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Quince películas con madres o padres nefastos

Los McAllister ya tienen todo planeado para pasar unas vacaciones increíbles en Paris. Nada mejor que pasar la Navidad en la ciudad de las luces. Y encima van todos: el tío ventajero, la cuñada, la manada completa de primos inadaptados; solo se les olvida un pequeño detalle... su hijo menor de 10 años, el único que vale un poco la pena, Kevin. Piensen si lo siguiente no es una situación traumática que requeriría años de terapia para sobrellevar: tu propia familia se olvida de vos, se va de vacaciones a otro país (y en una época en la que no había celulares) y encima tenés que repeler por tus propios medios a dos ladrones que quieren entrar a tu casa para desvalijarla… Si este chico de grande no encierra a sus padres en el geriátrico más barato y mugroso que exista, es un santo.

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Mercenario (Mercenaire, 2016, Sacha Wolff)

Soane es un joven grande como pichón de mamut y vive en Nueva Caledonia. El rugby es su pasión y cable a tierra. Es por eso que cuando tiene la chance de irse a Francia a probar suerte en este deporte no lo duda, tiene que irse. Es la oportunidad perfecta para alejarse de un padre extremadamente violento que los agrede física y psicológicamente a él y a su hermano menor. Tan es así que al enterarse de esta decisión, este energúmeno echa a su hijo de la casa a escopetazos tildándolo de traidor y egoísta (?). Al pibe no le queda más remedio que partir con lo que lleva puesto, un par de ojotas y un bolsito, al aeropuerto con la ilusión de cambiar su suerte y poder llevarse a su hermano con él cuando triunfe como rugbier en el viejo continente.

Si bien el rugby todavía no estaba tan manchado por el dinero, Soane sufre las mil y una con representantes estafadores, dirigentes inescrupulosos, compañeros de equipo soretes y entrenadores todavía peores. A pesar de todo esto, el personaje del padre sigue siendo a las claras el peor ser humano de todo el film, que no es poca cosa.

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El Clan (2015, Pablo Trapero)

Arquímedes Puccio lideró en los años ochenta una banda de delincuentes que secuestraba personas, las mataba y cobraba los rescates a sus familiares haciéndoles creer que todavía se encontraban con vida. Como si esto no fuera lo suficientemente retorcido, uno de los integrantes de la banda era su propio hijo, Alejandro. Este joven rugbier, quien llegó a vestir la camiseta de Los Pumas en algún partido, solía proveerle algunas de las víctimas de sus secuestros. Como se movía en un círculo de gente adinerada que le tenía confianza, Alejandro era la pieza perfecta para allanarle el camino a su padre e indicarle su próxima presa, total ¿Quién sospecharía de él?

A lo largo de la película sobresale la relación de amor/odio entre padre e hijo. Alejandro se sentía manipulado por su padre, condenado a obedecer sus órdenes (pobrecito él, solo trataba de ser un buen hijo).

Si pudiéramos dar premios al caradurismo en esta película, el tercer y segundo lugar se lo llevarían Alejandro y Arquímedes, que siempre se declararon inocentes de todos las acusaciones inclusive teniendo todas las pruebas en contra. Pero el primer premio, por lejos, se lo lleva Epifanía, la mujer de Arquímedes, quien siempre sostuvo que nunca tuvo idea de las fechorías de su marido, a pesar de tener gente secuestrada en el sótano de su propia casa, gritando y llorando. Y como si esto no fuera poco, cocinaba todos los días un platito extra a pedido de su marido, que se lo llevaba vaya uno a saber por qué, ¿no?. En fin...

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El amor y la furia (Once were Warriors, 1994, Lee Tamahori)

Jake y Beth son un matrimonio maorí con 5 hijos. De un día para el otro, él pierde su trabajo y se hunde más y más en el alcohol. Cuando toma, y siempre está tomando, se transforma en un hombre violento que se desquita con todo lo que está a su alcance, y quien siempre está a su alcance es su mujer. Además de este problema, Jake tampoco tiene muy bien ordenadas sus prioridades: aun sin tener qué darle de comer a sus hijos, se la pasa invitando amigotes a su casa y gasta hasta lo que no tiene armando festicholas hasta altas horas de la noche. Esa personalidad agresiva y su poco interés por cuidar a su familia hace que sus hijos se alejen más y más de él. Sus hijos mayores buscan contención en la calle; se involucran con pandillas y se meten en problemas. Y su hija mayor termina siendo víctima del entorno nocivo que Jake llevó a su propia casa: termina violada por uno de los parásitos (para colmo, su padrino) en una de las reuniones habituales que Jake organizaba. La pobre nena no puede lidiar con lo que pasó y termina quitándose la vida.

