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Voltaire, un filósofo disperso

El escritor, historiador, filósofo y abogado francés murió el 30 de mayo de 1778 a los 83 años. Esta es la historia de sus restos.

«Le debemos respeto a los vivos, a los muertos solo la verdad.»

François Marie Arouet - Voltaire

«La civilización no suprimió la barbarie, la perfeccionó e hizo más bárbara y cruel.»

François Marie Arouet - Voltaire

Los restos de François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, sufrieron una singular dispersión de su anatomía, circunstancia que refleja la impredictibilidad de las preferencias ideológicas de los hombres.

En vida, el filósofo fue un ‘real’ dolor de cabeza para la monarquía europea, ya que después de peregrinar por cárceles y exilios, su poder crecía cuanto más se lo prohibía y su influencia aumentaba cuanto más se lo perseguía. Voltaire, que ya tenía 66 años, decidió asentarse en Ferney, a pocos kilómetros de la frontera suiza, para poder huir en caso que sus nuevos escritos irritasen a las autoridades de turno. A esta altura, tenía más pasado que futuro y ya no estaba para acrobacias políticas o literarias. Como era poseedor de fama mundial y de una interesante fortuna, Voltaire se dedicó, simplemente, a envejecer. Lentamente, a medida que se acercaba su hora también se fue acercando a la religión. “Con Dios me saludo”, comentó, “pero no nos hablamos”.

En 1778, a los 84 años, el filósofo viajó a París. Allí un público entusiasmado le dio un recibimiento apoteótico durante la representación de su última obra Irene en la Comédie Française. Al terminar la pieza teatral Voltaire, abrumado por las muestras de afecto, agradeció con lágrimas en los ojos: “Ustedes me quieren hacer morir de Gloria”. Una afirmación premonitoria aunque realidad murió intoxicado por el opio que le administraban para calmar los atroces dolores que le producía un cáncer de vejiga. Lanzaba gritos desaforados y se revolvía aferrándose las manos a punto de lacerarse con sus uñas. Antes de morir dijo sentir una mano que lo arrastraba ante el tribunal de Dios. Al final falleció el 30 de mayo en casa de su amigo, el marqués de la Villette. Lo precipitado de su fallecimiento, le impidió recibir los últimos sacramentos. El sacerdote convocado no llegó a tiempo (si fue sin querer o ex profeso, nunca se sabrá). El buen tino de sus familiares y admiradores los llevó a guardar silencio sobre su muerte, ya que sus escritos liberales le habían ganado, merecidamente, el rencor de las autoridades eclesiásticas.

Sin embargo, Voltaire, el escéptico Voltaire, el anticlerical Voltaire, ese Voltaire que había dicho “Jesús necesito doce hombres para hacer la Iglesia, pero yo solo la destruiré”, había expresado claramente su último deseo: “No es tiempo de hacerse enemigos” y pidió que le den a sus restos cristiana sepultura para no andar vagando como alma en pena.

Al parecer, Dios no quiso concederle este último deseo. ¿Justicia divina? Aunque no había sido excomulgado oficialmente, el obispo de París no estaba dispuesto a otorgarle a Voltaire un entierro en camposanto. Los sobrinos del filósofo, monsieur D’Hornoy y Abad Mignot (sí, Voltaire tenía un sobrino religioso), intentaron cumplir su deseo. Para que no trascendiese la noticia de su muerte y así evitar que la iglesia se anticipase y prohibiese el entierro en Ferney, donde el pensador había preparado su sepultura, vistieron al cadáver, lo subieron a un carruaje y lo sentaron entre almohadones. Todos los admiradores que se agolpaban fuera de la casa del marqués creyeron que Voltaire partía hacia su hogar. Lo vivaron y lo saludaron, aunque debieron haberlo visto algo demacrado y poco expresivo...

