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Satchmo en Buenos Aires

Louis Armstrong llegó a Buenos Aires en octubre de 1957 y dio diez conciertos en el teatro Ópera. Los empresarios que lo trajeron fueron Clemente Lococo, por entonces dueño del teatro, y Fernando Iriberri, propietario de Casa Iriberri, una de las disquerías más prestigiosas de Buenos Aires.

Vino acompañado por grandes músicos: el pianista Billy Kyle, el contrabajista Squire Gersh, el baterista Barrett Deems, el trombonista James “Trummy” Young, el clarinetista Edmond Hall y la cantante Velma Middleton.

La llegada de Armstrong conmocionó a Buenos Aires desde su llegada a Ezeiza. Apenas la nave tocó suelo, un aluvión de fanáticos invadió la pista alrededor del avión. Los bomberos empezaron a tirar agua, Satchmo (apodo que es una abreviatura de “Satchelmouth”, “boca de bolsa”) no podía bajar de las escalinatas de la aeronave. Varios de los músicos de jazz más importantes del momento improvisaron una jam session en la azotea con vista a la pista que por entonces había en el aeropuerto. Situaciones de este tipo se repitieron en el hotel Plaza, donde se alojó, y en los alrededores del teatro, lo que provocó que cada noche de show se cortara el tránsito de la avenida Corrientes.

Pero la actividad del músico no se limitó a sus presentaciones artísticas, todas inolvidables. Satchmo mantuvo una intensa agenda en Buenos Aires, con anécdotas extraordinarias.

Cada vez que Armstrong intentaba salir a la calle la gente se le tiraba encima. Satchmo tenía miedo de que la gente se le acercara y le tocara la boca porque tenía un callo a medio cerrar producido por la boquilla de la trompeta, así que un día se le ocurrió bajar con una careta de catcher de béisbol, que no se sabe de dónde la sacó. Lo mismo tuvo que hacer cuando llegaba en la limousine al teatro cada noche.

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Imagen histórica de Louis Armstrong, usando un casco de béisbol para proteger sus labios en el tumulto de fanáticos (@armstronghouse)

Hubo otras anécdotas que reflejaban la humildad y el don de gente de Satchmo. Un día se aparecieron en el hotel un grupo de seis o siete chicos negros y en recepción pidieron ver al señor Louis Armstrong. Al preguntarle el recepcionista de parte de quién, dijeron “somos sus primos”. El encargado pensó en echarlos pero llamó a la habitación de Armstrong. “Sí –dijo Armstrong–, déjelos pasar, seguramente son mis primos.” Por supuesto que no eran primos; no hablaban inglés, iban a pedirle plata y Satchmo les dio dinero. Armstrong le contó la anécdota a su empresario, quien le dijo “pero si les tuvo que dar plata... ¿cómo van a ser sus primos?” “Son mis primos, de alguna forma son mis primos...”, contestó Satchmo.

Armstrong y sus músicos se llevaban muy bien tanto en el escenario como fuera de él. En el camarín, Armstrong estaba siempre con su mujer, y a veces entraba su médico, que también viajaba con él. A Satchmo le gustaba recibir gente en el camarín, siempre a las risotadas, y su mujer tenía que estar echándolos porque Armstrong se portaba como un chico y comía demasiado. Entonces la mujer le dijo al empresario Lococo y éste le puso policías en custodia. Un día, Armstrong salió con unos sobrecitos y les dijo a los policías custodios: “muchachos, tomen estas pastillas –en realidad eran pastillas laxantes Swiss Kriss– que me regalaron en Alemania...” se los dijo con una picardía cómo quien dice “por qué no se van a cag...”.

Un día fue Aníbal Troilo a visitarlo al camarín. Armstrong sale a recibirlo, se miran, se abrazan y se dan un beso. Como si se conocieran. Seguramente Trolio sabía sobre Armstrong, pero Sachtmo probablemente no sabía sobre Troilo. Nunca lo sabremos.

Y la más sorprendente de las aventuras de Satchmo en Buenos Aires la relata el músico Leo Vigoda:

“Un fotógrafo me hizo subir al escenario en un intervalo de un ensayo. Entonces me siento en la batería de Barrett Deems, me pongo a tocar un poquito, era como un sueño. De repente aparece Armstrong y se pone a tocar unos pocos acordes conmigo, yo casi me muero. Era un tipo maravilloso, te aseguro. Entonces Armstrong ve que yo tengo una Estrella de David colgando y me pregunta en inglés si soy judío. Le digo “yes, I am”, y él dice “Oh, yeah!!!”, y me pregunta dónde podía ir a comer comida judía. Me pongo a pensar y en ese momento no se me ocurre ningún lugar. De repente se me cruza por la cabeza invitarlo a casa. Le digo “mi mamá hace la mejor comida judía, si usted acepta venir a comer comida judía a mi casa yo lo voy a buscar al hotel y después lo llevo de regreso”. Y Satchmo me dijo que sí.

Cuando vuelvo a casa y les cuento esta historia mi viejo me pide que le ponga en el Winco todos los discos de Armsrong. Mi vieja protesta y protesta, pero se pone a hacer varenikes. Armstrong viene al día siguiente. Nosotros vivíamos en una casa tipo chorizo en la calle Tucumán al 2100, entre Junín y Uriburu, que tenía lo que por aquellos años se llamaba sala a la calle: el living comedor (solamente para las visitas) que era también sala de ensayo, escuela de música, etc. Vienen mi hermana, mi cuñado, hasta un alumno de mi papá que tocaba el clarinete. Nos ponemos a comer y Armstrong, enloquecido con los varenikes de mi vieja, se comió absolutamente todo. De repente se tira para atrás, se abre la camisa y veo que él también tiene una cadenita con al Estrella de David. Recordé que de niño había trabajado para una familia judía (los Karnofsky) que lo había adoptado como a un hijo y lo había impulsado a estudiar música. Satchmo usaba la Estrella de David en homenaje a ellos.

Entonces Armstrong dijo: “¿cómo puedo agradecerles todo esto?” y mi viejo le responde en yiddish: “¿por qué no tocamos algo juntos?” Y Armstrong, que hablaba yiddish perfectamente, aceptó. Mi vieja se sienta en la batería, mi viejo en el piano, yo agarré mi violín y el alumno de mi viejo su clarinete. Hacía calor y teníamos las ventanas abiertas. Tocamos con tanto bochinche que se empezó a juntar gente en la calle y el tranvía que pasaba, al ver tanta gente, se detuvo ahí. Y otro. Y otro. Tres tranvías. Al final vino el policía de la esquina y tocó el timbre en casa. Pedimos disculpas, pero igual tuvimos que ir a declarar a la comisaría, incluido Armstrong. No estuvimos detenidos, pero nos llevaron en el patrullero. Al final, los policías, aunque no tenían ni idea de quién era Satchmo, terminaron pidiéndole autógrafos. Después vino el agregado cultural de EEUU y lo retó como a un chico; “Pero cómo vas a estar haciendo esas cosas... si sabes que tienes que tocar a la noche en el teatro...”.

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Referencia bibliogáfica: “Grandes del jazz internacional en Argentina (1956-1979)”, de Claudio Parisi.

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