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Una revolución es un juego de azar

Atrás quedaba el Brasil. Atrás quedaba la Banda Orienta. La enorme frustración del ejército fue fogueando al grupo unitario que se aglutinaba tras la figura de Rivadavia.

El ejército argentino se preparo para retirarse de la Banda Oriental de acuerdo a las condiciones de paz negociadas en Río de Janeiro, y a fines de Noviembre se habían establecido en Montevideo y sus alrededores los principales regimientos subordinados a Lavalle mientras en Buenos Aires se preparaba una revolución de los unitarios para deponer a Dorrego.

La campaña contra el Brasil había estado signada por una larga serie de frustraciones y privaciones que fueron aprovechadas por Rivadavia y los unitarios para atraer a su bando a Lavalle y a otros oficiales. En un “verdadero prodigio de tergiversación”, como dice Julio Irazusta, lograron convencerlos de que ellos, los pacifistas que habían encomendado a Manuel José García devolver la Banda Oriental al Imperio e indemnizarlo para conseguir la paz, eran los verdaderos amigos del ejercito, mientras que Dorrego y los otros que intentaron proseguir la guerra, eran sus contrarios, y que el gobernador los había traicionado al firmar la paz.

El general Juan Galo Lavalle fue fácilmente convencido, con esos y otros argumentos, de que debía “salvar al país” encabezando una revolución.

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<b>Juan Lavalle.</b>
Juan Lavalle.

Poco antes de ser depuesto, Dorrego le comentó al cónsul Woodbine Parish que estaba al tanto de que algunos preparaban una revolución, pero que tanto él como sus ministros consideraban que un levantamiento era algo opuesto a los principios liberales de los “amigos del buen orden”, es decir de los unitarios, por lo cual no creían que osaran levantarse contra un gobierno elegido por votación de una Asamblea Constituyente, apoyado luego por una elección en la provincia de Buenos Aires y reconocido por casi todas las otras provincias de la República.

Dorrego pertenecía a la alta burguesía porteña pero, a diferencia de muchos de su clase, era popular entre las personas de bajos recursos y había procurado mantener buenas relaciones con los provincianos. Según Ferns, su única falla “consistió en que no supo apreciar en toda su magnitud el salvajismo y la pasión de poder que alentaba, por debajo de la superficie, en los hombres que se llamaban amigos de la civilización, de la ilustración y del progreso, y entre los cuales Dorrego se movía en términos de igualdad social y de amistad”, aunque se rumoreaba que el coronel guardaba los ritos de sus ancestros judíos.

El estimar a sus adversarios en más de lo que valían, atribuyéndoles principios éticos que les faltaban, le costaría a Dorrego el gobierno y la vida. La rebelión comenzó a fines de Noviembre, al desembarcar Lavalle con sus tropas en Buenos Aires. Rivadavia, del Carril, Díaz Vélez, los generales Lamadrid y Paz, y el almirante Brown estaban implicados en el movimiento.

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Gregorio Aráoz de Lamadrid (San Miguel de Tucumán, 28 de noviembre de 1795 - Buenos Aires, 5 de enero de 1857).
Gregorio Aráoz de Lamadrid (San Miguel de Tucumán, 28 de noviembre de 1795 - Buenos Aires, 5 de enero de 1857).

Cuando Dorrego, como Capitán General de Buenos Aires, le mandó a Lavalle un mensaje para que se presentara ante él, éste le contestó que obedecería la orden al frente de sus tropas. El 1ro de Diciembre Lavalle hizo que los 2.500 hombres de las fuerzas regulares que comandaba ocuparan todas las calles que conducían al Fuerte, residencia oficial del gobernador. Dorrego, que solamente tenía 600 hombres y con pocas municiones, abandonó la ciudad en busca de las milicias rurales que sí le respondían. Sus ministros, los generales Guido y Balcarce, se entrevistaron con el general rebelde ofreciéndole transferir la autoridad a cualquier cuerpo elegido por la Asamblea Provincial de Buenos Aires, pero Lavalle se negó a reconocer y tratar con dicho cuerpo colegiado.

A la una de la tarde un escaso grupo de apenas ochenta “ciudadanos decentes”, reunido en la capilla de San Roque del convento de San Francisco, “eligió” a Lavalle gobernador provisional hasta que una nueva Asamblea Provincial, a nombrarse, estableciera un gobierno regular. Al día siguiente el Cónsul Parish le escribió a lord Aberdeen comentando el suceso: “Quizás tengamos un gobierno más respetable y merecedor, en términos generales, de la confianza de las mejores clases del pueblo, pero la manera en que se produjo el cambio es extremadamente lamentada por todas las personas bien dispuestas y reflexivas”.

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<b>Manuel Dorrego</b> nacido como <b>Manuel Críspulo Bernabé do Rego.</b>
Manuel Dorrego nacido como Manuel Críspulo Bernabé do Rego.

Derrota y fusilamiento de Dorrego

Dorrego, que había logrado reunir unos 2.000 milicianos sin mayor instrucción militar, fue atacado en Navarro por el ejército regular el 9 de Diciembre, retirándose, vencido, del campo de batalla. Dos días después se encontró en el con los coroneles Escribano y Acha que lo tomaron prisionero y lo remitieron al victorioso general Lavalle. Al enterarse de esto, Juan Cruz Varela le escribió al general Lavalle:

“Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr está formado: ésta es la opinión de todos los amigos de usted…Se ha resuelto en este momento que el coronel Dorrego sea remitido al cuartel general de usted. Estará allí de mañana a pasado; este pueblo espera todo de usted y usted debe darlo todo. Cartas como estas se rompen”… Salvador María del Carril, el ex-ministro de Rivadavia y ex-gobernador de San Juan que le preguntara al capitán Head, de la compañía de Minas, que era lo que darían, le mandó a Lavalle una carta sin firma en la cual, entre otras cosas, le dice “que una revolución es un juego de azar en que se gana hasta la vida de los vencidos”.

