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Risas, llantos y anestesia

A mi amigo y maestro de anestesistas, el Dr. Horacio Pichot.

Antes de la anestesia, ser cirujano u odontólogo era sinónimo de ser rápido y osado (o, mejor dicho, sanguinario); el paciente no podía soportar tanto dolor. El tiempo operatorio debía ser lo más corto posible antes que se desmayase, tuviese un paro cardiorrespiratorio o huyese del quirófano venciendo las restricciones de los forzudos asistentes del cirujano.

El uso de alcohol y derivados del opio solo atenuaban los sentidos del paciente (o víctima) a fin de lograr una sedación, pero el dolor y las reacciones neurovegetativas solían complicar las intervenciones.

Si bien la anestesia era un sueño de la dolida humanidad, no había una búsqueda sistémica de la misma. Los profesionales habían sido criados en la violencia del acto quirúrgico entre gritos y forcejeos. El hallazgo de la anestesia por éter fue casi una casualidad.

El éter (que significa “cielo” o “aire puro de montaña”) es un grupo químico que contiene una molécula de oxígeno ligada a dos grupos alquilo. Si bien se lo conoce desde el medioevo, fue fruto de las investigaciones de el alquimista, Valerius Cordus, quien lo sintetizó en 1540 llamándolo aceite de vitriolo dulce – nombre como se lo reconoció por siglos –. Ya Paracelso había reconocido su capacidad analgésica pero no se lo valoró como uso médico sino recreativo.

William Thomas Green Morton era el hijo de un granjero quien, después de probar distintos trabajos estudió odontología en Baltimore y trabajó con un colega llamado Horace Wells. Éste estaba interesado en encontrar una forma de impedir el dolor en sus pacientes. Al asistir a una de esas funciones en las que las personas inhalaban óxido nitroso que los hacía reír y hacer todo tipo de monerias (de allí su nombre, gas hilarante), pensó en aplicarlo en sus pacientes.

Anduvo bien en varios casos, razón por la cual decidió hacer una presentación en el Hospital de Boston. El paciente resultó no ser muy colaborativo ni sensible al óxido nitroso (era obeso y alcohólico, dos condiciones que aún los anestesistas temen) y escapó del quirófano, ante la algarabía generalizada. Wells quedó tan consternado que abandonó la profesión, y se hizo adicto a distintas sustancias (entre ellas, el cloroformo que se comenzaba a usar en Europa). En un estado de enajenación, arrojó ácido sulfúrico a dos prostitutas. Cuando tomó conciencia de lo que había hecho, optó por suicidarse.

Morton, en cambio, se interesó en el éter, sustancia que había llamado la atención del profesor Charles Jackson. Tras largas experimentaciones, lo probó en un paciente afectado por un dolor de muelas. Ante este éxito el 16 de octubre de 1846 a las 10 horas, Morton anestesió a un paciente llamado Gilbert Abbott que fue operado por el Dr. John Collins Warren en el Massachussets Hospital.

El público presente, algo escéptico por lo que le había pasado a Wells, se entusiasmó ante la nueva posibilidad que se abría.

La humanidad tuvo suerte y desde entonces millones de pacientes han podido resolver sus problemas quirúrgicos sin pasar por un calvario. El que tuvo menos fortuna fue Morton, quien se trabó en distintas instancias legales para patentar su desarrollo. El gobierno americano no quiso darle la patente por un producto que ya existía y que beneficiaba a millones de personas. Estos fracasos amargaron los últimos años de su vida. Morton falleció en julio de 1868.

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