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San Valentín y el sincretismo religioso

En toda religión hay un mensaje de amor, que muchas veces necesita ser representado, adquirir un cuerpo o una forma simbólica. Los romanos tenían a Venus y como si esta diosa no fuese suficiente lo tenían a Cupido, ese niño regordete y volador que dispara sus saetas con dispar puntería (sí, las diferencias conyugales son parte incorporada de la naturaleza humana). Además, los romanos tenían una celebración bastante violenta para asegurar que el amor inducido por Cupido tuviese descendencia. De allí que realizasen las Lupercales, una celebración en la que después de desollar animales, usaban los tientos para flagelar a las mujeres y así asegurar la fertilidad.

Una fiesta de estas características no podía ser tolerada por la primitiva iglesia católica, pero tampoco podía ser dejada de lado. El sincretismo con las creencias greco-romanas, era la forma más adecuada para asegurar la adhesión de nuevos creyentes. La figura de San Valentín vino a resolver la integración, ya que este santo consagraba matrimonio entre los nuevos católicos y encima, haciendo alarde de una loable magnanimidad, cura de la ceguera a la hija de su carcelero. Estar enamorado de esta joven de la que se despide camino al cadalso, solo agrega una dosis romántica a esta figura.

Si bien originalmente era celebrado por la Iglesia católica desde el año 494, el Concilio Vaticano II eliminó esta fiesta del calendario litúrgico.

La celebración fua cambiando a medida que trascurrían los años. Ese día se tenía la costumbre de confirmar el afecto de las parejas, expresándolo de distintas formas, como la epistolar cuando el hombre y la mujer estaban separados. La más célebre de estas expresiones fue la que el Rey Carlos de Orleans le envió a su esposa Bona de Armagnac cuando este estaba preso de los ingleses después de la batalla de Azincourt.

La costumbre se difundió y desde entonces se concretó un nuevo sincretismo entre la religión y la sociedad de consumo (cuyo desvelo amoroso es hacia el crematistico). Ese día había que expresar el afecto que sentían los miembros de una pareja en forma tangible, y lo tangible tiene precio.

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Desde principios del siglo XIX se hizo costumbre escribir frases o cartas como las de Carlos de Orleans, en tarjetas que se vendían ad hoc. Fue Esther Allen Howland de Massachusetts quien en 1840 comenzó a imprimir tarjetas con mensajes románticos (Howland hizo más de 130 frases) para expresar una vez al año lo que debería decirse todos los días.

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