HistoriaGirolamo Savonarola | Papa

Savonarola y la hoguera de las vanidades

Creador de un régimen teocrático, este monje desafió a los Médici y papa Girolamo Savonarola cayó en desgracia y terminó en la misma hoguera donde había arrojado los libros y pinturas que él consideraba impuros.

En mayo de 1498, en la Piazza della Signoria, corazón de la ciudad renacentista por excelencia, capital de las artes, el humanismo y la razón, tiene lugar una escena decididamente medieval. El centro de la plaza se halla ocupado por una gran hoguera en la que arden los cuerpos de tres hombres: el pueblo de Florencia , Italia, asiste a la ejecución de Girolamo Savonarola y de sus dos más próximos discípulos. Es el punto final de un episodio insólito que tuvo como protagonista a un fraile dominico que se convirtió en líder político y osó enfrentarse al papa, y que marcó la última década del siglo XV de la vida de la capital toscana.

El despertar de la vocación

Nacido en Ferrara cuarenta y seis años antes, Girolamo Savonarola creció en el seno de una antigua familia procedente de Padua. Su abuelo Michele, médico personal del duque Nicolás III d’Este, ejerció una gran influencia en el pequeño Girolamo y le transmitió su espíritu religioso, así como su extensa cultura.

En la facultad ferrarense de Arte y Medicina, Savonarola estudió a los clásicos, conoció a los grandes pensadores Aristóteles y Platón y leyó a Tomás de Aquino. En su época de estudiante ya mostraba inquietudes morales y escribió textos en los que denunciaba la decadencia política de Italia y la corrupción de la Iglesia. En Faenza, a los 22 años, escuchó a un predicador que le impresionó de tal modo que despertó su vocación religiosa y decidió a dedicar su vida a Dios.

Un año más tarde, ya acabados sus estudios, dejó Ferrara y se trasladó a Bolonia, donde solicitó ser admitido en la orden de los dominicos. En ella recibió una cuidadosa formación teológica y destacó por seguir escrupulosamente la regla del fundador. La orden le envió a Florencia, donde empezó a predicar, aunque al principio con escaso éxito. El arte de la prédica ocupaba gran parte de la práctica eclesiástica: la homilía reservada en el Medievo a los obispos y abades se convirtió, a partir del siglo XIII, con el surgimiento de las órdenes mendicantes, en uno de los instrumentos fundamentales de la presencia de la Iglesia. Savonarola perfeccionaría su oratoria en los siguientes años en las ciudades a las que fue destinado por la orden: San Gimignano, Bolonia, Ferrara, Brescia y Génova.

Predicador excepcional

Al florentino convento de San Marco llegó como resultado de la solicitud que Lorenzo de' Medici había efectuado a la orden de los dominicos. Lo hizo a instancias de uno de los miembros de su círculo de intelectuales y artistas, el humanista Pico della Mirandola. Fue debido a la creciente fama del fraile, y por supuesto sin posibilidad de prever las consecuencias que entrañaría su instalación en la ciudad.

En aquel momento, Florencia, pese a encontrase en la cumbre en lo referente al arte, se hallaba sumida en una profunda crisis económica: bancos en quiebra, talleres que cerraban sus puertas y una parte considerable de la población desempleada. En ese clima de malestar aparecieron numerosos predicadores que denunciaban los excesos de los ricos y al mismo tiempo pretendían guiar al pueblo hacia una vida más cristiana y pura.

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Florencia, por Hartmann Schedel, publicado en 1493.
Florencia, por Hartmann Schedel, publicado en 1493.

Savonarola se distinguió enseguida de los demás predicadores. Mediante su dominio de la oratoria ejercía un fuerte magnetismo sobre el pueblo. Utilizaba hábilmente profecías y visiones, clamaba contra el lujo y la corrupción de los poderosos y denunciaba los abusos del alto clero y del papa. Reclamaba la necesidad de una renovación de la Iglesia y exhortaba al pueblo a vivir sanamente. Sus sermones apocalípticos atraían a las masas, pero también fue ganando prestigio entre las élites: personajes de la talla del mencionado Della Mirandola, de Botticelli o de Miguel Ángel se convirtieron en seguidores del fraile, que al poco tiempo fue nombrado prior del convento.

