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Volver a Ana

En un mundo marcado por la guerra y las catástrofes, la historia de Ana Frank –a noventa años de su nacimiento– continúa siendo una referencia para todo aquel que se encuentre viviendo una situación de opresión. Ya sea como ejemplo de entereza, como modelo narrativo, como ícono de optimismo o como representación de las víctimas del Holocausto, su imagen se multiplica y se difunde por todo el planeta. Y, sin embargo, la identidad de Ana todavía hoy nos puede resultar esquiva.

Hoy, si las cosas hubieran sido de otro modo, Ana Frank podría ser una ciudadana anónima que estaría cumpliendo noventa años. La realidad, en cambio, quiso que ella muriera de tifus a los 15 en el campo de concentración de Bergen-Belsen y que, por haber escrito uno de los testimonios más famosos y conmovedores del Holocausto, hoy todos sepamos su nombre.

Realmente es muy difícil encontrar un lugar del mundo dónde no se sepa quien es. Traducido a más de 65 idiomas, con más de treinta millones de copias vendidas, su Diario ha permitido a varias generaciones de lectores acceder a su historia. Con una mezcla de cálculo e ingenuidad, entre sus dramas adolescentes Ana abrió para la posteridad una pequeña puerta al universo privado del “Anexo”, ese lugar detrás de una oficina en Ámsterdam, en el que ella vivió oculta junto con otros siete judíos durante la ocupación nazi entre 1942 y 1944, año en que fueron descubiertos por la Gestapo y enviados a diferentes campos de concentración. Este tan particular punto de vista desde el ojo de la tormenta contribuiría a hacer del texto uno de los más icónicos que existen a nivel global y habilitaría todo tipo de interpretaciones que irían despegando al Ana de su contexto. Así, como bien argumentó la investigadora Katherine Wilson, aunque su Diario tradicionalmente sea considerado genéricamente como literatura del Holocausto, en la medida en que su reconocimiento fue acrecentándose, el libro de Ana Frank pasó a ser un modelo (EL modelo) de relato testimonial femenino en un contexto represivo. No es por nada que, frente a cualquier tragedia que suceda en el planeta, surjan nuevas diaristas – “la Ana Frank de Sarajevo”, “la Ana Frank chilena”, “la Ana Frank de Camboya”, etc. – identificadas como “reencarnaciones” de la joven.

Habiendo, entonces, adquirido este estatus arquetípico, en este punto vale preguntarse, ¿por qué nos importa tanto Ana Frank? ¿Qué es realmente lo que le mereció ser reconocida por sobre otras tantas personas que experimentaron y documentaron los horrores del nazismo? Después de todo, como señaló Wolfgang Benz, exdirector del Centro de Investigaciones sobre el Antisemitismo de Berlín, haciendo eco de otros historiadores, “¿qué aprendemos de su diario que vaya más allá de la vida emocional de una joven viviendo en circunstancias opresivas? En efecto no demasiado, y eso es la llave del éxito del documento”.

Este dato resulta clave a la hora de entender su posición en la historia, y para ello es importante recordar el derrotero del Diario del anonimato a la fama. Y, dejando obviamente de lado todas las consideraciones negacionistas, hoy absolutamente desestimadas, es menester recordar que el texto no habría sido lo que fue si no fuera porque tuvo un editor y difusor inicial muy importante: el padre de Ana, Otto. Él había sido el único sobreviviente de todos los que habitaron en el Anexo y, cuando retornó a Ámsterdam luego de la liberación de Auschwitz, Miep Gies, quien había sido una de sus principales colaboradoras, le entregó los papeles pertenecientes a Ana que había encontrado luego de que la familia fuera arrestada. Al leerlo, Otto quedó muy impactado con el detalle y la calidad de lo que vio en el diario de su hija y decidió que valía la pena darlo a conocer. Tras recortar un poco el texto, removiendo los pasajes sobre sexualidad y aquellos en los que Ana hablaba especialmente mal de su madre, Otto buscó un editor y finalmente logró que el texto fuera publicado por primera vez en 1947 en holandés. Poco después, en 1950, el Diario tuvo sus ediciones francesa y alemana, y para 1952, tras un largo proceso, la estadounidense. En general todas estas ediciones iniciales tuvieron cierto éxito, pero la norteamericana resulta especialmente importante ya que inspiró la creación, en 1955, de la famosa y polémica obra de teatro de Frances Goodrich y Albert Hackett que, no sólo sería adaptada al cine en 1959, sino que también contribuiría a impulsar exponencialmente el conocimiento del libro.