Su mujer Beth toma coraje y decide abandonarlo. Sus hijos no quieren saber nada más con él. Lo único “reconfortante” de esta película tan dramática es la hermosa paliza que le da Jake al violador de su hija cuando se entera lo que pasó, quizás la mejor paliza de la historia del cine.

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Matilda (1996, Danny DeVito )

Matilda es la excepción a esa regla que inmortalizó el Pipo Gorosito en su frase: “padre boludo, hijo boludo”. Es una nena super inteligente, dulce, creativa e incluso con la capacidad de mover cosas con la mente (telequinesis, que le dicen). En cambio, su familia es un puñado de humanos de la peor calaña. Su padre es un vendedor de autos usados chanta, su madre una hueca sin ninguna habilidad especial salvo desvalorizar a su hija cada vez que puede y su hermano es un bully insoportable que lo más probable es que de adulto termine muerto prematuramente, preso o abogado. Contra todas las probabilidades, Matilda se mantiene ajena a su deplorable entorno familiar y desarrolla una personalidad digna de una hija que cualquiera quisiera tener, demostrando que, pese a que el contexto en el que nos criamos, siempre es posible (con lucidez y mucha fuerza de voluntad) construir nuestro propio camino y ser dueños de nuestro propio destino.

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Martes 13 (Friday 13th, 1980, Sean S. Cunningham)

El credo popular poco instruido en el cine de terror cree que Jason Vorhees es el asesino despiadado e inagotable de la saga de películas “Martes 13”, pero quien se ha tomado la molestia de profundizarse un poco más en esta entrañable franquicia sabrá que el origen de todos los males y la verdadera máquina de matar no es el gigantón con la máscara de hockey (que en realidad comienza a usar en la tercera película de la serie) sino su madre. Este film nos muestra a un pequeño, deforme y débil Jason que “muere” ahogado en un campamento de verano por negligencia de los supervisores del lugar, adolescentes libidinosos que francamente lo que menos les interesaba era cuidar a los niños que tenían a cargo. Mal para ellos, se les ahogó el que menos se les tenía que ahogar. Tras la tragedia, la sobreprotectora madre tiene sed de sangre y no va a descansar hasta matar al último coordinadorcito idiota que haya estado en ese campamento. Ya todos más o menos sabemos cómo termina la historia: la madre se carga unos cuantos pero la terminan matando y en el resto de las películas (ya se perdió la cuenta de cuántas son) Jason vuelve una y otra vez de la muerte para continuar con el trabajo de su progenitora para hacerla sentir orgullosa.

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Carrie (1976, Brian De Palma)

Carrie es una adolescente a la que no le dan respiro. En el colegio vive atormentada por la mayoría de sus compañeros que la consideran un bicho raro y cuando vuelve a su casa la espera una madre ultrafanática religiosa que la sobreprotege al mango. No la deja relacionarse con nadie y se postula como la única persona a la que Carrie debe amar y acompañar siempre. Como podría imaginarse, la pobre Carrie de a poco va transformándose en una olla a presión. En su fiesta de graduación, luego de rebelarse contra su madre que no quería dejarla ir, sufre una broma pesada de lo más horrible que sirve como la última gota que rebalsa el vaso. ¿Saca un rifle y empieza a bajar muñecos como lo haría cualquier adolescente perturbado yanqui promedio? ¡No, Carrie es especial! Carrie posee poderes telequinéticos que ni ella misma conoce bien, y esa noche le sirven para encerrar a todos en el salón de la fiesta y prender fuego todo, así de fácil y así de efectivo. Para no quedarse con nada en el tintero, después vuelve a su casa para terminar con la chupacirios codependiente de su madre de una vez por todas.