Los Medici toleraban estas muestras de oposición, que les resultaban incómodas, pero que no representaban una amenaza seria. Probablemente las cosas no habrían ido más lejos y Savonarola no habría pasado de ser un destacado y subversivo prior de San Marco si no hubieran acaecido una serie de sucesos que conmocionaron la vida política de Florencia y de toda Italia.

La invasión francesa

Carlos VIII de Francia reivindicaba el trono de Nápoles basándose en sus derechos hereditarios y había decidido conquistarlo mediante las armas. En 1494 llegaba a tierras italianas al frente de un ejército que, sembrando el terror, se abría paso hacia el sur y que en poco tiempo se acercaba a Florencia.

Lorenzo el Magnífico habría sabido ciertamente manejar la situación, pero ya no se encontraba al frente de la ciudad: había fallecido dos años antes. Su primogénito y sucesor, Pedro, era joven e inexperto y carecía de la habilidad y del carisma de su padre. Pedro se presentó ante Carlos y concluyó un acuerdo muy desfavorable. Según este pacto, las tropas francesas no ocuparían Florencia, pero esta les permitiría su paso y cedería al ejército francés las plazas fuertes ubicadas en las fronteras florentinas, así como las ciudades de Pisa y Livorno, que le servirían como punto de apoyo en su avance hacia Nápoles.

A su regreso a Florencia, Pedro tuvo que enfrentarse con la élite comercial, furiosa con él por considerar que había capitulado sin consultarla. Las capas populares, por su parte, estaban soliviantadas: siempre habían despreciado a Pedro y ahora lo contemplaban prácticamente como un traidor. Como consecuencia, este se vio obligado a huir a toda prisa de la ciudad, junto con sus hermanos y otros familiares. Al mismo tiempo, los aristócratas florentinos rivales de los Medici eran conscientes de que el pueblo veneraba a Savonarola y vieron en él un instrumento idóneo para ayudarles a librarse definitivamente de aquella familia y recuperar el poder. Así pues, delegaron en él para que negociara con los franceses y posteriormente organizara un nuevo gobierno.

El fraile dominico, que consideraba a Carlos VIII como el rey cristiano que había venido a liberar Florencia de los paganos Medici, se convirtió en su aliado y le hizo entrar triunfalmente en la ciudad. No obstante, tuvo que ceder al monarca francés las plazas fuertes que exigía, necesarias en una eventual retirada y que devolvería una vez concluida la conquista de Nápoles. Savonarola tampoco pudo impedir que ocupara Pisa.

En realidad, las condiciones del tratado firmado entre el rey Carlos VIII y el fraile dominico no diferían sustancialmente de las acordadas anteriormente con el depuesto Pedro. Había, sin embargo, una diferencia fundamental en su percepción por parte de la mayoría de los florentinos: los franceses ya no eran una potencia ocupante, sino un aliado cuya llegada les había permitido expulsar a los aborrecidos Medici y con el que se establecía, más o menos voluntariamente, una colaboración.

El rey francés siguió su camino hacia Nápoles y Savonarola, que ya era el guía moral y religioso de Florencia, se convirtió también en su líder político. No pretendía alcanzar el poder. Su ascensión fue consecuencia de las circunstancias y sobre todo de los intereses de los poderosos comerciantes florentinos, que creían que podrían manejarlo a su antojo. Pero en los siguientes años esta vio cómo se instauraba en la ciudad un régimen muy distinto del que había previsto.

Reforma política y espiritual

Aunque para Savonarola la cuestión política era un elemento accesorio de su objetivo fundamental, que era la restauración moral y religiosa, procedió a una amplia reforma de las instituciones. Suprimió el ordenamiento político que había permitido a los Medici acaparar el poder y en su lugar instauró el Gran Consejo, inspirado en el existente en Venecia . El Gran Consejo tenía sus limitaciones. Podía llegar a contar con mil miembros, con lo que era poco operativo para la toma de decisiones, y además sus componentes se renovaban cada seis meses, muy poco tiempo para obtener un mínimo de continuidad. Pero era sin duda un régimen más democrático que el anterior.

