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San Martín y la independencia del Perú

El 28 de julio de 1821, el general José de San Martín proclamó la independencia del Perú de la corona española. El Libertador salió del Palacio de los Virreyes (hoy Palacio de Gobierno) y se dirigió hacia un tablado que se construyó a un costado de la Plaza Mayor, mirando hacia el Cabildo.

Los limeños esperaban que las tropas criollas entrasen a sangre y fuego en la ciudad y que cometieran excesos, haciendo destrozos y dedicándose al pillaje. Esto no aconteció porque San Martín decidió esperar la invitación de las autoridades del Cabildo y enviar una división a imponer el orden. Estos soldados fueron jubilosamente recibidos por la población. El capitán inglés Basil Hall propuso que sus marinos actuasen de policías, pero el Libertador declinó el ofrecimiento. En cambio, entró con un reducido séquito al anochecer y se dirigió al Cabildo para ultimar los detalles de la rendición con el marqués de Montemira. Previamente, y a pesar de ser el arzobispo un fanático españolista, el general le había enviado una carta en la que garantizaba el orden público. Esa noche, volvió al campamento de Mirones y, al día siguiente, entró al palacio virreinal mientras escuchaba la prédica de dos frailes que lo comparaban con Julio César y Lúculo. Un público entusiasta se arremolinó a su arrededor. Entre ellos, estaba Fermina de la Quintana, hermana de Tomasa, suegra de San Martín, y cuyo marido era el jefe de Correos. Muchas familias de la oligarquía local se hicieron presentes a fin de expresar su adhesión a la causa.

Una mujer se arrojó a sus pies y ofreció a sus tres hijos para luchar por la libertad del Perú, al tiempo que otras cinco esperaban su turno para abrazarse a sus rodillas, con tanto entusiasmo que lo hicieron trastabillar. Fue entonces cuando San Martín alzó a una niña en sus brazos y la multitud prorrumpió en vivas al Libertador y a la independencia, mientras un fraile alababa el modo pacífico y cristiano de entrar en la ciudad.

A la vez que La Gazeta de Lima se deshacía en halagos “al ínclito varón” que venía a romper las cadenas del oprobio, este imponía la ley marcial y el toque de queda. También, dispuso que los esclavos que habían huido no fuesen incorporados al ejército, sino devueltos a sus propietarios –a fin de no malquistarse con la gente pudiente de la ciudad– y que, a los españoles que no abriesen sus locales o negocios en tres días, estos les serían confiscados. Además, impuso un empréstito forzoso con la intención de devolverlo en seis meses. Con esos fondos, pensaba mantener al ejército y a la flota. El problema es que los comerciantes de Lima ya estaban en condiciones apremiantes por haber donado previamente 160.000 $ a los realistas. Por tal razón no les cayó muy simpático este empréstito.

Así dispuestas las cosas, se instaló en el palacio virreinal a esperar el 28 de julio, día en que debía declararse la independencia del país que acababa de liberar.

Por su parte, el almirante Thomas Cochrane también fue recibido como un héroe en la Plaza Mayor. Al enterarse Lord Byron de la triunfal entrada del escocés a Lima, declaró: “A nadie envidió más que a Lord Cochrane”. El bardo reconocía que le hubiese encantado vivir sus aventuras. Quizás fue esta idea la que empujó a Byron a inmiscuirse en la libertad de Grecia, aunque con poca suerte.

A pesar del apoyo popular, ni Cochrane ni muchos oficiales –como Arenales y Las Heras– podían comprender la inactividad del general ante la oportunidad de perseguir y destruir las tropas españolas. Lo cierto es que este no creía que el ejército libertador estuviese en condiciones de acometer esta tarea.

El 28 de julio se declaró la independencia del Perú y San Martín hizo jurar lealtad a la nueva bandera del Perú. Por la justicia de su causa, representa al sol naciente que aparece sobre los Andes, por detrás de la ciudad, con el río Rimac bañando su base. Esta imagen, en medio de un escudo laureado, dividía la bandera en cuatro partes triangulares, dos rojas y dos blancas, que tomaban los colores de la bandera chilena y de la argentina. (Este diseño original fue modificado por Torre Tagle en 1822).

En la Catedral, se cantó el Te Deum ante las nuevas autoridades, quienes estaban conscientes de que muchos prelados –especialmente el arzobispo– se oponían a los libertadores. Apenas finalizada la ceremonia, los jefes y personas distinguidas juraron por Dios y por la Patria mantener el honor y la independencia del Perú. En el Ayuntamiento, se organizó un baile y, entre los asistentes, le llamó la atención al general una joven de ojos azules llamada Rosita Campusano, quien tendría un papel fundamental en la vida del Libertador durante su ajetreada permanencia en Lima.

El 9 de agosto, siguiendo el consejo de Bernardo de Monteagudo, San Martín se proclamó Protector del Perú

por la necesidad que continúen reunidos en mí el mando político y militar […] Cuando tenga la satisfacción de renunciar al mando y dar cuenta de mis acciones a los representantes del pueblo, estoy seguro que no descubrirán durante el período de mi administración ningún rasgo de venalidad, despotismo o corrupción que han caracterizado el gobierno español en Sud América.

Con la figura de Protector (como había usado Cromwell en Inglaterra y Artigas en la Provincia Oriental), el general buscaba compatibilizar una forma de gobierno entre una monarquía parlamentaria y un régimen republicano, tema que se debería dilucidar oportunamente. No quería presentarse como un monarca, aunque los acontecimientos en Europa –como el Congreso de Viena y los Cien Mil Hijos de San Luis que ayudarían a Fernando VII a recuperar su gobierno de las manos liberales– marcaban una tendencia en el mundo. Tampoco podía prometer una república ya que opinaba que el pueblo aún no estaba preparado para esa responsabilidad. Sin ilustración, las instituciones democráticas son a veces peores que las autocráticas.

A criterio de San Martín, “el gusto por la libertad nacerá como consecuencia de la juiciosa implantación de las instituciones libres y de la facultad de ejercer los derechos civiles…”. Esta decisión contrariaba las instrucciones impartidas por el Senado de Chile. A fin de esclarecer su decisión, le escribió a O’Higgins que “en bien de mis conciudadanos me he inducido a violar mis propios principios” y que esperaba, en menos de un año, abandonar el gobierno del Perú.

Al final, sus pronósticos se cumplieron pero no de la forma que hubiese deseado...

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