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Sigmund

Pocos personajes de la historia de la medicina han sido tan discutidos como el doctor Freud. Y eso es mucho decir. Sus teorías pocas veces pasaron de eso: brillantes hipótesis, magníficas metáforas de los clásicos griegos, que llenaron libros, artículos y congresos, pero pocas estadísticas.

El hombre que sentó los precedentes del “asesinato serial de progenitores” era el niño mimado de su madre (¿Podría haber sido de otra forma? Supongo que sí, pero el mismo dogma freudiano nos hace sospechar que solo un niño mimado pudo crear este relato psicológico). Poco se sabe de los primeros años del hombre que convirtió la infancia en una turbia sucesión de experiencias eróticas: solo la predilección que le tenía su madre. Le decían “Sigmund”, aunque fue anotado como “Segismundo” y su padre lo llamaba “Scholmo” o “Salomón”, nombre que jamás usó quizás porque era un nombre típicamente judío, condición que Freud prefería mantenerse en un cómodo segundo plano.

Sigmund era un estudiante brillante, un lector empedernido, un amante de Shakespeare y de Cervantes que aprendió español para leer el Quijote (según Thomas Sydenham, las aventuras del caballero de la triste figura son, además de una extraordinaria novela, un hermoso tratado de psiquiatría). Los textos de Freud deben entenderse también como una expresión literaria: no en vano le fue concedido el Premio Goethe.

Le tocó vivir a este checo (pues Příbor, su ciudad natal, era parte del Imperio austrohúngaro, pero hoy queda en la República Checa) la época más brillante de un Imperio que tenía los días contados. Estudió Filosofía con Franz Brentano, Psicología con Ernst Brücke y Zoología con Carl Friedrich Wilhelm Claus, un ferviente darwiniano. Todos dejaron su influencia en la concepción de psicoanálisis, hasta su maestro de Biología Carl Clauss, con quien pasó mucho tiempo disecando anguilas en búsqueda del elusivo aparato reproductor masculino, que al final no encontró. Toda una paradoja para el gran promotor de la sexualidad en el siglo xx.

En 1886 viajó a París, para conocer las técnicas de hipnosis del doctor Jean-Martin Charcot, como lo dejó consignado en varios comentarios que calificaban a este galeno como un “gran artista”

Poco antes de este viaje había dado a conocer un trabajo sobre los efectos terapéuticos de la cocaína (entre ellos, como anestésico), tema al que se dedicó con un gran entusiasmo y lo llevó a ser poco cauto y hasta generoso en la administración de este estimulante. Freud recomendó su uso con exceso y desaprensión. Su amigo Ernst von Fleische-Marxon fue víctima de este precipitado exitismo, y Freud lamentó de por vida el suicidio de este joven, que de la adicción a la morfina, pasó a la adicción a la cocaína y de allí al suicidio.

Después de cuatro años de cortejo y de no menos de novecientas cartas de amor, Sigmund se casó con Martha Bernays después de su viaje a Francia. Las familias se conocían: de hecho, un hermano de Martha se casó con una hermana de Sigmund. Ambas eran de ascendencia judía, pero los Bernays eran mucho más ortodoxos que los Freud (aunque Sigmund también tenía un abuelo rabino). Freud no era un observador de los ritos religiosos, lo cual le trajo algún problema conyugal. Profundizar sobre la influencia del judaísmo y las teorías psicoanalíticas, la Kabbalah y los tres niveles de conciencia es un tema largo, apasionante y discutible para esta breve recorrida por la historia de la medicina. El tema no puede soslayarse, porque Freud era un estudioso de los clásicos y, aunque hizo mejor uso de los paradigmas universales griegos y de la literatura de occidente, las tradiciones judías, la Torah y la Kabbalah afloran como un río subterráneo que recorre su obra.