Pero el carácter singular del nuevo sistema, del que Savonarola era líder aun sin ostentar formalmente ningún cargo, se encontraba en la instauración de un clima de renovación espiritual y purificación moral. Implicaba una reforma total de las costumbres, condenando todo lo que pudiera considerarse mundano, indecente o pagano. Florencia, que hasta poco tiempo antes rebosaba alegría de vivir y se divertía en fiestas y bailes, se convirtió en una ciudad de penitentes, en la que las únicas manifestaciones públicas eran las procesiones y las prácticas religiosas.

La exaltación mística que invadía la ciudad degeneró en la persecución radical de todo cuanto pudiera ser pecaminoso. Ello culminó con la quema pública de lujosos vestidos, joyas, cosméticos, objetos de adorno, libros de poesía y pinturas de temas mitológicos o que contuvieran desnudos, en una verdadera hoguera de las vanidades.

Enfrentamiento con el papa

Cuando Savonarola denunciaba la corrupción de la Iglesia, dos de sus blancos eran invariablemente el papa Borgia y la corte pontificia, con su vida de lujo, costumbres licenciosas y desorden moral. Alejandro VI conocía la actitud de Savonarola, y aunque le resultaba extraordinariamente molesta se sentía impotente frente a él. Mientras el fraile dominico fuera un aliado de los franceses y las tropas de estos se hallaran cerca de Roma, la posición del pontífice era demasiado frágil para iniciar un enfrentamiento.

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El papa Alejandro VI, por Cristofano dell
El papa Alejandro VI, por Cristofano dell'Altissimo.

Pero en la primavera de 1495 se produjo un cambio en el mapa de alianzas de los estados italianos. Venecia , Milán, el papa y Fernando de Nápoles formaron la Liga Itálica contra los franceses, y Carlos VIII, viéndose acorralado, decidió replegarse y regresar con sus tropas a Francia abandonando sus conquistas.

Con la partida de los franceses, la situación sufrió un cambio fundamental: ahora ya nada impedía a Alejandro VI perseguir a Savonarola. En un primer momento le invitó a que acudiera a Roma para que le diera una explicación sobre la naturaleza de sus profecías. Savonarola, pensando que allí se encontraría en situación de debilidad y desprotección, se negó. Contrariado, el papa le prohibió predicar, acusándole de propagar falsas doctrinas. El dominico tampoco acató esta orden. Savonarola se convirtió, así, en un rebelde que desobedecía al papa, y Alejandro VI no lo podía tolerar, puesto que cuestionaba su autoridad.

El pontífice intentó una nueva estrategia para neutralizarlo: convertirlo en aliado, para lo cual llegó a ofrecerle el manto cardenalicio, algo que Savonarola rechazó. El dominico, que seguía llevando una austera vida en su celda del convento de San Marco, continuó predicando y atacando al papa, que decidió dar el siguiente paso: excomulgarle. En este punto el fraile debió de perder la noción de la realidad: hasta tal punto creía estar en posesión de la verdad que su reacción fue enviar misivas a los principales monarcas europeos proponiéndoles la celebración de un concilio destinado a destituir a Alejandro VI y elegir un nuevo papa.

A pesar de la excomunión, Savonarola seguía celebrando misa y predicando, y Alejandro VI decidió enfrentarse a la ciudad y obligarla a entregarle al fraile. Para ello, amenazó a Florencia con un interdicto. Este comportaría la ruptura con la Iglesia oficial y la pérdida de las propiedades que la burguesía florentina poseía en territorio de los Estados Pontificios, que quedarían confiscadas.

Esta nueva situación coincidía con la fractura creciente de los apoyos que Savonarola tenía entre los florentinos. En su entusiasmo, llegó a creer de buena fe que en el pueblo florentino había sucedido el milagro de una conversión general y que prácticamente todos le apoyaban. Lo cierto era que no.