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Inicialmente la controversia vino de la mano de un conflicto entre Otto Frank y Meyer Levin, autor del primer intento por llevar la historia de Ana al escenario. En esta versión, los sucesos del Diario se transformaban en la cifra del sufrimiento de los judíos de Europa y el padecimiento de Ana pasaba a representar al de todas las víctimas. Frank, que, según el investigador Lawrence Garber, creía que “la obra no debía enfocarse en una situación distintivamente judía, sino que debía enfatizar el atractivo universal de la personalidad y la maduración de la niña”, rechazó la versión de Levin y prefirió asociarse con los Hackett. La obra, eventualmente, triunfó en Estados Unidos y, sorprendentemente, en Alemania, donde por primera vez se relajó la resistencia que existía en la sociedad para examinar su responsabilidad en el pasado reciente.

Esta versión, sin embargo, no quedaría exonerada por la historia. Desde ya la primera crítica vendría por el lado de la “desjudaización” del texto, encarnada, por ejemplo, por denuncias como la de Hannah Arendt, que señaló a la obra como “sentimentalidad barata a expensas de una gran catástrofe”. Pero mucho más que eso, la pieza teatral también contribuyó, según queda claro en las investigaciones del académico Alex Sagan, a canonizar a Ana Frank como una especie de ícono del optimismo. Esta percepción, presente aún hoy en gran medida, se remonta a la exaltación que se hizo en la obra de la frase escrita por Ana en su entrada del 15 de julio de 1944: “pese a todo, (…) sigo creyendo en la bondad interna de los hombres”. Para el autor, subrayar esta idea, sumado al hecho de no mostrar atrocidades ni nazis en escena, tuvo una repercusión especialmente interesante y peligrosa en el contexto alemán de posguerra, ya que, de alguna manera, “parecía dar el perdón” a una nación culpable.

Al resaltar esta frase, además, no se consideraba el contexto en el que el pensamiento fue elaborado – dentro de una entrada dónde, sólo un par de líneas después, se acaba la esperanza y el terror se hace presente en la imagen de “un trueno que se acerca y nos destruirá” –, ni tenía en cuenta la temporalidad. Después de todo, señalan varios, Ana escribió esa frase – y ¿por qué no? el diario entero – antes de que se enfrentara al horror del campo de concentración. Nada sabemos de sus percepciones después del 1ero de agosto de 1944 y por ello, como argumenta Sagan, tomar a la frase como el epitafio de Ana, como un resumen de su visión sobre la realidad, sería incurrir en una falsedad.

Es innegable, desde ya, que esta cierta ambigüedad en productos como la obra teatral o la película contribuyó a abrir una hendija en el hermetismo de un mundo que se negaba a enfrentarse a los hechos del pasado reciente, permitiendo habilitar toda una serie de investigaciones más serias sobre el Holocausto. Pero, en definitiva, la vida de Ana aún no termina ajustándose a lo que queremos de ella. Al leer su Diario, abundante en referencias a su miedo y desesperación, no encontramos a la muchacha optimista que tantos quieren ver. Tampoco encontramos, ni debemos encontrar en ella, según dijo Miep Gies poco antes de morir, una representación de “los muchos individuos a los que los nazis robaron sus vidas”. Quizás lo mejor que podemos hacer por Ana y por su memoria es devolverle la escala humana a su historia y contemplarla como lo que fue: una niña aterrada que fue obligada a vivir encerrada y a morir por la intolerancia y la guerra. Eso debería ser suficiente.

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