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Sophie Tucker: de "coon shouter" a hercúlea desestereotipadora

La apodaban "La Mary Garden del Ragtime", en referencia a la famosa soprano británica del primer tercio del siglo XX y por su técnica vocal afroamericana, y "The Last of the Red Hot Mamas" (La última de las mamacitas candentes), debido a que su libídine era tema iterativo de sus canciones. Fue la artista de entretenimiento (cantante y actriz de vodevil, teatro de variedades y cine) con mayor popularidad de los años 20, 30, 40 y 50´s norteamericanos y la primera mujer en ejercer la presidencia de la Federación Estadounidense de Actores. Ucraniana naturalizada yankee, judía veneradora del Zedakah (principio hebreo basado en la idea de hacer el bien al prójimo mediante la caridad y actos de buena voluntad), sindicalista acérrima y activista contracultural substancial, Sophie Tucker encarnó el empoderamiento de la mujer dentro del mercado más frívolo y apabullante de todos: el mundo del espectáculo.

Su verdadero nombre era Sonya Kalish y provenía de una familia de origen judío de Tulchyn, Ucrania, que, a sus tres meses de vida, en 1887, emigró a Estados Unidos y se asentó en Hartford, Connecticut, donde su padre, medroso ante las posibles represalias por haber desertado de la milicia rusa, cambió el apellido familiar a “Abuza” y emprendió un negocio gastronómico kosher de caterings para el mundo del teatro Yiddish.

El ambiente teatral y su gente causaron en Sophie una inmensa atracción manifiesta desde muy temprana edad, pero sus progenitores, preocupados por los paskudnyaks (sinvergüenzas) del vodevil que viajaban de pueblo en pueblo vendiendo falsas ilusiones de estrellato y quiméricas promesas contractuales, la instigaron persuasivamente a casarse y establecerse en Hartford. En su autobiografía, “Some of These Days” (título surgido del primer gran éxito del compositor Shelton Brooks que Sophie grabó en 1911 y que fue record de ventas, y que se convirtió en el tema primordial de su carrera musical), escribió que su madre creía que: “el matrimonio, tener bebes y ayudar al marido a progresar en su desarrollo personal era carrera suficiente para cualquier mujer”, y que ella no podía hacerle entender que: “no era una carrera que le interesase perseguir, que quería una vida que no significara pasársela entre hornallas y la bacha de la cocina”.

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Camino al compromiso marital, Sophie comenzó a cantar para los clientes del restaurante familiar en el que trabajaba como camarera a cambio de propinas. “Yo solía pararme en el estrecho espacio junto a la puerta de entrada y cantar con todo el drama que podía ponerle al tema. Para el final del último coro, entre las cebollas y yo no había ojos sin lágrimas en todo el lugar”, recordaría mucho después en una entrevista televisiva.

Se fugó a Holyoke en 1903 con un repartidor local de cervezas llamado Louis Tuck que conoció en el mismo restaurante. A su retorno, sus padres arreglaron una correcta boda ortodoxa para la pareja. Tuvieron un hijo, Burt (nacido en 1906), poco antes de que ella le pidiera a su marido la separación, argumentando que él no estaba trabajando ni esforzándose lo suficiente (mismas razones por las cuales se divorciaría luego de sus siguientes conyugues, Frank Westphal y Al Lackey, y por las que con ninguno duró casada más de cinco años). Una vez consumada la disolución relacional y de (r)establecerse dentro del plano artístico-laboral, Willie Howard de los “Howard Brothers” (dos hermanos, Willie y Eugene, intérpretes de vodevil estadounidenses de origen silesiano, los cuales fueron dos de los primeros artistas abiertamente judíos en el escenario norteamericano de la primera mitad del siglo XX), que admiraba a Sophie como cantante y performer, la presentó con el reconocido compositor Harold Von Tilzer (quien, en un primer principio, obcecado por la superficialidad y la objetualización machista del cuerpo femenino, no le prestó demasiada atención a su talento por su falta de belleza hegemónica).

