Sueño acuático en Technicolor: el cine de Esther Williams

A mediados del siglo pasado, en un mundo dividido por la guerra, el drama y el horror, en el Estudio 30 de MGM, se producían fantasías acuáticas multicolores. Allí, entre antorchas, fuentes y cientos de bellas jóvenes perfectamente sincronizadas, se alzaba una estrella de un tipo que jamás había existido y jamás habría de ser reproducida. Su nombre era Esther Williams.

Primera y única representante de lo que pasaría a ser conocido como el “musical acuático”, mucho en su vida parecía indicar que estaría destinada a ser la reina de las piletas cinematográficas. Entre tragedias familiares, abusos infantiles y dificultades de todo tipo, su primer trabajo, a los 8 años, fue contar toallas en un club a cambio de tiempo para nadar. Era rápida y era buena en lo que hacía, por lo que no sorprende que la entrenadora Aileen Allen se interesara por ella y la ayudara a crecer en el deporte. De ahí, Williams pasó a la natación profesional, a los premios y, eventualmente, a la consagración nacional como atleta. Si no hubiera sido porque la guerra obligó a cancelar las Olimpiadas de Helsinki en 1940, ella podría haber llegado a convertirse en una medallista.

La suerte, sin embargo, quiso que en 1940 ella terminara participando de un espectáculo conocido como el Aquacade que el empresario Billy Rose estaba montando como parte de la Feria Mundial de San Francisco. En una suerte de versión teatral de lo que luego serían sus películas, la joven Williams había sido seleccionada para nadar junto a Johnny Weissmuller, campeón de natación y famoso por haber encarnado a Tarzán en el cine. La experiencia, más allá de las persecuciones al desnudo y el manoseo perpetrados por el intérprete del hombre-mono – que Williams llegaría a describir como “una pesadilla erótica de Alfred Hitchcock” – probaría ser central en la vida de la nadadora.

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Williams en plena acrobacia.
Williams en plena acrobacia.

 

 

Louis B. Mayer, cabeza de MGM, había visto el dinero que Sonja Henie – patinadora olímpica devenida sensación cinematográfica – le había hecho ganar a 20th Century Fox y aparentemente decidió que quería su propia estrella bizarra. En medio de esta búsqueda, los cazatalentos del estudio notaron a Williams y la convocaron. Insegura de poder actuar, inicialmente rechazó la oferta, pero la insistencia la terminó ganando y – tras ser absorbida por el studio system – en 1942 realizó su debut junto a Mickey Rooney en Andy Hardy’s Double Life.

De ahí en más las cosas se movieron con celeridad y, para 1944, cuando se estrenó Escuela de Sirenas (Bathing Beauty) el estilo Williams quedó sellado. Tal fue el éxito de este primer sueño Technicolor, que rápidamente le siguieron otros como On an island with you (1948), Neptune’s Daughter (1949), Take me out to the ball game (1949), Pagan Love Song (1950), Million Dollar Mermaid (1952) o Easy to love (1953). En todas estas instancias, Williams nadó en intrincadas secuencias caleidoscópicas con galanes (muchas veces ayudando a disimular la incapacidad de algunos de ellos en el agua), cientos de extras y hasta con Tom y Jerry. Participó de secuencias oníricas y – aún habiendo experimentado más de un accidente que casi la mató – lograba una y otra vez mantenerse a flote, a tiempo con la música e imposiblemente bella. Lo que hacía podía parecer un chapuzón glorificado o, incluso, un pavoneo ridículo, pero requería de una maestría que pocos podrían llegar a dominar.

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Dangerous when wet - 1953 - Esther Williams y Fernando Lamas.
Dangerous when wet – 1953 – Esther Williams y Fernando Lamas.

 

De más está decir que ninguna de estas películas se transformaría en una obra maestra. Una y otra vez la fórmula se repetía y, aún con las tramas más inverosímiles, mientras Williams tuviera la excusa de, en algún momento, sacarse la ropa y tirarse a la pileta, la cosa iba a funcionar a la perfección. Ella misma llegó a bromear: “Todo lo que MGM hacía por mí era cambiar a mis coprotagonistas y al agua de la piscina”.