En realidad el filósofo no partía integró a la que se creía que sería su última morada. El boticario, el señor Mithouart, mientras preparaba el cadáver, expresó su deseo de guardar el cerebro del gran pensador. No hubo oposición por parte de los sobrinos, más preocupados por poder enterrar aunque más no fuera algo de su tío. Ya que estaban pidiendo, y al parecer no había reticencias para entregar la anatomía del pensador, el marqués de la Villete solicitó el corazón de su amigo y este le fue concedido sin dilaciones. Voltaire comenzó su último viaje descorazonado y descerebrado.

No era en Ferney sino a Scellièrs en Champagne, donde el Abad Mignot tenía jurisdicción y allí Voltaire fue sepultado dentro de la iglesia local después de este escape rocambolesco.

Ya se habían rezado seis misas por el alma del filósofo anticlerical, cuando llegó de París la orden de prohibir el entierro. “Tarde, ya ha sido enterrado bajo cal”, mintió el sobrino. El obispo parisino debió conformarse con prohibir toda misa, servicio religioso o monumento que homenajease al impío pensador.

El cuerpo de Voltaire se fue desintegrando, al igual que la monarquía francesa. La Revolución marcó el resurgimiento de la obra y la difusión de las ideas de Voltaire. Sus libros y sus escritos ya no sufrían censura. Después de todo, él había sido uno de los ideólogos de esta revolución. Su nombre alcanzó la cima de la fama, mientras su cuerpo yacía olvidado en Scellièrs, iglesia destruida por la violencia revolucionaria. Entonces resurgió su viejo amigo el marqués, devenido ahora en ciudadano Villette gracias a la marea democrática, que borraba todo vestigio de aristocracia. En un artículo de La Chronique, el ex marqués instó al traslado de los restos de Voltaire para que recibiesen un entierro digno del padre ideológico de la Revolución ¿Qué mejor lugar para enterrarlo que el nuevo Panteón, santuario de los mártires liberales?

No todos estaban de acuerdo con este homenaje, el abate Courtier propuso que, como Voltaire era un profeta, su cuerpo debía ser enviado a Jerusalén. Por suerte primó, por una vez, el sentido común, Voltaire debía ir al Panteón…

A pesar de que los parisinos aceptaron gustosos la idea, tener en la Ciudad Luz a tan distinguido habitante permanente, no todos compartían el mismo criterio. La comuna de Romilly sur Seine, donde estaba enterrado, y la Sociedad de Amigos de la Constitución de Troyes, estaban sumamente interesados en apropiarse de lo que quedaba del pensador.

En mayo de 1791, representantes de ambas colectividades se encontraron en Scellièrs para disputarse los restos del filósofo exhumado. El asunto estaba tomando cierto cariz violento, con golpes e insultos intercambiados entre los representantes de dichas comunas, cuando imprevistamente llegaron los miembros de la Asamblea Constituyente Nacional para arbitrar en la disputa. El encargado, un tal Leblanc, después de calmar los ánimos leyó un acta donde declaraba que Voltaire pertenecía al Estado francés ¡Y basta de reclamos! Ante tal afirmación comenzaron las más increíbles y bizarras negociaciones. Los habitantes de Troyes, resignados, pidieron aunque más no fuera, el cráneo de Voltaire. Los de Romilly, pueblo más humilde, mendigaron el brazo izquierdo. ¡No y no! El esqueleto pertenecía al Estado francés en toda la extensión de su anatomía y no había más que discutir, afirmaron los delegados de la Asamblea Nacional.

Durante el desorden que se desató tras esta declaración, alguien se birló el tarso. ¡¿Quién tiene el tarso de Voltaire?! Pues según, los entendidos, un tal Mandonnet de Troyes fue el feliz propietario de este hueso del filosofo.

Mientras continuaban las discusiones, decidieron trasladar al desmembrado esqueleto al pueblo más cercano para colocarlo en un féretro digno de Voltaire. A lo largo del camino continuo, la rapiña anatómica. A esta altura de los acontecimientos, los habitantes de Troyes habían disminuido sus aspiraciones, ahora se contentaban con el pie izquierdo, que impunemente sustrajeron. Dos de los únicos seis dientes del pensador también desaparecieron. Uno fue a parar a manos de Monsieur Charón, encargado de transportar al pensador muerto y el otro fue entregado al periodista, Jean Lemaître, para comprar el silencio por los descarados robos óseos de los que era testigo. Un curioso cohecho.

