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Quebracho Herrado, el principio del fin

El general Lavalle no se había atrevido a tomar Buenos Aires. Pensaba que sería recibido como un salvador pero al llegar a los campos de Navarro debió enfrentarse a la cierta posibilidad de la derrota y al fantasma del coronel Dorrego. De allí en más Lavalle comenzó un largo y curioso derroteo que le ganó el apodo de "sable sin cabeza", nombre endilgado por los mismos unitarios que veían diluirse sus esperanzas de derrotar a Rosas, definitivamente perdidas después del desastre de Quebracho Herrado.

Al mediodía las dos líneas se enfrentaron bajo el sol de noviembre. Por un rato nada se escuchó en el desierto. Quince mil hombres se disponían a matar o morir y todo era silencio. El general bien sabía que no tenía como sostener una larga batalla y que su única oportunidad era arrollar al ala izquierda en la primera atropellada, sobre todo cuando vio que Oribe disponía sus tropas en una línea oblicua. El oriental daba ventajas por su falta de idoneidad. Visto el error, el general conferenció con el coronel Vega para ultimar los detalles.

Lavalle lucía un sombrero panamá, con ala levantada al frente y blandía en su diestra el inflatable latiguillo brasilero. En cambio, Niceto Vega vestía uniforme de parada y sus anteojos con aros de oro. Después de cruzar unas palabras, el general montó su tordillo de pelea y trotó solo hasta el puesto de mando. Entonces Vega desenvainó su sable. Un ruido de metal hizo vibrar la tarde, a la vez que mil espadas brillaron al sol. Parándose sobre los estribos, Vega gritó a todo pulmón: “¡Muera la tiranía! ¡Libertad, constitución o muerte! ¡A degüello!”, y la tarde retumbó bajo el peso de las cabalgaduras que despilfarraron su último aliento.

Antes del choque feroz, nuestros hombres vivaron largamente al general Lavalle.

La tropa de Lagos aguantó a pie firme la atropellada. Dispararon sus carabinas pero no fue suficiente para contener el avance. Volvieron cara y fueron perseguidos por la Legión de Vega. Yo esperé unos minutos antes de iniciar el ataque. Dos veces se acercó uno de los edecanes de Lavalle para repetir la orden de avanzar, pero quería conocer la suerte de Vega antes de atacar. Minutos más tarde, cargué contra el regimiento de Pacheco. Por un instante los federales sostuvieron sus posiciones pero enseguida cedieron ante la arremetida.

Golpeados por nuestro entusiasmo, el ejército de Manuel Oribe se desbandó. Creímos entonces que la batalla era nuestra. Lagos y Pacheco huían ante nuestros ojos.

El general pensó en la envidia que el cadete Pacheco le tenía al alférez Lavalle desde que eran unos mocositos engreídos. “Sí, Ángel, te he vuelto a vencer”, se habrá dicho para sus adentros.

No siempre los enfrentamientos habían sido marciales, más de una vez se habían confrontado por los favores de una señorita. En ese otro terreno, Juan había salido favorecido más de una vez ante la desolación de Pacheco. El general pensó que su estrella, su buena estrella había vuelto para quedarse. El rostro se le iluminó con una sonrisa. Fue entonces cuando Iriarte se le acercó para arruinar su ilusión.

–General, debemos atacar ya.

Lavalle se volteó furioso, Iriarte lo sacaba de su sueño.

–Para que sepa, yo no soy uno de esos generales teóricos a los que a usted tanto le gusta citar, dijo en voz alta, notablemente alterado.

Iriarte, turbado, solo atinó a susurrar:

–Yo decía rodear la infantería.

Lavalle dio vuelta el rostro una vez más, sus ojos tenían ese brillo de bestia asesina.

–General, yo sé qué es lo que debo hacer.

Iriarte bajó la cabeza y guardó silencio.

En ese preciso instante, como si los astros se hubiesen alineado en su contra, cambió la suerte de la batalla. Una conmoción se percibió en el campo. Los caballos extenuados se negaron a continuar. La carga perdió empuje, la fuerza los abandonaba. En un minuto, en ese minuto fatídico, las esperanzas se quebraron y la voluntad no fue suficiente para frenar la misteriosa trama del destino.

Pasó lo que sabíamos que tarde o temprano iba a acontecer. Los caballos, extenuados, no pudieron continuar: Los pingos no daban más. Muchos hombres se volvían, incluso de a pie, hacia las carretas.

“¡La artillería! ¡¿Dónde está la artillería?!” clamó el general Lavalle, apenas ocultando su turbación. Hasta entonces solo unas pocas salvas se habían escuchado.

Mandó a uno de sus edecanes en busca del teniente coronel Mantenla para saber por qué no disparaba sus cañones. La respuesta fue desalentadora: no habían podido encontrar las municiones extraviadas en el pandemonio de carretas y carretones. El general puteó largo y fiero.

Pacheco y Lagos, viendo a la Legión desfallecer, retornaron al campo de batalla. Entonces miles de nuestros hombres que apenas minutos antes cargaban temerarios, al quedarse sin cabalgadura, buscaron la seguridad de la retaguardia.

–Hay que reagrupar la tropa, ¡Ahora! —dijo Iriarte suavemente.

–Haga… hágalo ya mismo —le contestó Lavalle, consternado por este brusco cambio de la fortuna.

Con diez hombres, Iriarte cabalgó hacia las carretas.

