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Réquiem para Mozart

La muerte de Wolfgang Amadeus Mozart (el 5 de diciembre de 1791) en Viena ha sido objeto de debates científicos, libros medulosos, chismes de salón, películas y obras de teatro, donde se exagera su supuesta condición de sufrir de síndrome de Tourette, circunstancia que, al parecer, lo obligaba a usar un lenguaje vulgar que los médicos llaman "coprolalia".

La leyenda de su paso a mejor vida a manos del envidioso italiano Antonio Salieri (1750-1825) ha alimentado novelas, obras de teatro y películas, sin que se le pueda achacar su defunción al pobre compositor.[1] Lo cierto es que este fue uno de los pocos que acompañó al genio durante sus últimos días y colaboró en la composición del famoso Requiem. Cuando Mozart fue enterrado, Salieri estaba entre la escasa concurrencia. El 6 de diciembre de 1791, trasladaron sus restos desde la catedral de San Esteban al cementerio de San Marcos, donde el cadáver de Mozart fue inhumado, en una fosa con capacidad para albergar dieciséis cuerpos.

El hecho de haber sido enterrado en una fosa común hizo suponer a muchos que Mozart había muerto pobre y olvidado. En esa época, el emperador José ii (1741-1790) había dictado un decreto en el que regulaba los entierros en los cementerios e iglesias sobrepoblados de Viena. Para evitar gastos superfluos de tela y madera, los ataúdes eran reutilizables y todos (salvo algunas ricas eminencias) eran amontonados en una fosa común, sin lápidas ni recordatorios. La lista de los bienes de Mozart al morir muestra a las claras que el compositor llevaba una vida acomodada para los estándares de la época.

Su féretro fue llevado al cementerio al anochecer, aunque esto no era signo de ocultamiento. En Viena, estaban prohibidas las procesiones fúnebres a la luz del día (vaya uno a saber por qué razones de las autoridades). Su esposa, Constanze Weber, no asistió al entierro ya que tampoco era frecuente que fuesen mujeres a los entierros. Dicen, además, que la pobre estaba embargada por el dolor y no –como algunos comentan maliciosamente– solazada en los brazos de un nuevo amante antes de que el cuerpo de su marido se enfriase. Lo cierto es que Constanze demoró diecisiete años en molestarse en averiguar dónde estaba enterrado su querido Wolfgang.

Nadie, salvo el enterrador, podía individualizar el cadáver, ya que todos somos iguales ante el democrático proceso de descomposición. No obstante, Joseph Rothmayer –tal era el nombre del enterrador– sí recordaba el lugar donde había sido colocado el compositor. Cuando diez años después el cementerio sufrió una reorganización (eufemismo para disponer de los huesos antiguos y recuperar espacio), Rothmayer conservó el cráneo de Mozart. ¿Era o no era la cabeza de Mozart? Nadie lo puede asegurar. Solo debemos desear que Rothmayer no se haya equivocado.

El cráneo quedó como un curioso souvenir entre los empleados del cementerio, hasta que uno de ellos lo cedió a Joseph Radschopf[2], prominente anatomista vienés y entusiasta frenólogo, que debió haberse sentido muy complacido por contar con tan singular elemento para sus estudios. Después este cráneo pasó a manos de Joseph Hyrtl[3], famoso por su colección de raros especímenes anatómicos. Sin embargo, al igual que con Haydn, no se llegó a ninguna conclusión valedera. Nadie ha podido discernir qué accidente óseo es sinónimo de singularidad melómana. Muerto el anatomista, su esposa dispuso del cráneo y lo donó al Mozarteum de Salzburgo, ciudad natal del músico, donde permanece a la fecha (sin la mandíbula, que Dios sabrá dónde se encuentra).

Muchas han sido las hipótesis sobre la causa de muerte del músico, además del supuesto envenenamiento por parte de Antonio Salieri. Tuberculosis, artritis reumatoide, infección estreptocócica, insuficiencia cardíaca, etc. La causa más comúnmente aceptada de su fallecimiento es una intoxicación urémica por compromiso de sus riñones. Sus médicos, Closet y Sallaba, diagnosticaron “fiebre alta con rash cutáneo”. Diagnóstico poco iluminador; podría ser cualquier cosa, desde una gripe hasta una meningitis. Una nueva teoría habla de una complicación cardiológica por fiebre reumática, teoría a la que adhiere el Mozarteum hoy en día.

El examen del cráneo (si realmente perteneció a Wolfgang Amadeus Mozart) demuestra que tenía una fractura no soldada al momento de su muerte y un hematoma subdural. Al parecer, no fue esta la causa de muerte, sino una consecuencia de las múltiples sangrías de las que había sido objeto por parte de los médicos.

No sería extraño que una de estas bruscas hipotensiones haya favorecido la acumulación de sangre entre el cráneo y el cerebro (hematoma subdural). Lo último que nos falta escuchar es que la envidia de Salieri haya empujado a este a utilizar un medio menos sutil que el envenenamiento y recurriese a romperle la cabeza a su competidor con un martillo, dando rienda suelta a su furiosa envidia. Dejemos a Mozart y a Salieri en paz...

[1]. Dicen que, al fallecer, demente y añoso, Salieri confesó la autoría de su opus mortui. Quizás, haciéndose eco de las habladurías, su senil cerebro creyó realmente que había participado de la muerte del músico. Quien comenzó con este mito literario fue el poeta ruso Aleksandr Pushkin.

[2]. Discípulo de Karl von Rokitansky, a quien ya hemos citado como poseedor del cráneo de Haydn.

[3]. Profesor de un médico irlandés llamado William Wilde quien, a su vez, tuvo un hijo llamado Oscar, cuya historia póstuma hemos desarrollado en el capítulo “Curiosidades de Père–Lachaise”.

Extracto del libro Trayectos Póstumos, de Omar López Mato.

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