En los países centroeuropeos había una larga tradición antisemita que de tiempo en tiempo hacía eclosión. Al final del siglo xix una parte de la burguesía judía pretendió unirse a las clases acomodadas europeas, minimizando su ascendencia o sencillamente cambiando de religión. Para Freud la religión era una expresión primitiva que tenía a la gente anclada en prejuicios y estigmatizaciones; dedicarle tiempo personal a este tema no era de su agrado y quizás (¿inconscientemente?) prefería dejar de lado su condición de judío que, de una forma u otra, interfería con su carrera científica y social. Basta ver cómo su amigo Koller (que usufructuó la brillante observación freudiana sobre la capacidad anestésica de la cocaína) debió dejar su carrera como oftalmólogo en Austria, por defender en un duelo su honor hebreo, que consideraba vulnerado por los comentarios antisemitas de un colega. Solo cuando fue asediado por las leyes raciales del nazismo, Freud asumió su condición de judío. Lo suyo fue un acto de coraje, un desafío a un orden perverso e irracional de una sociedad alienada.

Al hablar de su familia y especialmente de su esposa, con quien convivió cincuenta y tres largos y armoniosos años, es necesario comentar la relación que unía al matrimonio con una hermana de Martha llamada Minna, vínculo al que “en broma” Freud se refería como una menage a trois (aunque en la jerga psicoanalítica las bromas nunca son casuales). Pasaban mucho tiempo juntos, vacacionaban en los mismos lugares y, según palabras de Jung (uno de los discípulos de Freud), la relación pasó de ser amistosa y familiar a tener ribetes más íntimos. La posibilidad de que Sigmund y Minna se hayan alojado juntos en un hotel hacia 1898 como “Herr Freud und frau” parece confirmar esta conjetura.

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Freud entre su esposa Martha y su cuñada Minna Bernays, 1905.
Freud entre su esposa Martha y su cuñada Minna Bernays, 1905.

Por esos años Sigmund estaba en contacto con el profesor Theodor Meynert (1833-1892), un eminente anatomista y psiquiatra que atribuía el origen de las enfermedades mentales a un conflicto entre la corteza cerebral y el espacio subcortical influenciados por una serie de factores entre los que se contaba la “nutrición cerebral”, relacionada con la funcionalidad vasomotora. Estas ideas, más los principios aprendidos de Brentano sobre la “percepción engañosa”, se profundizan con la asistencia a las clases del doctor Charcot en la Salpêtrière de París y con las espectaculares sesiones de hipnosis que conmocionaban a la sociedad francesa. Junto a su amigo Josef Breuer (cuya influencia sobre Freud se ha minimizado), comenzó el estudio de la histeria, afección ubicua in mundis et orbis.

Fue Josef Breuer quien llevó a Freud al terreno del método catártico, reemplazando la hipnosis por la asociación libre y la interpretación de los sueños. La célebre Anna O (pseudónimo de Bertha Pappenheim) era paciente de Breuer, quien creía haberla curado por hipnosis. Como esto no ocurrió (muy por el contrario, tuvo una feroz crisis en la que dijo dar a luz al hijo que tenía con Breuer, un producto de su imaginación, pero que le trajo al doctor algunos problemas conyugales), fue Breuer quien recurrió a esta “cura del habla”. A medida que Anna O mostraba una sintomatología proteiforme, Freud tomó nota de sus síntomas (anorexia, parálisis, perturbaciones del lenguaje) y cómo estos se aliviaban a medida que ella verbalizaba sin censura lo primero que le venía a la mente. Durante estos relatos de “libre asociación” Freud descubrió que sus pacientes frecuentemente se referían a sus sueños.

Hacia 1896 Freud dejó de lado la hipnosis y acuñó el término “psicoanálisis”. Ese mismo año murió su padre, y Freud atravesó un período de turbulencias personales, con sintomatología cardíaca, trastorno del sueño, depresión, en definitiva, un cuadro de “neurastenia”, como se le decía entonces. Muy probablemente haya padecido una fibromialgia (tema sobre el que volveremos más adelante). Analizando sus sentimientos, Freud descubrió la hostilidad que sentía por su progenitor y atribuyó este encono a una rivalidad que lo enfrentaba por el afecto de su adorada madre. Esta experiencia personal lo llevó a evocar la tragedia griega al elaborar el complejo de Edipo, donde se presupone una sexualidad infantil autónoma, sin necesidad de que medie un trauma sexual. Freud y Breuer describen su método clínico en Estudios de la histeria, libro seguido por La interpretación de los sueños, donde Sigmund lanzó su modelo teórico sobre el inconsciente, el preconsciente y la consciencia.

