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¿Qué será de mí?

En la tenebrosa iglesia colegiata de San Lorenzo en Salon-de-Provence, Francia, más precisamente a la izquierda de la capilla de Santa Marta, se lee sobre una lápida la advertencia que Michel de Nôtre-Dame redactara para la posteridad: “Aquí yacen los huesos del ilustre Michel Nostradamus, cuya pluma casi divina era, a juicio de los mortales, merecedora de escribir, bajo la inspiración de los astros, los acontecimientos futuros de todo el mundo. Que la posteridad no interrumpa su descanso”.

Todos recuerdan sus predicciones: el incendio de Londres, la terrible muerte de Enrique II en una justa, el breve reinado de Carlos IX y aun su propio fallecimiento (“cerca de una banca y una cama seré hallado muerto”). Lo que muchos desconocen es el extraño tránsito de su cadáver, previsto por el mismo Nostradamus en sus oráculos.

En 1770, con motivo del traslado de sus restos a una tumba más acorde al prestigio de este médico profeta, el sarcófago fue abierto. Con sorpresa, los presentes leyeron sobre una lámina de metal una inscripción que el mismo Nostradamus había ordenado colocar. Decía solamente: “1770”. Nostradamus había predicho la fecha de su exhumación.

No terminan aquí sus profecías, porque en sus Centurias declaró que, durante el “Advenimiento Común”, nombre con el que designó los desmanes realizados durante la Revolución francesa, su tumba sería profanada. Y así fue.

Una noche de 1791, varios guardias nacionales procedentes de Marsella, en estado de ebriedad, decidieron saquear la iglesia de San Lorenzo, entusiasmados al enterarse de que allí yacía un antiguo médico de los reyes de Francia. Rota la lápida y dispersos los huesos, se entretuvieron bebiendo vino del cráneo del profeta. Nadie les advirtió sobre la suerte que les esperaba o poco caso le hicieron. Al día siguiente, todos ellos murieron en una emboscada y sus cuerpos fueron mutilados y dejados a la vera del camino, donde yacieron insepultos.

Prontamente los habitantes de Salon-de-Provence se encargaron de recoger los restos de Nostradamus y de devolverlos a su tumba, donde esperan el fin de los tiempos, cuya fecha se esconde entre los mensajes crípticos que nos dejó, insinuados entre sus oscuros poemas.

Texto extraído del libro Trayectos Póstumos (Olmo Ediciones).

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