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Perfecto asesino (Léon, 1994, Luc Besson)

La película arranca con un matrimonio de una prostituta y un traficante de drogas de pacotilla con 3 hijos a los que mucha bola que digamos, no les dan. Llevar este tipo de vida no suele ser gratis, así es que cuando este traficante tiene algunos problemas con peces muchos más gordos que él, estos deciden limar estas asperezas eliminándolo a él y a toda su familia. Milagrosamente, Mathilda (la hermana del medio, de 12 años) logra escapar y encuentra refugio en la casa de su vecino, León, un asesino a sueldo que la cuida y, de a poco, le enseña acerca del oficio. Es así como Mathilda encuentra en su nuevo protector una figura paternal mucho más valiosa de la que tenía antes, aun siendo un tipo que se gana la vida matando gente por encargo (quien haya visto a película y piense en un tipo de relación “más morbosa” entre ambos personajes, le informo que tiene la cabeza muy podrida).

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Cuidado, bebé suelto (Baby´s day out, 1994, Patrick Read Johnson)

En esta película, que debe ser la que más veces ha sido emitida en la historia de la televisión argentina, un matrimonio de ricachones se deja engañar por tres criminales que se hacen pasar por fotógrafos que van a su mansión a retratar a su adorable bebé. En realidad, lo que quieren es secuestrarlo pero son tan inútiles que el bebé se les escapa y vive un millón de peripecias gateando por toda la ciudad, arriesgando su vida a cada segundo (pasea por la cornisa de rascacielos, en medio de la calle, inclusive dentro de jaulas de animales en el zoo, etc.). Estos tres chiflados se la pasan toda la película tratando de agarrar al escurridizo bebé… ¿y los papás del infante? En babia. Nunca se enteran de que anda suelto a la buena de Dios. Nunca se avivaron de que los tres secuestradores más inútiles de la historia del cine querían robarse a su hijo. Se supone que si esto pasara en la vida real podrían tranquilamente terminar presos por pésimos padres.

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Colmillo (Kynodontas, 1994 Yorgos Lanthimos)

Un matrimonio tiene dos hijas y un hijo (todos de más de veinte) que viven encerrados las 24 horas en su casa. La locura de todo esto es que ninguno de los tres ha salido NUNCA de su casa, que es todo lo que conocen. Creen que el mundo literalmente termina en la pared del fondo de su jardín. Su padre sale todos los días a laburar, su madre irá hacer algún mandado, pero ellos tres no pueden salir. Los efectos de esta “educación” saltan a la vista: son preescolares en cuerpos de adulto, a quienes se les ha triturado la curiosidad, solo por el hecho de evitar que salgan al hostil y cruel mundo. Y vos que pensabas que tu mamá era sobreprotectora por no dejarte ir a ver esa banda de punk cuando eras adolescente...

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Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence, 2001, Steven Spielberg)

En un futuro no tan lejano, somos capaces de construir androides tan bien hechos que es prácticamente imposible diferenciarlos de nosotros. Tanto es así que un matrimonio, cuyo hijo está en estado de coma, decide comprar uno como para llenar el vacío, ¿viste?. El pequeño robot es adorable y comienza a crear un lazo estrecho con sus nuevos papis, especialmente con la mamá, pero para su desgracia el hijo del matrimonio milagrosamente sale del coma, se recupera de su enfermedad y vuelve a su casa. Acá se complica todo. El pequeño robot empieza a sobrar en esa familia. Toda la atención antes puesta en él ahora está enfocada en su vástago de carne y hueso (que encima es un perfecto imbécil). La situación se agrava cuando en un hecho confuso nuestro protagonista sin quererlo casi mata accidentalmente a su hermanito humano. Aquí los adultos deciden tomar una drástica pero necesaria decisión (para ellos): abandonar al niño androide en medio de la nada y dejarlo a su suerte, algo que no debería hacérsele ni a un perro viejo.

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Precious (2009, Lee Daniels)

Precious es una joven muy obesa que vive a los tumbos, tratando de terminar el colegio secundario, mantener su casa, criar como puede a su hijita discapacitada, y salir adelante pese a sus bajos recursos y su grave estado de salud. Sin embargo, el problema más grande que tiene es su madre. Este ser vive enquistado en su casa, maltratándolas, denigrándolas y obligando a Precious a recibir su plan social en vez de alentarla a continuar con sus estudios y conseguir un trabajo. Como frutilla del postre, la tristísima realidad es que la hijita de Precious fue fruto de una violación de su ya finado padre, que bien muerto está. O sea que sería su papá y abuelo al mismo tiempo, así de enferma es la cosa. La mamá de Precious nunca pudo soportar el engaño de su marido y es a partir de esto que le hace la vida imposible a su hija, culpándola de lo sucedido y haciéndola también responsable de su vida miserable. Un personaje divino, de esos a los que a uno le encantaría pisar con el auto.

