Historiacultura | civilización | John Stuart Mill | Schopenhauer

Un poco de cultura

La cultura (del latín "cultus", cultivo) puede ser definida de varias maneras. Una bastante apropiada la destaca como las costumbres, creencias, prácticas y valores en virtud de los cuales viven hombres y mujeres; algo así como la forma de vida en su conjunto.

La cultura es lo que hemos hecho antes; lo que nuestros antepasados han hecho muchísimas veces para que nuestro comportamiento y nuestra manera de vivir sea la que es. De hecho, nuestra conducta suele ajustarse a la suya. Aquí debe hacerse una disquisición: la cultura “como arte” puede diferenciarse de lo establecido, pero la cultura “como forma de vida” no; es sobre todo una cuestión de costumbre.

Y acá vale hacer distinción entre “cultura” y “civilización”. En un principio cultura y civilización significaban prácticamente lo mismo, pero en la actualidad ambos conceptos se han diferenciado. La cocina, la pintura y las costumbres de un pueblo pertenecen a la primera; sus sistemas de transporte y de servicios públicos se relacionan con la segunda. Los buzones pertenecen a la civilización, el color con el cual están pintados es cultural. Los semáforos son un símbolo de civilización, pero que los colores de las luces de los mismos sean rojo, amarillo y verde son un hecho cultural. Y así podríamos seguir, hay miles de ejemplos.

La noción de cultura como forma de vida en su conjunto posiblemente funcionaba mejor en las sociedades premodernas que ahora, ya que todas las actividades estaban más integradas. Antes, el trabajo y la vida doméstica estaban más estrechamente relacionados; con el tiempo, los hechos sociales empezaron a distanciarse de los valores culturales, lo que llevó a la aparición de nuevas formas de relacionarse entre las personas. Hoy en día, en cambio, un jefe no se siente moralmente obligado a mostrar un interés paternalista sobre las personas a su cargo. Las personas ahora simplemente trabajan para vivir, para obtener un beneficio; no trabajan para cumplir además con su ofrenda a Dios o para cumplir obligaciones con un señor feudal.

Hace mucho tiempo, los campesinos tenían hijos por las mismas razones que se tienen hijos hoy, pero además de esas razones lo hacían porque cuando los hijos crecieran trabajarían la tierra, defenderían su terruño y se ocuparían de ellos en la vejez; los hijos representaban fuerza de trabajo y garantía de supervivencia de la granja. En la civilización moderna, en cambio, no parecen tan utilitarias las razones que llevan a tener hijos. Son caros de mantener, el cuidado de los mismos cuando son pequeños es una ardua forma de trabajo; su “utilidad”, en la mayoría de los casos ni siquiera es analizada.

Este parece un claro ejemplo de cómo la civilización y la cultura se interrelacionan; la civilización es ahora algo objetivo e inexorable, mientras la cultura se afirma como una cuestión de costumbres y valores. La civilización es ilustración, logros, descubrimiento; la cultura es un concepto cada vez más romántico. Si queremos leer novelas, necesitamos fábricas de papel e imprentas (en los tiempos actuales, computadoras; pero el concepto es el mismo). La civilización lanza continuamente sus anzuelos hacia el futuro mientras que la cultura reconoce su fortaleza en el pasado y en el interior de las sociedades.

El gran filósofo John Stuart Mill sostiene: “la civilización implica la multiplicación de las comodidades físicas, el avance y la difusión del conocimiento, el declive de la superstición, la suavización de los modales, el avance en las posibilidades de la comunicación, la disminución de la tiranía de los fuertes sobre los débiles, las obras realizadas gracias a la cooperación de multitudes...”

La noción de civilización implica emitir un juicio respecto a los infortunados pueblos que sobreviven sin bibliotecas públicas, calefacción central, cruceros o máquinas de café express. Ese “juicio” es injusto para con la cultura, que suele reflejar la vida de un pueblo, una nación, una región. Pero la civilización no tiene por qué ser justa; de hecho, no lo es: el principal aspecto negativo de las civilizaciones son las desigualdades, las diferencias que genera entre ricos y pobres.

“Acostumbramos llamar civilizado a un país si ha hecho más progresos, si nos parece más avanzado su camino hacia la perfección. Este es el sentido positivo de la palabra; pero en el otro sentido, civilización representa, apenas, esa clase de mejora que distingue a las naciones ricas y poderosas de las pobres y salvajes”.

En otra demostración de interacción entre civilización y cultura, las sociedades ricas producen riqueza suficiente como para crerar galerías de arte, universidades y editoriales... que después criticarán a esa sociedad por su codicia y materialismo; en este sentido, la cultura muerde la mano que le da de comer.

La palabra “civilización” se refiere a un mundo que se va diseñando a medida de la humanidad. En ese contexto, la realidad de la humanidad parece hablar de necesidades. Pero como nunca alcanza, hay que ir más allá. Y en este caso, ir más allá implica transformar la necesidad en deseo. El deseo es eso que nunca está, que no se tiene, que hay que conseguir. “El hombre es deseo permanente”, dice Schopenhauer.

Y es que mientras los progresos de la civilización llevan a obtener objetivos concretos designados como importantes (necesidades), los hechos y actividades culturales más valiosos suelen carecer de un propósito evidente o concreto. Jugar al fútbol entre amigos, leer un buen libro, jugar con los hijos o los nietos, tener sexo, escuchar un concierto, etc, son actividades que contienen “en sí mismas” sus propios fundamentos y razón de ser, sin tener un propósito determinado, sin buscar una ventaja evidenciable para una persona o para el conjunto de la sociedad. Se trata simplemente de cumplir pequeños deseos. El arte, el deporte y unas copas en un bar con los amigos no tienen una finalidad “externa” a la actividad en sí; son actividades que no nos llevan a ningún lado, no cuentan como logros. Y pueden desarrollarse en cualquier nivel de civilización.

Es más: los actos que sí tienen una finalidad determinada suelen realizarse buscando alcanzar cosas que no tienen finalidad alguna. Como ejemplo, veamos esta cadena de hechos: un estudiante anota un concepto en su cuaderno (o lo graba en su teléfono celular) porque cree que podría serle de utilidad en un examen. Hacer mejor ese examen podría llevar a que lograra sacar mejores notas. Graduarse con notas más altas podría llevarlo a que consiguiera un mejor trabajo. Un mejor trabajo podría significar obtener más dinero. Tener más dinero podría significar que podría pasar sus vacaciones en un hermoso lugar, ir al cine, cenar con sus amigos, disfrutar un viaje. Es decir: muchas cosas que tienen un objetivo se van encadenando para lograr una meta final... que no tiene más entidad que la propia, que un “porque sí”. Una sucesión de hechos que tienen un propósito logran su propósito final... que no tiene a su vez ninguna razón particular.

Quizá esa sea la diferencia entre lo útil y lo importante. Entre la civilización y la cultura. Bah, quizá ni siquiera sea importante que conozcamos la diferencia.

Dejá tu comentario