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Ustashas en Argentina

"Para los serbios, los judíos y los gitanos tenemos tres millones de balas". La frase, más que clara, es de Ante Pavelić, el líder de uno de los movimientos fascistas más crueles de la historia: los ustahas. En su currículum figuraban más de un millón de asesinatos... y una dirección en el bario de Belgrano.

Ante Pavelić era un abogado que había comenzado su carrera política en el movimiento nacionalista croata. Exiliado como consecuencia de la instauración de la dictadura por parte del rey Alejandro I (que rebautizó el país con el nombre de Yugoslavia) deambuló por Austria, Alemania, Bulgaria y Francia, hasta que, con la llegada de Mussolini al poder en 1922, se refugió en Italia. Y fue en Verona donde creó en 1928 la Organización Revolucionaria Croata Insurgente, la Ustasha (también se dice Ustacha o Ustashá, que significa “insurrecto”), un grupo terrorista que adoptó una postura que podría denominarse como racismo religioso nacionalista. Fascismo con otro nombre, bah. Como las SS de los nazis o los camisas pardas de los fascistas, los ustashas exhibían tanto el desquicio político de su líder como la naturaleza violenta de sus ideas. Sus uniformes eran negros y su rito de iniciación era un juramento sobre un crucifijo, un puñal y una pistola. Los ustashas organizaban su discurso alrededor de una idea que ligaba entre sí a los serbios, los judíos, el comunismo y la monarquía como una masa heterogénea de enemigos, que se complotaban para negarles la independencia a los croatas. Con esa idea instalada, todo exceso era permitido y justificado en nombre de los objetivos superiores que decían defender.

A partir de 1930 Pavelić se autoproclama “Poglavnik”, que en idioma croata equivale a los términos Führer y Duce; su tradución más acertada sería “líder iluminado”.

Las actividades terroristas de los ustashas incluyeron el asesinato del rey Alejandro en 1934 en Marsella; Pavelić contrató a un sicario macedonio revolucionario para perpetrar el magnicidio y lo respaldó con un comando de ustashas para asegurarse de que nada fallara. Después de eso Pavelic adoptó un discurso mucho más antisemita y estableció lazos mucho más fuertes con los fascistas italianos.

Su vínculo con Il Duce era tan sólido que Mussolini le ofreció a Pavelić hacerse con el poder en Yugoslavia si respaldaba la ocupación, que ya se había decidido. El líder ustasha aceptó, siete días más tarde las tropas de Hitler entraban en Yugoslavia y la invasión permitió hacer realidad el sueño de Ante Pavelić: Croacia se convirtió en un Estado independiente, al menos en teoría, porque en la realidad era un país supeditado al poder de Hitler. Comenzaba el infierno para los gitanos, serbios y judíos, con aquel antiguo abogado autoerigido como el “Poglavnik” del país, algo así como la versión autóctona del Führer.

Al asumir el Gobierno, las tropas italianas y alemanas que controlaban militarmente la zona dieron a Pavelić la autonomía necesaria para que organizara un Estado totalitario a su antojo. Pavelic copió el culto a la personalidad y la parafernalia propagandística propia de los regímenes fascistas: desmesuras, desvaríos y el culto a la personalidad del líder.

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Benito Mussolini y Ante Pavelić hacen el saludo fascista
Benito Mussolini y Ante Pavelić hacen el saludo fascista

Poco después de subir al poder, Pavelić impuso leyes antijudías y antiserbias. Comenzó una persecución brutal contra estos dos pueblos con el objetivo de eliminar la mayor cantidad posible de gente y convertir al resto en católicos; era su método para que perdieran el principal elemento diferenciador de su identidad. De hecho, tanto la Iglesia católica croata como el Papa acogieron su llegada al poder favorablememnte, ya que convertía al país en el un baluarte católico en los Balcanes.

Los principales blancos del “Poglavnik” fueron los sacerdotes ortodoxos, las mujeres y los niños. Y la brutalidad con la que se empleó contra ellos fue inusitada: “un ustasha que no puede sacar a un niño del vientre de una madre con una daga, no es un buen ustasha”. El aumento de las ejecuciones y los métodos empleados para llevarlas a cabo escandalizó al alto clero católico y hasta a sus aliados alemanes e italianos, a pesar de lo acostumbrados que estaban éstos al exterminio de minorías.

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Pavelic (segundo por la derecha), junto a Hitler (segundo por la izquierda) y Goering (derecha)
Pavelic (segundo por la derecha), junto a Hitler (segundo por la izquierda) y Goering (derecha)

En Croacia hubo 25 campos de concentración activos durante la Segunda Guerra Mundial, donde fueron masacrados más de un millón de inocentes. Algunas de las víctimas no habían cumplido el año, muchas otras eran niños que fueron quemados vivos en presencia de sus padres, otros ahogados en el río Sava, niñas de 12 o 13 años violadas en presencia de sus madres, bebés en pañales acribillados o asesinados a hachazos, decenas de niños empalados. A los adultos prisioneros les metían agujas debajo de las uñas y ponían sal en las heridas abiertas antes de matarlos, y les encantaba cortar la nariz y las orejas a las víctimas mientras estaban vivas. Horrores reales, aunque cueste creerlo.

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Soldados ustashi decapitando a un prisionero con un serrucho.
Soldados ustashi decapitando a un prisionero con un serrucho.

Hasta los mandos nazis enviados a Croacia expresaban su horror ante tanta crueldad. “Los ustashas los degollaban y les abrían el abdomen antes de tirarlos en los dos lados del río Sava. Cuando degollaban en nuestra parte, nosotros difícilmente podíamos soportar los gritos de hombres, mujeres y niños”. Qué tiernos (y qué impresionables), los nazis.

