores, maquinistas; las vías de escape, carriles; las granjas donde se ocultaban, estaciones del ferrocarril —y sus dueños, jefes de estación—; los responsables últimos de la red, Estación Central; y Canadá, el destino. De esta manera, lograron ocultarse de los ejércitos que los perseguían y que sin duda los habrían asesinado o torturado de una forma horrible por lo que estaban haciendo. El «ferrocarril subterráneo» sirvió además para hacer pública la situación en la que se encontraban los esclavos y poner de su parte a la opinión pública, hasta que la Guerra de Secesión logró que se aboliera esta práctica.

Pues bien, Hickok creció en ese ambiente, con un padre que a cada momento debía empuñar las armas frente a esclavistas que pretendían recuperar «sus posesiones». Así pues, él mismo aprendió enseguida a disparar y mostró una habilidad prodigiosa, lo que marcaría toda su existencia.

Pronto dejó su casa y se marchó a trabajar como explorador con diversas patrullas del ejército. Allí estrechó lazos con otro personaje ilustre del Salvaje Oeste: William Cody, más conocido como Buffalo Bill. Enseguida se hicieron amigos, relación que se mantendría durante décadas. Hickok recibió también su propio mote: Wild Bill. Sirvió como policía, conductor de diligencias y jugador de cartas profesional, y todo ello lo obligó a enfrentarse en duelo con mucha gente, de lo que salió sin apenas heridas ni demasiados problemas judiciales. Se alistó con el Ejército de la Unión y posteriormente con el de los Estados Unidos, donde actuó nuevamente como explorador y comisario. Se hizo tan célebre en esa época que en 1867 mereció una entrevista por parte de Henry Morton Stanley —en los años previos a que este iniciara sus viajes de exploración por África y de que localizara al doctor Livingstone—, lo que lo encumbró todavía más.

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Se trasladó con el Ejército a las regiones fronterizas, donde se enfrentó a los indios y actuó como explorador en regiones desconocidas hasta entonces. Formó parte del espectáculo itinerante de Buffalo Bill, donde ponía a prueba su puntería con las armas. Fue nombrado sheriff en diversas localidades, donde intentó mantener el orden en una época terriblemente dura, donde los forajidos campaban a sus anchas de un pueblo a otro y a ambos lados de la frontera. Sus armas favoritas eran dos revólveres Colt con empuñadura de marfil que le había regalado el senador Henry Wilson, aunque no dudaba en utilizar otros de mayor calibre si la pelea se adivinaba peligrosa.

De paso, su vista se fue resintiendo, aquejado como estaba de glaucoma, y eso deterioró su capacidad para disparar y para jugar a las cartas.

En 1876 se casó con Agnes Tatcher Lake, propietaria de un circo, y pronto partió de nuevo, esta vez hacia Dakota del Sur, en busca de oro. Allí conocería a Calamity Jane, la famosa pistolera —sin que tengamos evidencia clara de en qué consistió su relación— y también encontraría su final, solo cinco meses después del enlace.

Fue el 2 de agosto de 1876, durante una partida de póker en un saloon de la ciudad fronteriza de Deadwood, Dakota del Sur. A diferencia de lo que era corriente en él, Wild Bill se había sentado de espaldas a la puerta —o por lo menos estaba de cara a la puerta principal, pero también había una posterior, que no pudo controlar—, y por eso no vio llegar a Jack McCall, otro jugador profesional, que tenía viejas cuentas pendientes con él. Sin mediar palabra, McCall desenfundó y le disparó en la cabeza. La muerte fue instantánea. La muchedumbre se lanzó sobre McCall y lo entregó a las autoridades, pero en el juicio declaró que había sido una venganza por la muerte de su hermano a manos de Hickok y por ello resultó exculpado. En aquel entonces, Deadwood no se consideraba parte de los Estados Unidos, sino básicamente un campamento de mineros construido sobre territorio indio, en las llamadas Colinas Negras, por lo que las leyes que se aplicaban allí no eran las mismas.

Un año después, McCall fue detenido otra vez, al haber estado presumiendo del asesinato de Wild Bill, y esta vez el juicio tuvo lugar en Yankton, que sí pertenecía legalmente a la nación, y por ello resultó condenado. Murió ahorcado cuando se cumplía un año de la boda de Hickok y Agnes Tatcher Lake, y lo enterraron con la propia soga al cuello. Durante el proceso judicial se descubrió que McCall había sido contratado por otros jugadores profesionales para que les quitara de encima a Wild Bill, del que se decía que podía haber sido nombrado sheriff de Deadwood, por su tremenda honradez y coraje. Esto, como es lógico, no interesaba a mucha gente.

Fue enterrado en el cementerio de Deadwood, pero este se quedó pequeño enseguida, conforme el pueblo fue creciendo por la fiebre del oro, de modo que todos los cadáveres fueron exhumados y trasladados a un recinto nuevo, en la ladera del monte Moria. Allí descansa desde entonces, con Calamity Jane a su lado —que murió el 1 de agosto, pero de 1903, y pidió que su tumba estuviera junto a la de Hickok—.

La última de las leyendas que rodean a Wild Bill es la de las cartas que tenía mientras jugaba aquella última partida. Se dice que, en el momento en el que Jack McCall le disparó por detrás, el pistolero había recibido una doble pareja de ases y ochos, sin que se conozca cuál era su quinta carta. El balazo lo mató en el acto, por lo que su cuerpo cayó al suelo agarrotado, sin que en ningún momento soltara las cartas.

Desde entonces, la doble pareja de ases y ochos recibe el nombre de «la mano del muerto» y todos los jugadores la aborrecen, ya que está asociada con la mala suerte.

TEXTO EXTRAÍDO DEL SITIO: https://www.vigoe.es/cultura/pildoras-de-historia-wild-bill-hickok-y-la-mano-del-muerto/

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