Lemaître usó el diente de Voltaire como amuleto. Decía que los curas habían ocasionado tanto mal en este mundo que usaba el diente de Voltaire para cuidarse de los malos influjos de la religión. A la muerte de Lemaître esta pieza odontológica fue heredada por su sobrino, que se desempeñaba, justamente, como dentista. Se desconoce el paradero actual de esta particular herencia.

Voltaire (o lo que quedaba de él) comenzó su último retorno a París. A tal fin se montó un enorme catafalco diseñado por el pintor David, con ruedas de bronce tirado por doce caballos negros sobre él se leía un cartel que decía: “Si el hombre nace libre debe gobernar y si sufre a los tiranos los debe destronar”.

Por cada pueblo que pasaba, recogía el homenaje floral de los hijos de la Revolución. La noche previa a su traslado definitivo al Panteón, se féretro descansó frente a lo que quedaba de la Bastilla, donde alguna vez, años antes, estuvo prisionero. Fue allí, en el año 1717, donde decidió cambiar su nombre de Arouet por el de Voltaire.

La última parte de los actos se vio opacada por una lluvia pertinaz. Fueron muy pocos los que estuvieron presentes durante la colocación del féretro en el Panteón. Cerca estaba Descartes y más allá Mirabeau, antes de su ostracismo del paraíso republicano.

¿Qué fue de las partes dispersas del filósofo?

Sobre el cerebro de Voltaire, poco se puede decir. El boticario Mithouart se lo dejó a su hija Virginia en herencia, que en varias oportunidades intentó donarlo a los gobiernos de turno sin que éstos se interesasen por la sesera del pensador (no deja de extrañar este desinterés). En 1858, Virginia cedió esta reliquia a su prima Madame Monard, que en 1924 la entregó a la Comedie Française, testigo de los éxitos del escritor. Estos decidieron colocar al cerebro bajo la estatua de Houdon que muestra a Voltaire cómodamente sentado (sobre su cerebro).

Las aventuras póstumas del corazón son otro tema, más complicado. El marqués de la Villette había comprado la propiedad de Voltaire en Ferney, convirtiéndola en un centro de adoración del filósofo liberal. En su afán de exaltar al pensador, colocó el corazón de su amigo sobre una columna, en la mitad del dormitorio que una vez perteneciera a Voltaire.

Los arduos tiempos que le tocaron vivir al ex marqués no eran para extravagancias inmobiliarias y el entonces ciudadano Villette, apremiado por los vaivenes económicos, debió alquilar la propiedad, con el corazón incluido, a un caballero inglés. Criticado duramente por rentar el músculo cardíaco del filósofo, Villette decidió llevárselo a su casa de París.

Muerto el democrático marqués, su esposa, ferviente admiradora de Voltaire, conservó el corazón del pensador en su palacio. La precaria inmunidad que le otorgaba esta reliquia, la usaba, paradójicamente, para proteger a sacerdotes que huían de los excesos revolucionarios.

Cuando le llegó el momento de presentarse ante el Creador, la ex marquesa le dejó el corazón de Voltaire a su hijo llamado, oportunamente, Voltaire Villette. Pensando que esta herencia debía encontrar una residencia fija donde todo el mundo pudiese apreciar el corazón del gran pensador, ofreció la reliquia a la Academia de Francia, pero esta declinó el ofrecimiento (al igual que había hecho con el cerebro). Curiosamente los ingleses se interesaron en el corazón de Voltaire y ofrecieron pagar una suma interesante por el viajado músculo cardíaco ¡Jamás! Nunca caería reliquia tan preciada para el pueblo de Francia en manos de la pérfida Albión.

