PersonajesPhineas Taylor Barnum

Todos somos monstruos

El 5 de agosto de 1862 nació un niño en la familia Merrick, lo llamarían John y entonces nadie pensaba que sería famoso por una rara enfermedad genética que lo convertiría en el hombre elefante... A pesar de su aspecto inusual, su cuerpo maltrecho encerraba un espíritu sensible, proclive a la poesía. Expuesto en circos el Dr. Treves, uno de los mejores cirujanos de su tiempo, lo expuso ante sus colegas ¿Era acaso un síndrome de Von Recklinghausen o uno de Proteus? Fue el mismo doctor que descubrió su singular anatomía quien halló su vena poética y lo asistió a llevar una vida normal, lejos de su exhibición ignominiosa. John no vivió mucho, sus genes llevaban escrita su muerte precoz pero su paso por el mundo no quedo reducido a un mero entretenimiento morboso sino que nos obligó a pensar sobre quien es más monstruoso: ¿el que se expone, el que lo exhibe o el que se ríe de esa monstruosidad de la que nadie puede estar seguro de salvar a su descendencia sometida a los zares de las mutaciones?

Después del éxito de Phineas Taylor Barnum, pronto aparecieron nuevos empresarios que siguieron la senda marcada por él. Si bien, muchos sólo copiaron su forma de hacer dinero, otros lo hiceron con el apasionamiento propio del oficio. Por ejemplo, Samuel Gumpertz se hizo famoso al construir una ciudad para enanos en Coney Island llamada, naturalmente, Lilliputian Village. Incansable empresario, Gumpertz estaba siempre a la búsqueda de novedades para satisfacer la insaciable curiosidad de la gente. Con ese fin realizó treinta y un viajes a lo largo del ancho mundo. Durante su carrera montó 3800 espectáculos, entre ellos Dreamland, un enorme parque de diversiones. Cuando este se quemó en 1911, la experiencia acumulada le permitió conducir el que por entonces era el circo más grande del mundo, el Ringling Brothers.

Otro empresario al estilo Barnum fue The Great Farini, nacido en 1838 y bautizado con el menos exótico nombre de William Leonard Hunt. Farini no sólo fue un exitoso empresario, sino también un artista de renombre que ganó fama mundial al

cruzar las cataratas del Niágara sobre una cuerda como lo había hecho poco antes Blondin, pero con saltos y acrobacias. Farini fue para muchos un ídolo, aunque la forma de exponer a sus hijas adoptivas hoy pondría más que nervioso a algún juez de minoridad. Pero mientras que Farini sigue siendo evocado con cariño, no se puede decir lo mismo de Tom Norman, al que llamaban por su atuendo “El Rey de la Plata”. Su triste fama se debe al hecho de haber exhibido a Jospeh Merrick, el Hombre Elefante. En realidad, Norman no era peor que otros empresarios, y Merrick le estaba agradecido: jamás habló mal de él y lo evocaba con cariño. Pero toda historia necesita de un villano, y a Norman le cupo elphysique du rôle. A lo largo de los años exhibió a Eliza Jenkins, la Mujer Esqueleto, a Mary Ann Bevans, la Mujer más Fea del Mundo y al Niño Cabeza de Globo, además del antes mencionado Merrick; pero el show más impresionante presentado por Norman era el de la Sra. Baker, una mujer sin ninguna característica especial más que su pasmosa habilidad para arrancarle la cabeza a una rata viva de un certero mordisco. Al terminar su espectáculo lo habitual era que algún espectador cayese desmayado. No era para menos.

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Norman solía decir: “No es el show, sino la historia que uno cuenta” y sus espectáculos estaban colmados de ese tipo de historias exóticas, que al público le encanta escuchar. Y si hablamos de inventar historias, no podemos olvidarnos de Bobby Reynolds (nacido en 1930) quien opinaba que en el mundo hay tres cosas que venden bien: sexo, curiosidad y suspenso. Bueno, él decía que vendía curiosidades, aunque en realidad algunas de ellas eran tan atrozmente burdas, que llevaba un tiempo entender que hubiese alguien que quisiese engañar de esa forma al público. Por ejemplo, una vez exhibió lo que él decía ser la rata más grande del mundo, cuando en realidad era un cochinillo de Indias teñido. Para el tiempo que los espectadores se percataban del engaño, ya había pagado las monedas para verlo y se sentían lo suficientemente tontos como para no reclamar nada. Lo realmente interesante era la forma en que Reynolds presentaba la atracción. «Nada (bueno, casi nada) de

lo que he dicho es mentira, aunque nada o casi nada es precisamente verdad». Su habilidad para atraer al público fue legendaria, pero este talento no le impidió ir preso por montar espectáculos reñidos con la moral y las buenas costumbres imperantes.

«Todo aquí es real, algunas cosas son realmente reales, otras son realmente falsas pero todas son realmente interesantes». Así presentaba su espectáculo Ward Hall, un coetáneo de Reynolds, que compartió con él esa rara habilidad de interesar al espectador en lo que él bien sabía que no era cierto.

«A la gente no le importa saber que la están engañando —decía Hall—; lo importante es que en el ínterin se pase un momento entretenido... De eso se trata la vida, ¿no? De pasar momentos divertidos, aunque uno sepa que son una ilusión y que tarde o temprano se van a acabar, como todo lo que hacemos a lo largo de nuestra existencia».

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