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Un cambio de perspectiva

"¿Yo, mujer... dirigir?", frase que hoy parece encerrar una obviedad, fue una pregunta real que María Luisa Bemberg, mítica directora de la cinematografía nacional, se formuló en los últimos años de la década de 1970. Las opciones, así planteadas, eran limitas; pero ella eligió responder afirmativamente y atreverse a filmar, dando inicio así a una de las carreras más destacadas del cine argentino.

En un medio como el cine nacional –en cuya trayectoria los nombres de las mujeres que habían adoptado el rol de directoras podía contarse con los dedos de una mano– María Luisa Bemberg hizo historia, justamente, porque se propuso activamente cambiar esa realidad.

Hoy no hay duda de su rol destacado en la cinematografía argentina. Tanto en el ámbito nacional, como en el internacional, Bemberg es alguien a quien se le acredita, aún con todas las limitaciones que su contexto le impuso, el haber desarrollado las primeras películas con perspectiva de género de la región a inicios de la década del ochenta. Desde ya, para quien la subestimara, puede parecer hasta risible que la propulsora del cambio fuera una mujer de clase alta, divorciada y que para esta época ya rayaba los sesenta años de edad; a todas luces la antítesis de una revolucionaria. Pero Bemberg, sin duda, llevaba el germen de la rebelión dentro suyo.

Como hija del heredero de la gran empresa de Otto Bemberg, la cervecería Quilmes, había crecido con todas las comodidades que la fortuna familiar podía ofrecerle, aunque su clase y su sexo también vinieron atados a toda una serie de convenciones que más tarde le resultarían incomprensibles. Así fue que, por ejemplo, no recibió una educación formal – reservada solamente para sus hermanos varones – y en cambio fue sometida con su hermana a las enseñanzas de no menos de 23 institutrices que, según el ideal del padre, la alentaron a no ser más que una mujer “bonita y virtuosa”. Embarcada en esa senda, aparentemente ineludible, se casó a los 23 años con Carlos Miguens el 17 de octubre de 1945, día que resultaría mítico por otras razones, y dedicó los siguientes diez años de su vida a ser madre y ama de casa.

El idilio, sin embargo, en su caso no se parecía para nada al ideal de la domesticidad. En 1955 su matrimonio terminó en divorcio y con esta nueva libertad Bemberg se lanzó a explorar la vida artística que realmente le interesaba, introduciéndose lentamente en el mundo del teatro. La experiencia, naturalmente, le valió críticas de su entorno, pero ella las desoyó y tomó clases de actuación con Beatriz Matar, teniendo además su primera experiencia profesional creativa en el área de vestuario de la obra La visita de la anciana dama (1956).

Pero su propia revolución personal, esa que la empujaría de lleno al mundo del cine, recién tomaría forma definitiva a inicios de los setenta a través de su entrada en los círculos feministas argentinos. Como cofundadora de la pionera Unión Feminista Argentina (creada en 1970), estudió los textos de feministas como Simone de Beauvoir, Kate Millet y Vriginia Woolf, entre otras figuras, y comenzó a ponerle nombre a esa opresión que había sentido toda su vida. No sorprende que, interesada por impulsar una plataforma de denuncia en pos de la equidad, en estos años se volcara al cine elaborando sus primeros guiones, Crónica de una señora (que sería dirigido por Raúl de la Torre y estrenado como película en 1971), y Triángulo de cuatro (1975), de Ramón Ayala, películas que ya muestran un interés por exhibir una mirada distinta sobre el rol de la mujer. Sin embargo, probablemente las experiencias más interesantes y osadas de estos primeros años en el cine fueron dos cortos de gran vigencia aún hoy concebidos y dirigidos por Bemberg – El mundo de la mujer (1972) y Juguetes (1978) – que, trabajando sobre dos grandes exposiciones realizadas en La Rural, exploraban y criticaban la forma en la que se construye la idea de lo femenino a partir de mercancías y estereotipos.

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María Luisa Bemberg.
María Luisa Bemberg.

Todos estos pequeños pasos, sumados a la convicción de que las historias que quería contar sólo podían ser efectivamente relatadas por ella, llevaron a que a inicios de los ochenta fundara su productora (GEA Cinematográfica, con Lita Stantic) y dirigiera su primer largo, Momentos (1981). Esta experiencia, que luego sería seguida de cerca por Señora de nadie (1982), marcó el inicio de una carrera única dentro del cine nacional de entonces, que tendría como fin mostrar, como indicó su biógrafa Clara Franco, “el efecto devastador de la ideología patriarcal en el destino de media humanidad”. Así, a estos primeros esbozos acerca de la condición femenina, se sumaron en los siguientes años apuestas cada vez más audaces, como Camila (1984) – su primera coproducción y, por su nominación al Oscar a Mejor Película Extranjera, probablemente su realización más famosa –, la fuertemente autobiográfica Miss Mary (1986), la biopic de Sor Juana Inés de la Cruz, Yo, la peor de todas (1990), y De eso no se habla (1993), basada en el cuento homónimo de Julio Llinás.

Aunque hoy es casi intocable en su valor histórico, mucha de esta producción – especialmente por la época en la que se desarrolló, en la transición de la dictadura a la democracia – cosechó críticas que, en algunos casos sostenidas hasta hoy, le achacaron un supuesto desinterés por la situación política de la Argentina. Además, la obra de Bemberg fue reprochada en algunos casos por su valor estético o por su incapacidad para mostrar la realidad de mujeres que trascendieran al mundo de las clases altas o educadas, pero, así y todo, es innegable que estas películas cumplieron el cometido de llevar al cine mainstream argentino un punto de vista fresco. La directora y guionista alcanzó la fama, sus películas tuvieron éxito, y por sobre todo no temió, para lograrlo, realizar el máximo acto de rebeldía que incluyó usar su propia vida y experiencias para alterar su realidad.

Así, diga lo que se diga, para cuando murió de cáncer a los 73 años el 7 de mayo de 1995, no cabía duda que el nombre de María Luisa Bemberg era el de una pionera que había allanado el camino para toda una nueva generación de cineastas que vinieron después de ella y que quedaría, por ello, inscripto de forma indeleble en la historia del cine argentino.

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María Luisa Bemberg.
María Luisa Bemberg.

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