Los enemigos declarados, los denominados arrabiati (las grandes familias que creyeron que recuperarían el poder a la salida de los Medici y veían con malos ojos las reformas democráticas) y los palleschi (partidarios del regreso de los Medici), no eran los únicos en su contra. Un número creciente de ciudadanos, que se profesaban en público seguidores del dominico, habían apoyado al principio el intento de instauración de un gobierno democrático y la reforma moral, pero empezaban a estar hartos de su puritanismo radical y de sus extravagancias. Los seguidores sinceros de Savonarola eran cada vez menos y, al mismo tiempo, cada vez más extremistas. Sus adversarios los llamaban despectivamente piagnoni (llorones).

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Ejecución de Savonarola en la hoguera.
Ejecución de Savonarola en la hoguera.

Condena y ejecución

Los acontecimientos se precipitaron con la convocatoria, en abril de 1498, de una insólita y anacrónica prueba de fuego. Los franciscanos, tradicionales rivales de los dominicos, se encontraban también entre los adversarios de Savonarola, y la prueba serviría para someter al juicio divino quién de ellos tenía razón. En la Piazza della Signoria se instalaron dos hogueras que tenían que atravesar descalzos dos monjes, uno franciscano y uno dominico, discípulo de Savonarola. El que no superara el reto sería el que, junto con sus seguidores, estaba en el error.

Se desató una larga discusión sobre si se autorizaba a los monjes a llevar consigo un crucifijo y a recibir la comunión. Fueron algunos de los ardientes seguidores de Savonarola quienes habían aceptado e impulsado el desafío, pero en realidad él no deseaba la prueba, y recurría a todos los pretextos para que no tuviera lugar. Las discusiones se prolongaron durante horas mientras el pueblo, en la plaza, se impacientaba. Al final de la tarde, una fuerte lluvia hizo imposible la celebración. Las masas se dispersaron defraudadas e irritadas con Savonarola, que les había dejado sin el esperado espectáculo. Los frailes tuvieron que ser escoltados hasta el convento de San Marco, que al día siguiente fue asaltado. Los desórdenes alcanzaron tal nivel que hicieron necesaria la intervención de la Signoria, en la que Savonarola, tras los últimos acontecimientos, contaba con escasos valedores. El fraile y dos de sus discípulos fueron arrestados y encarcelados.

Había llegado el momento tan esperado por Alejandro VI. Enseguida llegaron a Florencia los delegados del pontífice, que instruyeron un breve proceso durante el cual el fraile fue sometido a tortura. Le acusaron de herejía y, como era de esperar, le condenaron a muerte. Al día siguiente, él y sus dos discípulos fueron desconsagrados, entregados al brazo secular y ejecutados públicamente. Tras su ahorcamiento, sus cuerpos ardieron en una gran hoguera en la Piazza della Signoria y sus cenizas fueron arrojadas al Arno. Florencia vivió en los años que siguieron un período políticamente inestable, en el que las distintas facciones ciudadanas se disputaban el poder y que terminaría con el regreso de los Medici en 1512.

Savonarola había iniciado su trayectoria pública lleno de buenas intenciones y con una aguda visión de la realidad, y no sorprende que obtuviera tan amplio apoyo popular. Sus ataques a las jerarquías eclesiásticas y al propio papa eran del todo justificados, pues Alejandro VI vivía como un príncipe, tenía amantes e hijos y como político carecía de escrúpulos. Sus críticas a los Medici y a los poderosos en general, rodeados de lujo mientras el pueblo subsistía en la miseria, pueden considerarse progresistas. En este sentido, las reformas políticas que impulsó cuando llegó al poder supusieron unos indudables avances democráticos. Por ello, muchos lo consideran un defensor de las libertades y un precursor de las reformas políticas y religiosas que llegarían mucho más adelante. Su trágico final, que él mismo selló con su obstinada desobediencia al papa, lo convirtió, además, en un mártir. Sin embargo, todo ello se vio enturbiado por el fanatismo moral y religioso que él y sus partidarios quisieron imponer a Florencia, a causa del cual perdió su credibilidad y por cuyo motivo, paradójicamente, se le considera al mismo tiempo un dictador integrista y exaltado.

Savonarola

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