Las teorías freudianas generaron adhesiones y rechazos, fueron aplaudidas y abucheadas. Muchos seguidores expresaron sus diferencias, y el primero en abandonar la nave psicoanalítica fue el mismo Breuer, su gran amigo, quien discrepaba sobre el énfasis que Freud ponía en la sexualidad infantil

Un grupo de seguidores, entre los que se contaba Alfred Adler, Rudolf Reitler y Karl Jung, comenzó a juntarse los miércoles para discutir las ideas de Freud. Entre abundantes tazas de café, vasos de ajenjo o absinthe (un poderoso psicotrópico), masas vienesas y muchos cigarros, Sigmund llevaba la voz cantante. Adler, Jung y Bleuler (a quien le debemos el término “esquizofrenia” y que prologó el libro de Freud sobre la histeria) fueron distanciándose de Sigmund a lo largo de esos años porque, de una forma u otra, el psicoanálisis se estaba convirtiendo en una religión. El dogmatismo freudiano no podía pasar desapercibido a pesar de disfrazarlo con alusiones más literarias que científicas.

El primer congreso de psicoanálisis, al que asistieron cuarenta y dos profesionales, se reunió en Salzburgo el 27 de abril de 1908. De allí en más fue expandiéndose por el mundo. Freud estaba especialmente interesado en que el psicoanálisis se diseminase por los países de habla inglesa y para tal fin contó con el apoyo de Abraham Brill, conocido psiquiatra de New York.

Cuando en 1909 Freud viajó a Estados Unidos para dictar conferencias sobre sus investigaciones, este bromeó cuando fueron a recibirlo: “No se dan cuenta de que les estamos llevando la plaga”. Vale la pena repetir que Sigmund no creía en la inocencia de los chistes.

La Universidad Clark de Massachusetts le otorgó el Doctor Honoris Causa, y el doctor James Putnam lo invitó a visitar la Universidad de Harvard. El mismo Putnam fundó la American Psychoanalityc Association en 1911, y comenzó con la traducción de las obras de Freud. En realidad, los discípulos rusos de Freud fueron los primeros en traducir sus textos, once años antes que lo hicieran los americanos. Curiosamente también Rusia fue el primer país donde se prohibió la difusión de sus obras en 1924, cuando Stalin se apropió del poder.

Ese mismo año comenzó el prolongado tormento de Freud al desarrollar un cáncer de lengua, secundario a su condición de fumador. De aquí a su muerte sería sometido a 36 intervenciones, que deformaron su rostro (por eso llevaba barba) y lo obligaron a prolongados silencios.

En 1930 recibió el Premio Goethe por su contribución a la cultura literaria germana; es un hecho significativo que su discurso haya sido premiado por los escritores que de aquí en más abrevarían en esta corriente psicoanalítica. Paradójicamente, tres años más tarde sus libros fueron quemados por los nazis. Entonces ironizó: “Nadie podrá discutir que estamos progresando. En la Edad Media me hubiesen quemado a mí; ahora se contentan con quemar mis libros”. En realidad, se salvó por poco de que lo quemasen en los crematorios montados por las autoridades nazis.

Como muchos intelectuales de su tiempo, Freud consideró el nazismo como una moda transitoria; no creía que el pueblo alemán tomase seriamente a ese hombrecito de bigotes, que mostraba signos de alteración mental. Como tantos otros, demostró estar equivocado. En 1938 Austria fue anexada a Alemania, y entonces la situación de Freud se vio seriamente amenazada. Su hija Anna, un miembro prominente de la sociedad psicoanalítica, fue detenida e interrogada por la Gestapo. Su amigo y colega Ernest Jones viajó desde Inglaterra a rescatarlo. También su discípula Marie Bonaparte lo asistió para que pudiese viajar a Londres. Los bienes de Freud fueron decomisados y debió partir casi con lo puesto. Al irse, la Gestapo lo instó a firmar un documento donde declaraba haber sido tratado correctamente. Sin hesitar, Freud lo firmó y agregó de su puño y letra: “Recomiendo a la Gestapo fervientemente”1