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Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959, François Truffaut)

Antoine Dionel es un adolescente q sufre la falta de atención de su madre y su padrastro (el chico fue el resultado de una relación casual anterior de su mamá). Todos los días vuelve del colegio a su casa para escuchar las mismas discusiones familiares por no llegar a fin de mes. La relación entre los tres pendula entre lo tormentoso y la apatía, y la casa, del tamaño de una caja de zapatos, tampoco ayuda (él ni siquiera tiene un cuarto, duerme en la cocina). Estos problemas hacen de Antoine un chico cada vez más despreocupado y más ávido de malas juntas y aventuras. Es así como comienza a ratearse del colegio para vaguear, mentir y delinquir en la calle con sus nuevas amistades. En una de las tantas que se manda (roba una máquina de escribir y trata venderla) es descubierto y el padrastro decide que no tiene que hacerse cargo de esa situación y directamente lo entrega a la policía. Un fenómeno el tipo: tomá, arreglá esto vos, yo me saco de encima este problema. Es así como lo llevan a un instituto de menores. El nene la pasa mal, no aprende nada, pero logra escaparse. Termina yéndose al mar, comienza a caminar por la playa mirando al horizonte, como pensando ¿y ahora qué?. Y fin, ahí termina la película. Y sí, es una francesa de los cincuenta: personajes tediosos, parsimoniosos y con crisis existenciales. Y en este caso, padres haraganes. Si querían un final con explosiones miren una de Michael Bay.

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Vuelo a la libertad (Radio Flyer, 1992, Richard Donner)

Luego de que su padre los abandonara de muy pequeños, Mike y su hermanito menor Bobby se mudan para comenzar una nueva vida junto a su madre y su nuevo novio. Lamentablemente los chicos no la van a tener nada fácil. Resulta que a este neanderthal que ahora duerme con mamá se le da por emborracharse y violentarse con Bobby, secreto que deciden conservar entre los hermanos para no angustiar a su no muy despierta progenitora. Sin embargo, tampoco es que van a quedarse de brazos cruzados. Dándose cuenta que ningún adulto cercano va a protegerlos de su tormento diario, los imaginativos hermanos construyen una pequeña avioneta con su carrito de juguete y todo lo que encuentren a su alcance para hacer que Bobby escape del manolarga de su padrastro. Es así que el niño logra volar y lograr su cometido. A partir de esto, la mamá decide divorciarse de “El Rey” (así es como a este tipo le gustaba que lo llamaran) al darse cuenta (tarde, muy tarde) de la basura que era. Los hermanos nunca más vuelven a verse, pero Bobby siempre se las ingenia para hacerle llegar a su querido hermano Mike una postal de donde quiera que esté. Una madre que no se da cuenta que abusan de su hijo bajo sus propias narices...

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El príncipe de las mareas (The prince of tides, 1991, Barbra Streisand)

Tom Wingo es un profesor de literatura y entrenador de fútbol americano viviendo una vida simple y algo monótona cuando recibe un llamado urgente. Se trata de la psiquiatra de su hermana Sally que le informa que ella está en un estado depresivo muy grande y trató de suicidarse. Es por esto que la doctora, como medida drástica, decide recurrir a él para ayudar a entender mejor a su paciente, conocer algo más de su historia y sus años de infancia ya que Sally es muy reticente a revelar anécdotas de su pasado. Nuestro protagonista acepta un poco a regañadientes, y termina escarbando en un pasado muy triste y dramático que hasta él mismo había borrado de su mente: cuando eran niños vivieron en una casa donde soportaron una relación muy tormentosa de sus padres, y como si esto fuera poco, Tom desentierra un hecho traumático que la pareja de hermanos tuvo que afrontar: una noche, cuando ellos eran aun niños, tres delincuentes entraron a su casa y los violaron a ambos y a su madre. El ataque fue repelido por su ahora difunto hermano mayor que mató a los malvivientes a escopetazos cuando ya era demasiado tarde. Increíblemente, la decisión que en su momento tomó la familia fue la peor de todas: deshacerse de los cuerpos y seguir con sus vidas como si nada hubiera pasado. Está más que claro que todos los problemas de su hermana y los suyos propios habían tenido raíces a partir de ese horrible incidente. Nada como una pareja de padres de cuarta como para hacer de una situación extremadamente espantosa, una mucho peor.

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