Pero todo tiene un final (bueno, no todo, pero esto sí): la guerra terminó, El Tercer Reich cayó y Pavelić perdió a sus padrinos. Como su Estado era títere de las fuerzas del Eje, se quedó sin poder propio. Así que Ante Pavelić, “Poglavnik”, escapó: se ocultó primero en Austria y luego en Roma, donde llegó disfrazado de monje y con la protección del entonces secretario de Estado Vaticano, Giovanni Batista Montini (quien luego se convertiría en el Papa Paulo VI). Pero el destino final de su exilio fue la Argentina de Juan Domingo Perón.

El 6 de noviembre de 1948 llegó a la Argentina, a bordo del barco “Sestriere”, el ingeniero húngaro Pal Aranyos. Su pasaporte, número 74369, había sido otorgado por la Cruz Roja de Roma y tenía una autorización de desembarco avalada por el consulado argentino en Génova, desde donde había partido el barco. No había hecho contacto con otros pasajeros a lo largo de casi todo el viaje, que duró 25 días, y un sacerdote croata, Josip Bujanovic, había compartido con él un camarote de primera clase. Con el puerto de Buenos Aires a la vista, el barco se detuvo y una lancha con funcionarios argentinos se acercó al barco. El ingeniero Aranyos subió a la lancha con sus baúles y valijas de equipaje y el bote se dirigió hacia la costa. Luego de eso, una parte del pasaje cambió su atuendo civil y se vistió con hábitos de sacerdotes, con los que desembarcaron en el puerto.

Mientras tanto, la lancha llegaba a puerto a una distancia conveniente de la aduana y los muelles. En la costa los esperaba un croata de aspecto elegante llamado Branko Benzon, que era amigo y médico personal del presidente Juan D. Perón; de hecho, el auto que usó para llegar allí tenía patentes de la Presidencia de la Nación. Cuando la lancha llegó a tierra, el ingeniero húngaro saludó a Brenzon y ambos subieron al auto. Primero subió Aranyos, lo que de alguna manera revelaba el rango jerárquico superior del recién llegado.

Ante Pavelić
Ante Pavelić
Ante Pavelić

Aquel “ingeniero húngaro” era en realidad Ante Pavelić, “Poglavnik”. Su llegada marcaba el éxito de la operación de rescate que Perón y el Vaticano habían organizado para el asesino de Zagreb. Se trasladó a El Palomar, a una vivienda social que le facilitó el gobierno de Perón. Mientras Pavelić deshacía sus valijas, Benzon le informa “en nombre del gobierno argentino” que iba a recibir todo el apoyo y colaboración que necesitara mientras el peronismo gobernara. También fijó domicilio en el barrio de Belgrano, en un departamento situado en la calle Olazábal, entre Ciudad de la Paz y Amenábar. Utilizaba ambos lugares para reunirse y vivir indistintamente.

La esposa de Pavelić, Ana Mirjaa Pavelic, había llegado 6 meses antes, con un pasaporte a nombre de Mara Flego. Luego se les unió la hija mayor, Visna Pavelić, y su esposo. Seis días después de la llegada de Pavelić, alguien se encargó de anotar su llegada en los libros de la oficina de Migraciones con el nombre de Antonio Sedrar. El expediente quedó sellado y certificado por la Dirección Nacional de Migraciones, y la gestión fue realizada por uno de los empleados más recientes de ese organismo, el eslovaco Jan Durcansky, que tenía un pedido de extradición por parte de Yugoslavia para ser juzgado por crímenes de guerra, y que pese a ello fue nombrado jefe de la oficina de certificaciones del organismo.

En los días siguientes, el Poglavnik mantuvo reuniones con Benzon para interiorizarse, con otros miembros del “gobierno en el exilio”, sobre la situación de sus hombres y para saber quiénes habían llegado ya y quiénes estaban aún en camino. Lo custodiaba permanentemente el ex jefe del campo de concentración de Janosevac, Dinko Sakic. Decenas de ustashas en Buenos Aires operaban políticamente en el exilio; sin embargo, los gobiernos argentinos negaron dos veces la extradición de Pavelić: la primera vez fue durante el gobierno de Perón, el 24 de mayo de 1951, cuando Yugoslavia lo reclamó como criminal de guerra. La respuesta de la cancillería argentina fue que no había ningún Ante Pavelić viviendo en el territorio nacional. La segunda vez fue en 1957, el presidente era Pedro Eugenio Aramburu, y el gobierno volvió a negar su presencia en el país.

En 1957 Pavelić fue víctima de un atentado a balazos al que sobrevivió, aunque quedó con secuelas permanentes. La versión más difundida asegura que fue obra de los servicios secretos yugoslavos del gobierno del mariscal Tito, aunque la versión de su hija dice que los autores del atentado contra su padre fueron croatas que querían eliminarlo para hacerse cargo del gobierno en el exilio.

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Pavelić en Argentina, tras el atentado contra su vida en 1957
Pavelić en Argentina, tras el atentado contra su vida en 1957

En 1958 Ante Pavelić viajó a Madrid, pero sus hombres siguieron en la Argentina. Uno de ellos fue custodio de Perón e Isabel. Años más tarde, otros traficaron armas a Croacia y formaron un grupo mercenario con ex carapintadas para combatir en la guerra de los Balcanes. Como para mantenerse en forma y no perder el ritmo.

Pavelić falleció en Madrid a fines de 1959, como consecuencia de complicaciones de las heridas y daños sufridos en el atentado de dos años antes.

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La última fotografía de Pavelić, su cadáver en el hospital Alemán de Madrid
La última fotografía de Pavelić, su cadáver en el hospital Alemán de Madrid

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