Con la ayuda de sus amigos trató de sacar también a sus hermanas del país, pero no tuvo suerte. Murieron en un campo de concentración. Su estado físico se deterioró marcadamente en el exilio. Su amigo y médico tratante, Marx Schur, también exiliado, constató el avance del cáncer. A pedido de Freud, Schur le administró una generosa dosis de morfina. Tres días más tarde, su cuerpo fue cremado y las cenizas, guardadas en una antigua urna griega que la princesa Bonaparte le había regalado.

La discusión sobre las teorías freudianas se ha extendido por un siglo. Su método inductivo, basado en una escasa experiencia clínica, sin avales estadísticos, continúa siendo debatido, no solo por otros autores, sino por versiones contradictorias del mismo Freud, como la teoría de la seducción, para explicar la génesis de las histerias. Freud también debió admitir que en el trauma sexual infantil era difícil de distinguir entre lo real y lo ficticio. La supuesta génesis de los conflictos psicológicos no podía ser demostrada.

Aunque el inconsciente era un concepto que existía desde tiempo antes, fue Freud quien le prestó atención y lo elevó como entidad etiológica de muchas de nuestras conductas. Lo convirtió en el campo de batalla de nuestras pulsiones.

En su Interpretación de los sueños (1899), Bromas y su relación con el Inconsciente (1905) y en Inconsciente, postula la existencia de ideas simultáneamente latentes y operativas. En opinión de Freud, es durante la actividad onírica cuando el inconsciente se manifiesta expresando elípticamente los deseos del paciente.

Hoy sabemos que la memoria de los sueños se pierde cuando la actividad onírica es más distante con el despertar. Por eso, en este período pueden infiltrarse elementos “conscientes” que impregnan el contenido del sueño, restándole su “libertad de expresión”. Debido a esto la interpretación de los sueños puede no ser la verdadera expresión del inconsciente y estar teñida por otros elementos que deforman, sustituyen o distorsionan el contenido original.

Según Freud, la perversidad polimórfica de la sexualidad infantil, se desarrollan las etapas, oral, anal, fálica y por último, la latencia. Las neurosis o las perversiones podrían explicarse en términos de fijación o regresiones a tales etapas. Como en otras de las teorías de Freud, existe una intuición del fenómeno psicológico, intrínsecamente atractivo, pero sin una comprobación, ni análisis objetivo, y sin mediar seguimiento estadístico, indispensable para el desarrollo de una ciencia. ¿Qué es lo que hace que un obsesivo quede fijado en la etapa anal? Es algo difícil de comprobar.

Freud fue un enorme publicista, pero no un científico. Le faltó precisión, seguimiento y análisis objetivo de sus hipótesis. Como parte de sus teorías eran imposibles de demostrar, inculcó un espíritu casi fundamentalista en sus seguidores, a quienes dotó de una esgrima verbal para desvalorizar a todo aquel que intentase evidenciar sus inconsistencias. Freud marcó un camino, el fervor de los psicoanalistas lo hizo difícil de transitar y lo llevó a un callejón sin salida

La teoría de los cuatro humores, de los antiguos griegos, también tiene su atractivo e intuitivamente evoca un fenómeno observable, pero nadie lo ha podido comprobar. Sin embargo esta teoría subsistió por el sometimiento de los médicos al dogma en la época previa al método científico. A fuerza de repetición, hasta las estupideces más fenomenales parecen una verdad revelada…

El complejo de Edipo le ha hecho creer a media humanidad que todos deseamos matar al progenitor del mismo sexo. ¿Qué prueba existe sobre la verdadera existencia de esta tendencia? ¡Ninguna! Sin embargo, aparece como una atractiva construcción que da una precaria explicación a fenómenos de muy difícil demostración. ¿Existe acaso algún camino bioquímico o neurológico que explique tal complejo? ¿Qué estructura mental, anatómica o neurológica autoriza este “asesinato psicológico”?

