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Recordando a René

Al Dr. René Favaloro lo conocí cuando intervino a mi padre. Había pedido que él lo operara de una obstrucción de la coronaria descendente anterior. Por entonces, Favaloro acababa de publicar un libro sobre San Martín. En las entrevistas que mantuve, después de interiorizarme de la evolución de la cirugía de mi padre, tuvimos una breve charla de historia. René idolatraba la figura del Libertador. Tenía una imagen canónica de San Martín, algo edulcorada e idealizada para mi gusto, pero que en él actuaba como guía rectora.

Me contó que en su instituto habían realizado casi la misma cantidad de by pass en un año que en la Cleveland Clinic, pero que, a diferencia de aquella, no tenía casi donaciones. Una pared en la entrada de la Fundación esperaba llenarse con placas de donativos que le permitieran cumplir el sueño de tener una institución al nivel de las mejores del mundo. La pared estaba casi vacía.

A pesar del volumen de trabajo, la Fundación pasaba por apremios económicos (una constante en muchísimas clínicas y sanatorios en Argentina) agravados estos apremios por la búsqueda de la excelencia médica a la que Favaloro aspiraba, no solo basada en la tecnología sino en el trato personal. Los días que no operaba, temprano por la mañana, Favaloro visitaba a sus pacientes temprano por la mañana, aún los domingos, a las 8 ya estaba hablando con los operados. Con todos charlaba de fútbol, de actualidad, o de historia. Era para ellos como un dios que bajaba del Olimpo a hablar con los mortales.

No diría que era simpático, tenía fama de severo y calentón. Lógico, vivía en constante stress: sus pacientes, la política, la administración de esa estructura gigantesca que había creado.

A esa altura de la vida, Favaloro se había dado cuenta que podía pelear contra la muerte de igual a igual, pero no contra la burocracia y la corrupción… Ese tema no se estudia en la carrera, aunque en un país como el nuestro debería estar en la currícula.

Favaloro tomó la decisión de suicidarse bajo un estado depresivo. A esa trágica decisión lo había empujado la lucha diaria, el cansancio, el hastío, la desesperanza.

Momentos antes de tomar un camino del que no habría de volver, escribió “A mediados de la década del ’70, comenzamos a organizar la Fundación. Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado. La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos. Como consecuencia, jamás dimos un sólo peso de retorno. Así, las obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto. ¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno! Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica. Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país. Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 18 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente). Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar”.

“Yo no puedo cambiar, prefiero desaparecer”.

Su muerte repercutió en todos los estratos sociales, pero sobre todo entre los colegas. Era un tiro al corazón de la medicina argentina, enferma, distorsionada, avergonzada de su pérdida de grandeza, debatiéndose por migajas.

La de Favaloro fue una advertencia clara sobre los peligros del ejercicio profesional en Argentina, pero nuestra medicina está sometida a feroces intereses que pronto diluyeron el movimiento surgido entre los colegas para reparar tanto daño. Casi 20 años más tarde, estas palabras escritas no han perdido sentido. Muy por el contrario, son de acuciante actualidad.

La medicina, por un lado, sigue estando en manos de sindicatos atomizados que multiplican el gasto administrativo, burocratizan la atención e imponen valores inferiores a los costos, con la consecuente baja de la calidad. La mayor parte de las Obras Sociales están quebradas o a punto de estarlo.

Por otro lado, la medicina argentina está sometida a intereses espurios, a codicias extremas, a presiones de grupos económicos cuya única aspiración es el rédito exagerado. Tanto se ha hablado de los “cuadernos” de la obra pública ¿nadie encontró los “cuadernitos” de la Salud?

Ya no es cuestión de hablar de honorarios dignos, sino de sobrevivir malamente.

La decisión del Dr. Favaloro no fue ajena a la degradación en la práctica del ejercicio de la profesión, con la pérdida de la calidad en la educación, con universidades que escupen cantidades industriales de médicos, muchos, muchísimos más de los que se pueden formar. Estos jóvenes ven frustrada su vocación no de entrada, cuando podrían buscar una alternativa, sino cuando han invertido diez años de su vida. ¿Por qué no podemos ser racionales los argentinos? Tenemos el índice más alto de médicos per cápita del mundo y seguimos formando más que solo encontrarán frustraciones, porque pocos valoran la calidad del profesional sino el parentesco, la filiación, el contacto... Las prestaciones no se las otorgarán al mejor, sino al hijo, al sobrino o al yerno del capanga de turno, cuando no se las lleva el que más puso para lograr los favores.

La medicina argentina, que supo estar entre las mejores del mundo, enaltecida por figuras como la de Favaloro y tantos otros que no quiero nombrar para no incurrir en olvidos, hoy es solo una mueca dolorosa, una triste sombra de glorias lejanas que se estremecen en convulsiones agónicas, como las que conmovieron a Favaloro en sus momentos finales.

¿Vamos a dejar que su sacrificio haya sido en vano? Todo hace pensar que estamos en ese camino.

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