En 1907, sola y sin apoyo alguno, dejando a su retoño con su abuela en Connecticut, se mudó a Nueva York y se cambió el apellido a “Tucker”. Ese mismo año, tuvo su primer acercamiento trascendente con el vodevil cantando en las noches amateurs del teatro de Chris Brown. Durante su primera audición, escuchó a Brown murmurándole a un colega: “Esta es tan gorda y fea que el público de las primeras filas va a salir corriendo del espanto. Mejor pintémosle la cara de negro”. Por más protestas e indagación por parte de Sophie, los productores insistieron en que lograría mayor éxito si se pintaba la cara con carbón. Y así fue. En muy cortos meses, su performance llegó a formar parte del circuito de teatros del Little England (una zona dentro del barrio neoyorquino Chelsea designada a las artes escénicas) y a ser conocida como una “Coon Singer” (un género de música que presentaba un estereotipo de los negros. Fueron populares en los Estados Unidos, Europa y Australia desde alrededor de 1880 hasta 1920, aunque las primeras canciones de este tipo datan de espectáculos de juglares que se remontan a 1848. El género se hizo extremadamente popular, con hombres blancos y negros dando actuaciones en negro y haciendo grabaciones. Las mujeres que participaban eran conocidas como “coon shouters”). Durante una de sus giras, en Boston, por capricho del destino o simple desgracia con suerte, su equipaje se extravió y no llegó al teatro y tuvo que salir a escena sin pintura. Ante el desconcierto de la audiencia presente, Sophie dijo: “Todos pueden ver que soy una mujer blanca. Bueno, les voy a decir algo más: No soy sureña. Soy una chica judía que aprendió el acento sureño actuando pintada de negro por dos años. Ahora, empecemos con el show”. Al finalizar el espectáculo la ovación del público fue tal que, a partir de esa noche, no se pintó nunca más. Su popularidad alcanzó nivel internacional. Viajó por el mundo occidental y actuó frente a grandes figuras tanto de la monarquía (la reina Isabel II la ponderó públicamente su artista norteamericana favorita) como de la política (los Roosevelt y los Kennedy la celebraron y contrataron para actuar en galas benéficas y agasajos diplomáticos protocolares) como del espectáculo (desde Joséphine Baker a Sinatra pasando por Elizabeth Bergner y Chaplin la admiraban, respetaban y adoraban), además de para el público que pagaba la entrada para verla en los teatros y para los menos afortunados para quienes cantaba y actuaba gratuitamente tanto en refugios como en hospitales a lo largo y ancho de su naturalizada nación.

Sophie creía y profesaba el principio hebreo del Zedakah (hacer el bien desinteresadamente), razón por la que nunca dejó de lado su judaísmo y se rodeó de personalidades de la colectividad, las cuales la veneraron no solo por su talento sino también por sus obras de caridad (asistió a abrir más de 20 hospitales dentro de Estados Unidos y varios centros de enseñanza gratuita tanto en su país de residencia como en Israel). En 1925, su amigo y compositor Jack Yellen le escribió una de sus canciones más famosas: “My Yiddishe Momme”, la cual cantaba tanto en yiddish como en inglés, y con la cual acrecentó su prestigio internacional, convirtiéndose en la artista judía estadounidense más renombrada del mundo angloparlante, y con la que causó varios revuelos entre antisemitas, xenófobos y segregacionistas de la época.

Sophie Tucke
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Durante su vida, Sophie causó más de varios revuelos… Sus ideas libertarias y acciones humanitarias produjeron tanto admiración como recelo. Ella usó su independencia económica para empoderarse a sí misma y a otros. Al inicio de su carrera, Sophie ayudó a muchas prostitutas con las que compartía el techo a esconder su dinero de los proxenetas y a no dejarse subyugar ni por ellos ni por la pacatería e hipocresía social. Más adelante, ya afianzada dentro del mundo del entretenimiento, siempre que podía, hacía actuaciones gratuitas en pensiones prostibularias para las chicas que se tomaban la noche libre para disfrutarla. “Todas mantienen una familia o un hijo en algún lado”, solía decir la artista ante cuestionadores impiadosos y periodistas moralistas.

Otra de sus acciones que gran revuelto causó fue cuando, en 1938, colaboró fervorosamente en la sindicalización de la Federación Estadounidense de Actores, de la cual fue elegida presidenta al año siguiente (la primera mujer en ser designada para ejercer ese cargo dentro de esa institución). Durante ese mismo 1939, y durante toda la Segunda Guerra Mundial, Sophie mantuvo correspondencia con muchos de los soldados en batalla y su tema “My Yiddishe Momme” fue escuchado por las calles de Berlín con un pasadiscos de uno de sus penpals (amigos por correspondencia) el día en el que se declaró el final de la guerra.

Tucker significó un antes y un después en la relación celebridad/espectador, la desligó de la lejanía del endiosamiento y la yuxtapuso con la calidez humana de la intimidad. Tanto sus acciones humanitarias como sus actuaciones escénicas eran complejas críticas sobre la etnia, el género, la clase social y los códigos de moralidad. Canciones como “I´m the 3.D Mama with the Big Wide Screen” y “I May Be Getting Older Every Day (But Younger Every Night” fueron anatemas a la edad, al tamaño, a los estereotipos de género y de la sexualidad femenina tocados por el humor como antídoto contra el puritanismo. Con su humor anti racial y activismo gordo, Sophie devino precursora indiscutida de las futuras cantantes fuertes y de las actrices agudas y beligerantes que surgieron posteriormente, y por eso –y más- ocupa -y seguirá ocupando por siempre- un lugar excelso dentro del orbe de rupturistas culturales de la centuria que hace veintiún años supimos ver fenecer.

Sophie Tucker falleció el 9 de febrero de 1966 en Nueva York, de un problema pulmonar, a los 82 años de edad. Tres millones de personas visitaron la sinagoga en la que se llevó acabo el servicio fúnebre y, posteriormente, se levantó una placa en su honor.

Sophie Tucker
Sophie Tucker en vivo recitando varias de las cartas que supo recibir a lo largo de su carrera.

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