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Vida de perros

La historia de la civilización es la historia del hombre y del perro. Juntos avanzaron desde la oscuridad original hasta las tinieblas de nuestros tiempos. Hace más de 12000 años que estos animales comparten nuestra existencia, desde que habitaban las cuevas mesolíticas cuando eran solo lobos domésticos.

Los perros siempre han sido sinónimo de lealtad. El perro de Ulises, por ejemplo, murió a los pies de su amo. Icaro envió a su perro Maera como mensajero a los cielos, donde se convirtió en Siro, la estrella más brillante. Para los esquimales la posesión de un perro marca el límite entre la pobreza y la riqueza, siempre y cuando el perro en cuestión porte el nombre de un pariente muerto. Por su parte, los indios cazadores de las planicies hacían la danza del perro cuando pedían a los dioses la protección de su pueblo.

Se cuenta la historia del célebre perro del barón Montargis, apropiadamente llamado Fidéle. Su amo había sido asesinado por un miembro de la corte de Carlos V sin que nadie lo supiera. Cada vez que Fidéle se cruzaba con el asesino, intentaba agredirlo. Al final el rey decidió resolver el caso a través de una contienda librada ante la justicia divina: El supuesto asesino debía enfrentar al perro del barón de Montargis. A pesar del desigual combate, Fidéle pudo con su adversario, obligándolo a confesar su delito.

Los perros no podían estar ausentes de los escenarios y menos aún podemos dejar de nombrar a las estrellas televisivas que llenaron nuestras horas de la infancia con sus aventuras semanales. Sin embargo, hubo un perro que a pesar de no contar con las ventajas de las ondas electromagnéticas para su difusión, gozó de una fama que llegó hasta estos tiempos. Su nombre era Munito, apodado “el Issac Newton de su raza”.

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De asombrosa perspicacia, Munito era un poodle que podía precisar la hora, hacer sumas y restas y multiplicar y dividir, además de leer. De la mano de su entrenador, Mr. Hoarse, hacía las delicias del público londinense que concurría a la New Bond Street para gozar del espectáculo ofrecido por ese perrito.

Los presentes podían verificar las soluciones que daba a complicados problemas de aritmética, que Munito resolvía en pocos segundos, o constatar las respuestas que daba sobre temas tan disímiles como geografía, botánica o historia natural. Y no se agotaban allí sus habilidades, porque el animal era un avezado jugador de dominó; había vencido a varios contrincantes ante la mirada absorta del público.

La fama de Munito era tal, que gozó del patronazgo de celebridades de su tiempo, destacándose el Príncipe Regente y el Duque de York entre sus más fervientes admiradores. Fue a instancia de ellos que se publicó una biografía del noble can titulada “Raconto histórico de la vida y hábitos del instruido perro conocido como Munito”. El autor del texto ocultaba su identidad bajo el apropiado pseudónimo “Un amigo de las bestias”.

Como el libro sobre el perro inteligente tuvo tanto éxito, fue traducido del inglés al francés, holandés y alemán y distribuido en los países que Munito visitó para deleite de los espectadores, no solo con sus conocimientos matemáticos y científicos, sino con sus habilidades lingüísticas.

Munito volvió de Francia para asentarse en Leicester Square, donde se anunció su retorno después de “haber completado su educación en el exterior”. Fue por ese entonces cuando Charles Dickens asistió al show del can ilustrado. Lo dejó tan impresionado que cuarenta y cinco años después recordaba en uno de sus artículos el repertorio de Munito.

Dickens no vio una sino varias veces la función del poodle, interesado en detectar cuál era el truco con el que Mr. Hoarse transmitía la respuesta a su discípulo. En una de sus entrevistas notó un aroma en el aire... sí, era anís, “¡Eso es!”, pensó el escritor. Munito no lee las cartas sino que las huele y así escoge la correcta. El entrenador, cada vez que comenzaba una prueba, se llevaba un dedo al bolsillo de su chaleco. ¡Allí escondía la bebida!

Una noche Dickens se dirigió hacia Mr. Hoarse, dispuesto a confirmar su sospecha. Con aires de suficiencia el escritor le rebeló su descubrimiento. El hombre amablemente esperó a que terminase de hablar, y sólo se limitó a sonreír, sin decir agua va. Mr Hoarse estaba acostumbrado a que cada noche algún miembro del respetable público se le acercara para describir el truco que convertía a Munito en el Newton de su raza. A veces los impertinentes tenían la osadía de interrumpir el espectáculo para anunciarlo a los cuatro vientos, situación harto desagradable para el entrenador, que se veía obligado a comenzar nuevamente la prueba.

Generalmente el espectador iluminado tomaba el silencio de Mr. Hoarse como una afirmación y se retiraba felicitándose de sus destacados poderes de observación, como lo hizo Dickens esa noche. En definitiva, Mr. Hoarse aplicaba el viejo consejo de “no avivar giles”.

Aunque Hugues Le Roux, el historiador de la actividad circense, había vaticinado que Munito sería recordado por la humanidad como “Arquímedes de Siracusa”, la afirmación parece hoy algo exagerada. Vinieron otros canes a tomar su puesto, entre ellos Bobby, el perro esposado (no por cónyuges sino por esposas policiales), propiedad de Houdini y que al igual que su dueño era capaz de liberarse de pesadas sogas y múltiples cadenas ante un público azorado.

También la historia recuerda a los perros bailarines del Sr. Crawley, que hicieron las delicias de la reina Ana disfrazados de aristócratas. O los animales del Nouveau Cirque entrenados por Lydia Hopkins que deleitaron a los parisinos de fines del siglo XIX.

De todas maneras siempre hubo y habrá miles de nobles bestias que, si bien no tuvieron la suerte de brillar en los escenarios por sus habilidades, lo hacen en el corazón de sus dueños, donde son las únicas e indiscutibles estrellas.

Texto extraído del libro ANIMALITOS DE DIOS

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