Cientos de soldados le salían al paso. Apenas podían andar. “Me quedé sin pingo general”… “Reventé a mi caballo, general”... “Me he quedado de a pie, general.” Iriarte los veía arrastrarse, la cara surcada de polvo, los ojos

escondiendo la vergüenza. “No soy un cobarde general.” “No es lo que usted piensa, general”, le decían a su paso.

Entre las carretas todo era caos. Los hombres del ejército habían vuelto a defender a sus mujeres, a sus familias. Todos gritaban, daban órdenes sin sentido. Las mujeres lloraban aterradas. El infierno se había abierto en la tierra.

Iriarte y los suyos trataron de poner orden, y lograron enviar a unos doscientos hombres a la línea de combate. Pero cada vez más jinetes volvían de la fallida arremetida.

Para poner fin al asunto, los federales lanzaron su reserva, que al galope sableó a todos los que aún oponían resistencia. Lavalle, desesperado por las circunstancias, reaccionó como un león: en lugar de ordenar replegarse y facilitar la retirada, volvió a cargar contra el enemigo que se avecinaba. El coronel Vega le salió al cruce.

–Mi General —dijo, sosteniéndole el brazo—, por la patria, a nombre del Ejército Libertador le pido, le suplico que galope, que se salve, porque los enemigos corren ya por nuestras filas.

Y entonces el león de mil batallas, aquel que sostuvo a Sucre del cuello por solo poner en duda su coraje, el que le alzó la voz al mismísimo Bolívar, el héroe de Pichincha e Ituzaingó, consideró que debía salvar su pellejo para volver a pelear otro día...

–Arroje usted esa canalla —fue lo último que Lavalle le pidió al coronel Vega. Éste al frente de cien hombres del escuadrón Mayo, cargó contra los federales para frenar su avance—. Al partir, Vega alcanzó a decirle:

–Si muero, no tendré el dolor de sobrevivir al triunfo de la iniquidad.

–Debemos llegar a Tío, allí estaremos a salvo —exclamó Lavalle espoleando a su tordillo.

El comandante Lacasa se aventuró hasta donde Díaz sostenía su infantería asediada por Pacheco. Sin apearse, Lacasa se inclinó hacia el coronel.

–Todo está perdido, Díaz. Hay que salvarse a todo trance.

El coronel Díaz lo miró por un instante sin comprender. Después contempló a sus hombres que seguían disparando rítmicamente, como autómatas. En ese instante recordó esos días de gloria: Chacabuco, Maipú, la entrada a Lima encabezando el desfile triunfal, sus hombres luciendo el uniforme de parada, las bayonetas cortando el firmamento con su brillo. La evocación duró un segundo, los estallidos de las descargas lo devolvieron a la realidad.

–Pues dígale al general que donde mueren sus hombres, muere su coronel —respondió Díaz. Lacasa le estrechó la diestra y exclamó: “Suerte, coronel”, luego desapareció entre el polvo y el humo de la batalla.

Iriarte encontró a Lavalle en su rápida retirada camino a las carretas. Lo rodeaba una marea humana que corría desesperadamente tras su jefe.

–General, por favor, dé las voces de mando para frenar este desbande —le suplicó Iriarte. Pero Lavalle nada podía hacer más que correr por su vida.

Nadie pensaba entonces en el coro de esa marcha guerrera que, en otros tiempos, había sido entonado con entusiasmo por los soldados de la Legión. “A la lid argentina, corramos. A la lid Argentina, volad.” En este momento las palabras sonaban a cruel ironía, cuando “los bravos hijos de Mayo” eran destrozados por “los esbirros del déspota inmundo”.

Al ver que el general huía, una masa desorientada pretendió seguirlo, imaginando que ese era el camino de la salvación. El carruaje del gobernador Rodríguez arrancó precipitadamente y tras él, cientos de hombres y mujeres se pusieron en marcha. Iriarte trataba de organizar la retirada y ordenó que se detuvieran, pero ya nadie lo escuchaba. El mundo se apuraba detrás del general que escapaba de su derrota.

A pesar del caos, los infantes del coronel Pedro Díaz continuaron disparando contra las tropas federales al mando de Jerónimo Costa. Cada tanto se producía un claro entre sus filas que era cubierto inmediatamente. Los hombres de Díaz se habían convertido en una aceitada máquina de matar. La caballería federal no se atrevía a acercarse, el fuego de la infantería era mortal. Hacía dos horas que se batían sin ceder un paso. Con la pechera abierta y la camisa bañada en sudor, Díaz repetía con voz atronadora “Fuego, fuego, fuego”.

De pronto, una bandera blanca se alzó sobre una lanza federal. Díaz dejó de batir su sable. El silencio que invadió la mañana fue perturbador. Un oficial sobre un alazán de pura sangre avanzó hacia el cuadro. El animal saltó la valla que los separaba y quedó quieto junto a Díaz. El oficial federal lucía las presillas de sargento mayor.

–Soy el comandante Lagos —se presentó— y nosotros sabemos reconocer a un valiente. Coronel, en caso de rendirse respetaremos su vida y la de sus hombres.

Díaz miró con curiosidad al oficial. Por fin conocía personalmente al famoso Lagos. Después miró la cara de sus hombres que contemplaban la escena sin dejar de apuntar. ¿Cuántos cartuchos le quedaban? No había mucho que discutir y nada para exigir. El coronel entregó su sable a Lagos y este lo alzó sobre su cabeza. Las tropas de Oribe levantaron sus lanzas y dispararon sus pistolas al aire en medio de una gran algarabía. Habían vencido la batalla de Quebracho Herrado.

Extracto del libro El desastre de San Calá de Omar López Mato.

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