En cambio su propuesta del Id, Ego y Superego acepta una estructura cerebral que los alberga y les da cabida en un contexto donde la anatomía y fisiología del cerebro pueden combinarse.

Freud establece una dialéctica como mecanismo para interpretar los fenómenos psicológicos, las armas para estructurar el análisis de las pulsiones del paciente en forma coherente (aunque “coherencia” no quiera decir “consistente” ni “científico”). Esta dialéctica captada intuitivamente se convierte en el filtro de la realidad donde todo, absolutamente todo, puede ser analizado para así convertir al psicoanálisis en una exitosa seudociencia.

A pesar de sus críticas sobre la religión, teñidas con las mismas tendencias parricidas con las que construyó el complejo de Edipo y expresó en Totem y Taboo (1927), Freud se convirtió en una especie de Moisés de la psiquiatría, un jerarca, un pater familiae que debía ser eliminado, obedeciendo a una estructura edípica, al igual que los católicos comen al Padre en la comunión. Quizás ya sea tiempo de que Sigmund como figura paterna sea sacrificado en el altar de la ciencia.

Freud murió antes de los psicofármacos y del estudio de los neurotransmisores. La única sustancia con la que tuvo experiencia fue la cocaína, y con poca fortuna. De allí quizás su tendencia a la “cura con palabras”, que parecía menos riesgosa que los fármacos, tanto para el médico como para el paciente. Hoy sabemos que veinte años de psicoanálisis también pueden ser iatrogénicos.

Tampoco existían entonces los diagnósticos clínicos y de imagen con los que contamos hoy día. Sus diagnósticos se basaban en una clínica muy primitiva: semiología e impresión diagnóstica. ¿Eran las histerias que describió realmente histerias? ¿Acaso no eran borderline, esquizofrénicas, epilepsias, bipolares o tenían alguna afección neurológica? No lo podemos saber porque no fueron estudiadas con las armas con las que hoy contamos y dentro de un contexto histórico y social distinto al nuestro. Muchos de los cuadros que describe bien podrían ser fibromialgias o síndrome de cansancio crónico, descripto previamente a las teorías psicoanalíticas. El mismo Freud podría hacer sido víctima de esta afección después de haber abundado en el uso de cocaína, absenta y otros tóxicos.

Así y todo, y a pesar de sus desaciertos, sus exageraciones y sus obsesiones, Sigmund se ha convertido en uno de los pensadores más importantes del siglo xx junto a Marx y a Einstein, revolucionarios de cómo ver los fenómenos de esta nueva sociedad. Entiéndase bien: “revolucionarios” no quiere decir que tengan razón

Marcuse, Reich, Sartre, Adorno, Althussen, Derrida, Foucault han tomado los textos de Freud para cambiar el pensamiento filosófico, basado en experiencias clínicas, biológicas y psicológicas, de las que toman una parte para expresar sus opiniones sobre las conductas humanas.

De todos los conceptos que se vertieron sobre Freud, el que más me gusta es el acercamiento de Philip Rieff en su Mente de moralista (1959). Para Rieff, Sigmund proponía a los hombres hacer lo mejor posible en una vida aparentemente condenada a la infelicidad. Vivimos una existencia signada por las enfermedades y por la muerte, empujada por pulsiones que necesitan de gratificaciones inmediatas, imposibles de cumplir en tiempo y forma. Estas frustaciones nos conducen a renunciamientos, proyecciones, introyecciones, y demás mecanismos con los que debemos buscar un equilibrio, aunque a veces este permanezca esquivo y nos empuje a terminar nuestros días por mano propia, como lo hizo Freud.

Aunque no fuera por la intención de iluminar un sendero que podría llevarnos a cierto equilibrio mental, vale la pena seguir recordando a Sigmund.

1- El caso de Freud era muy especial por la presión internacional, además, el encargado de su caso en la Gestapo era el amigo de un amigo, quien fue condescendiente con el doctor Freud. De hecho, después de la Guerra, la hija de Freud declaró a favor de este hombre durante los juicios de Núremberg

TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO IATROS (Olmo Ediciones)

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