Durante su ausencia Lavalle había dejado a Brown como gobernador delegado, y Dorrego le escribió proponiéndole embarcarse para los Estados Unidos. Aunque en un principio Brown no veía inconveniente en dejarlo salir pero “con una fianza de doscientos a trescientos mil pesos de que responderán sus amigos en debida forma” el gobernador delegado y su ministro Díaz Vélez finalmente lo enviaron al campamento de Lavalle.

Los amigos de Dorrego temían por su vida y solicitaron a Parish que intercediera por él. Parish lo entrevistó al Dr. José Miguel Díaz Vélez el 13 de Diciembre. Este le aseguró que no se tenía la menor intención de ejecutar a Dorrego por lo cual Parish se tranquilizó, a pesar de que había oído discutir el asunto entre “gente respetable”, sin saber que en esos momentos Dorrego era fusilado. Lavalle no le formó consejo de guerra y solo le mandó decir que dentro de una hora sería fusilado. Dorrego encargó a su hermano que pidiera a lord Ponsonby que no formara juicio sobre la República por lo que iba a acontecer. Aparte de escribir a su familia y amigos pidió al general Estanislao López, gobernador de Santa Fe. “Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre”. Antes de ser ejecutado Dorrego intercambió chaquetas con su compadre Gregorio Araoz de Lamadrid, que estaba con Lavalle, para que se la entregara a su esposa, Ángela Baudrix, como recuerdo.

Días después del fusilamiento, Salvador María del Carril, futuro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, le escribió nuevamente a Lavalle: “Me tomo la libertad de prevenirle que es conveniente recoja usted un “acta” del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase, redactado con destreza, será un documento histórico muy importante para su vida póstuma. El señor Gelly se portará bien en esto, que lo firmen todos los jefes y que aparezca usted confirmándolo”. Pero Lavalle no se preocupó por hacerlo y cargó sobre sus espaldas lo que había sido decisión aconsejada por otros.

El 10 de enero Parish le comunicó a lord Aberdeen que había corrido una ola de repulsión contra Lavalle y sus partidarios “de un extremo al otro de la República y entre todas las clases. Las clases bajas… se mostraron violentas en su execración de los asesinos y se dedicaron activamente y con éxito a conquistar a la soldadesca. Se amenazó con violencia personal al señor Rivadavia y a otros, de suerte que aquel se sintió tan alarmado que hizo visar su pasaporte a fin de estar pronto para huir a Francia. Gran número de personas de las clases altas, que se oponían al ex-gobierno y al coronel Dorrego, se contaron entre las que condenaron más enérgicamente la acción del general Lavalle”.

Los soldados de Lavalle comenzaron a desertar por falta de pago e influidos por el pueblo, y los marineros del almirante Brown pretendieron cobrar directamente a los ciudadanos sus sueldos atrasados. El gobierno hasta puso en libertad a los asesinos pensando utilizarlos contra las fuerzas que comenzaba a juntar Rosas en la campaña. El cónsul británico aprovechó la crisis y descontento provocados por el fusilamiento de Dorrego para protestar contra un anterior “decreto argentino que reorganizaba al comando de las Malvinas”.

El fusilamiento, o más bien dicho, el asesinato de Dorrego, constituyó un verdadero escándalo que avergonzó a los argentinos y produjo asombro e indignación en todas partes.

Busaniche transcribe lo que lord Ponsonby escribió a Woodbine Parish al enterarse de que el nuevo gobierno quería mantener relaciones con Gran Bretaña: “En mi carácter de oficial no reconozco a semejante gobierno. Aunque a esa provincia le complazca complicarse con asesinos y traidores, no puede darles a ellos títulos para tratar con un Estado civilizado en nombre de la República Argentina”.

“Ellos pueden pretender establecer gobierno, pero con él Su Majestad nada tiene que hacer en asuntos políticos. Usted queda en libertad para manifestar al señor Díaz Vélez que yo ignoro a su gobierno. Si la República Argentina por medio de un gobierno que legítimamente recoja la voz de la Nación me solicita para cualquier gestión… estimaré un honor cumplir con su pedido. Con el gobierno provincial de Buenos Aires, destruido por la traición, ha expirado la autoridad delegada para la paz. Los traidores que asesinaron a su gobernante legal, pueden, quizás, pretender establecer un nuevo gobierno legal”… “pero no está en el poder de un simple puñado de desalmados derribar las instituciones del país y gozar los frutos de su traición”. Es una lástima que este edificante comentario no se transcriba en la mayoría de nuestros libros de historia. Probablemente el dolido e indignado autor de la carta no llegó a dase cuenta de que él, al procurar la independencia de la Banda Oriental para favorecer a su propio país, había sido uno de los que más contribuyera a torcer el destino de Dorrego llevándolo a una injusta muerte.

dorrego fusilamiento peli

El fusilamiento de Dorrego es una película de dirigida por Mario Gallo sobre su propio guión que se estrenó en 1909 y que tuvo a Salvador Rosich, Eliseo Gutiérrez y Roberto Casaux como actores principales.

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