De todos modos, por más que hoy nos parezca todo de una inocencia absoluta, las películas de Williams eran puro escapismo y funcionaban a la perfección en los Estados Unidos de la posguerra. Con su cara hermosa de modelo y su cuerpo atlético – cualidades que sin falta siempre eran mencionadas en las críticas de sus películas – Williams era vendida como la perfecta chica promedio norteamericana. Aunque en lo privado se vanagloriaría de tener una satisfactoria vida sexual, en la gran pantalla y en su vida pública, aún con sus trajes de baño coloridos, no exudaba una sensualidad obvia ni resultaba amenazante, lo que aseguraba un éxito fácil para MGM.

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El triunfo del musical acuático, sin embargo, llegó a su ocaso en consonancia con la decadencia del sistema de estudios. Para 1955, cuando se estrenó Jupiter’s Darling – fantasía romana que fracasó en la taquilla – antes que dejarse morir en los roles pésimos a los que la condenaría el estudio de ahí en más (típica estratagema para obligar a renunciar a los actores sin indemnizarlos), Williams eligió partir por su cuenta. Después de esto, de la mano de Universal, hizo algunas películas más que no tuvieron nada que ver con la natación, como el noir The Unguarded Moment (1956) o Raw Wind in Eden (1958), pero con sus limitadas dotes actorales su carrera jamás alcanzaría el nivel de popularidad que había tenido a principios de los cincuenta.

Esta crisis, tristemente, tuvo su correlato en su vida personal. En lo económico, Williams se había mantenido a flote con una serie de negocios redituables que la habían hecho merecedora del mote de “sirena empresaria”, pero para ese momento descubrió también que estaba quebrada. Su segundo marido, el líder de banda Ben Gage, era un alcohólico adicto al juego que había derrochado todo su dinero y ella terminó divorciándose de él en 1959. Después de este fracaso y tras una suerte de “despertar” producido por una terapia con LSD, a inicios de los sesenta se decidió a rehacer su vida. Mientras filmaba un especial para la televisión, se reencontró con uno de sus antiguos coprotagonistas, el actor argentino Fernando Lamas, y empezaron una fogosa relación que se formalizaría con su matrimonio en 1969. El lazo – que duraría 13 años, hasta la muerte de Lamas en 1982 – fue, sin embargo, uno de dependencia y, ocasionalmente, violencia, que empezó con él pidiéndole que dejara de ser Esther Williams. De ahí en más, víctima de su machismo rampante al punto de no dejarla recibir a sus hijos de su matrimonio con Gage en la casa conyugal, ella se entregó a él de forma entera, pero un tanto resignada. Con tales antecedentes, no sorprende que años después Williams se refiriera a la naturaleza de este vínculo en su autobiografía diciendo: “De una forma extraña, Fernando estaba tan orgulloso de haber capturado a la persona que había sido Esther Williams la estrella de cine, como de mí en mi nuevo rol de esposa. (…) Si yo hacía una buena cena sin ayuda, les decía a nuestros invitados (muchos de los cuales eran actores y actrices), ‘Recuerden que Esther Williams cocinó esta cena, así que aprécienla’. Y después siempre me daba una nalgada, que era como una marca de posesión”.

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Fernando Lamas y Esther Williams.
Fernando Lamas y Esther Williams.
 

Después de la muerte de Lamas, algo que ella admite haber recibido con cierto alivio, la vida de Williams recuperó algo de la libertad que le había sido coartada. Se casó de nuevo, esta vez con Edward Bell, quien sería su marido hasta el fin de sus días. Se dedicó, nuevamente, a vender trajes de baño y piletas con el sello de aprobación de Esther Williams e, incluso, llegó a jugar un rol clave en el reconocimiento del nado sincronizado como disciplina olímpica. Tuvo una suerte de revival en 1999 cuando publicó una memoria controversial y un tanto fantasiosa repleta de jugosos relatos de romances en la que, como ironizó Richard Corliss en su crítica para TIME, Williams se la pasa “evadiendo atléticamente los avances de hombres famosos con penes grandes”.

Después de años en los que progresivamente fue desapareciendo del ojo público, Williams finalmente falleció el 6 de junio de 2013. Detrás de sí no dejaba grandes películas ni actuaciones memorables, pero, sin duda, con su carrera había contribuido a generar un arte acuático cinematográfico totalmente atípico y único que, al día de hoy, sigue sorprendiendo e invitando a zambullirse a la pileta.

Esther Williams
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