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Quemando al Führer

Otto Günsche era un oficial de la SS y estrecho colaborador de Hitler, a quien le correspondió la tarea de incinerar los restos del jerarca nazi, para evitar que cayeran en manos de los soviéticos.

Nacido en 1917 fue, desde los 16 años, miembro de la juventud nazi y desde 1936 asistente del canciller, responsable de la comida que ingería el Führer (un estricto vegetariano). Junto a Fritz Darges era el más cercano colaborador del dirigente alemán, organizando los viajes del jerarca, preparando los vehículos, y dando instrucciones de cómo y dónde debían estar los demás miembros de la comitiva.

Durante la guerra se unió a la Waffen-SS y combatió en Francia y en Rusia. En 1943 Hitler lo volvió a convocar a su lado. El 20 de julio de 1944 estuvo presente durante el atentado de von Stauffenberg. Günsche sufrió un trauma auditivo por la explosión.

En enero de 1945, cuando las tropas soviéticas se acercaban a Berlín, Günsche fue a vivir al bunker a fin de atender las necesidades de su jefe, cuya salud se había resentido con el agravamiento de los temblores en la mitad de su cuerpo. Todo el mundo que había conocido al impetuoso líder, estaba sorprendido por su estado. Solo funcionaba por las inyecciones de polivitamínicos y anfetaminas que recibía a diario.

La situación empeoró en abril. El 22 se despidió de dos de sus secretarias, temeroso por lo que podría acontecer si caían en manos de los rusos. Para fines de abril, el ejército rojo estaba a 300 metros del bunker.

Mucho se ha dicho sobre las horas finales de Hitler. Una de las versiones más difundidas es que se despidió de Hans Baur, su piloto personal. A él le dijo que no se fiaba de sus generales y que no pensaba huir. “Tengo miedo que los rusos nos arrojen gas… no quiero imaginarme qué pasaría si me capturan vivo”.

Antes de irse le dijo “debes responsabilizarte que mi cadáver y el de mi esposa sean quemados, para que no hagan lo mismo que con Mussolini”. Como gesto de agradecimiento le regaló un retrato de Federico II el Grande que Hitler siempre llevaba en sus viajes (al final, Baur nunca lo retiró y pasó 10 años en una prisión soviética). Las últimas palabras que Baur escuchó del Führer fueron “en mi tumba deberían poner 'fue víctima de sus generales'”. Sin embargo, su secretaria Traudl Junge no recuerda que estas hayan sido sus palabras finales.

Su último escrito, conocido como su testamento, fue difundido meses más tarde por el Los Angeles Times. Allí Hitler declaraba que no había querido ir a la guerra y responsabilizaba a Göring y Himmler por esta decisión, que había arrasado con millones de vidas. El documento fijaba a Dönitz como su sucesor. También legaba su colección de arte al Estado Alemán. Nadie da fe de que este escrito haya sido escrito por Hitler, lo mas probable es que haya sido Goebbels quien lo redactara siguiendo sus instrucciones. El texto fue mecanografiar por Traudl Junge.

Günsche quedó vigilando la puerta del cuarto donde Hitler y Braun se habían encerrado para llevar adelante el final de esta tragedia.

El disparo sonó a las 15 horas. Günsche y Linge entraron para constatar la muerte. Fue entonces que Günsche le pidió 200 litros de nafta a Erich Kempka, el chofer del canciller. No había disponibilidad de esa cantidad de combustible. Entonces buscaron dentro de los vehículos cuanto podían encontrar. Cuando Kempka llegó con el pedido, se enteró por boca de Günsche: “El jefe ha muerto”.

Dos soldados de la SS se encargaron de conducir los cadáveres envueltos en frazadas a un jardín cercano. Al tratar de prenderles fuego, después de rociarlos con gasolina, tuvieron dificultad de quemarlos por el viento. Bormann llegó con papeles para encender la pira mortuoria. Dicen que Günsche levantó el brazo para el último saludo nazi. Después volvió al bunker donde se encontró con Traudl Junge. “He cumplido con las órdenes… su cuerpo se ha quemado”.

En realidad, no había terminado de arder… Günsche fue capturado por los soviéticos el 2 de mayo e interrogado por los oficiales rusos quienes, siguiendo la orden de Stalin, debían saber qué había pasado con el cuerpo de su enemigo. Temían que Hitler se hubiese escapado…

Por esta razón Günsch, Linge, Kempka y Misch fueron interrogados una y otra vez a lo largo de los 11 años que permanecieron en prisión.

Günsch fue liberado en 1956. Retornó a Alemania, donde volvió a contar, una y otra vez, que él había quemado el cuerpo de Hitler.

Murió el 2 de octubre del año 2003.

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