Al morir Voltaire Villette sin descendencia, no tuvo mejor idea que donar el atribulada órgano al obispo de Moulins. Escandalizado el prelado por este imprevisto legado, decidió a su vez, cederlo al gobierno francés. Después de un largo trámite judicial, el Ministro de Instrucción Pública de Napoleón III por fin aceptó el corazón y lo depositó en una preciosa caja a los pies de otra estatua[1] del vituperado filósofo sentado a las puertas de la Biblioteca Nacional.

Los huesos del pensador tampoco pudieron gozar de una paz eterna, porque reinstalada la monarquía, el Panteón dejó de ser el Panteón para convertirse en Santa Genoveva una vez más. Los curas se resistieron a seguir dando misa mientras esos dos miserables ateos (con estos términos se referían al sacrílego Voltaire y al perverso Rousseau) continuasen habitando las criptas de la Iglesia. Sus féretros fueron transportados a una galería lejana, para que los feligreses no contemplasen a estos revolucionarios impíos.

En 1830, los cambios políticos en Francia se encargaron de erigir a los dos impíos y revolucionarios en filósofos de profundos pensamientos y acertada ideología. Sus cuerpos volvieron a la cripta y Santa Genoveva fue una vez más el Panteón.

Poco después de este traslado murió un tal monsieur Puymorin, quien en su lecho de muerte confesó que había profanado los cadáveres de estas dos abominables criaturas a las que culpaba de todos los males de Francia. La Revolución, la caída de la monarquía y las persecuciones religiosas eran lo peor que le había pasado a Francia y los únicos responsables eran estos dos seres deleznables, Rousseau y Voltaire, que no merecían el reposo eterno de sus cuerpos y menos aún de sus almas. Según su versión, un grupo de ultraconservadores liderados por el mismo Puymorin extrajeron los restos de los abominables filósofos, los echaron en cal viva y una vez reducidos a polvo fueron arrojados al Sena. De esta forma vengaban las afrentas ideológicas que habían sufrido la monarquía y la religión.

La voz se difundió, la noticia tomó cuerpo y la desaparición de los filósofos se convirtió en un mito urbano, a punto tal de que en 1897 se convocó a una comisión de notables para que constatasen la presencia de Voltaire y Rousseau en el Panteón,

El 18 de diciembre de 1897 ciento cincuenta personas bajaron a la cripta de la ex iglesia de Santa Genoveva. La oscilante luz de las antorchas dibujaba lúgubres sombras sobre las húmedas y frías paredes. Allí estaba Louis-Victor Louvet, el arquitecto restaurador del Panteón, Hamel, Roujon, Cain, Claretie y Berthelot, es decir lo más granado de la intelectualidad francesa. Con los años, muchos de ellos terminarían en estos nichos de gloria (Berthelot fue premio Nobel de química).

Con gran respeto y casi ansiedad abrieron el ataúd de Voltaire ¿Estaría allí el filosofo? ¿Qué pasaría si los rumores eran ciertos y los movidos restos de Voltaire, ya escasos por robos consentidos y sustracciones ilícitas, no estaban en el sarcófago? Mientras abrían el féretro algunos imaginaban los titulares de los periódicos “Los padres de la patria vejados”. “Si el gobierno no puede cuidar sus hijos predilectos ¿Qué nos espera a los simples ciudadanos?”.

Un grito quebró la paz sepulcral. “Allí está”, y efectivamente sobre el fondo de plomo se veían los restos del filósofo disperso. Por un instante todos contemplaron los huesos diseminados, las mortajas derruidas por el tiempo. Fue entonces cuando Berthelot se inclinó sobre la gloriosa tumba de Voltaire y tomó su cráneo que parecía sonreír con sus escasos dientes luciendo ese gesto entre cínico y burlón que lo caracterizó en vida.

Ahora era su turno para que dijeran de él lo mismo que había sostenido de otros en tales circunstancias. “Fue un gran patriota, un gran humanista y leal amigo… siempre y cuando esté realmente muerto”

[1] La obra en cuestión también es obra de Houdon.

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Homenaje a Voltaire en un billete bancario francés de la segunda mitad del siglo XX.
Homenaje a Voltaire en un billete bancario francés de la segunda mitad del siglo XX.

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