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Prostitución sagrada

El culto al dios Tamuz fue practicado por los pueblos semitas de Babilonia, Palestina y Siria ya desde el siglo VII a.C. Tamuz era equivalente a Osiris en Egipto, a Adonis en la mitología griega; era el joven esposo-amante de la diosa Istar (Astarté), la gran diosa madre, personificación de la energía reproductiva, equivalente semita a la Afrodita griega. Su mito y sus rituales tienen conexión con el mito de Adonis, el de un dios eternamente joven que simbolizaba la muerte y la renovación anual. Adonis, un dios hermoso, fue requirido por Afrodita, quien se enamoró de él. Tamuz era lo mismo pero del otro lado del charco, y su culto involucraba ritos silenciosos.

El mito de Adonis/Tamuz se celebraba con solemnidad en Biblos (Fenicia, hoy Líbano) y Pafos (hoy Chipre), dentro del culto a Astarté. Ciniras, padre de Adonis, fue rey en ambas ciudades. Allí, obligada por la tradición primitiva, toda mujer, rica o pobre, antes de casarse tenía que prostituirse ante extranjeros en el santuario de la diosa. Esta costumbre no estaba considerada una orgía lasciva sino un solemne deber religioso efectuado al servicio de la Gran Madre Diosa del Asia Menor. El templo de Milita, recinto sagrado, estaba repleto de mujeres que esperaban obedecer tal costumbre.

Este mito y ritual a una gran diosa madre que personifica las fuerzas reproductivas de la naturaleza se repite en muchos pueblos de Asia Menor. La unión real aunque momentánea de los sexos humanos en el santuario de la diosa estaba ligada al designio de asegurar la fertilidad de la tierra y la multiplicación del hombre, los animales y la vegetación.

Aparecieron variantes del ritual: en vez de extranjeros, las mujeres podían unirse a los sacerdotes para consumar el acto. Buscando observar las obligaciones religiosas sin sacrificar su castidad, las mujeres comenzaron a usar otros recursos: ofrecían su cabello en vez de su genitalidad y ejecutaban símbolos obscenos en vez de la cópula original. Sin embargo, se siguió considerando necesario “para el bienestar general” que cierto número de ellas cumpliera con el ritual a la vieja usanza.

Estas mujeres terminaban convirtiéndose en prostitutas por períodos de años, a veces de por vida. Se las investía de una personalidad sagrada y su actividad, lejos de considerarse infame, fue establecida como un ejercicio virtuoso; se les tenía reverencia y piedad ya que honraban a los dioses renunciando a las funciones naturales de su sexualidad y a las relaciones humanas más entrañables.

En Pafos, el mito dice que la prostitución ritual fue instituida por el mismo rey Ciniras (una especie de rey-dios) y ejercida por sus hijas, las hermanas de Adonis. De hecho, se decía que Ciniras había engendrado a su hijo Adonis en una unión incestuosa con su hija Mirra, lo que era, parece, bastante usual entre aquellos dioses. Con tanta mezcla de uniones, los santuarios de la gran diosa asiática donde se practicaba la prostitución sagrada estarían llenos de deidades humanas y de proles de reyes divinos con esposas, concubinas, hijas y prostitutas del templo.

La prostitución sagrada existía también en otros lugares. En la India, las mujeres danzantes consagradas al servicio de los templos tamiles recibían el nombre de “devadasi” (“servidora o esclava de los dioses”), pero en la vida cotidiana se las conocía simplemente como prostitutas. Todos los templos importantes de la India meridional poseían su legión de estas mujeres sagradas. Entre sus deberes se encontraban bailar en el templo dos veces al día, abanicar a los ídolos con colas de yak, sostener la llama sagrada, etc. Eran entrenadas para eso desde niñas, y cuando quedaban embarazadas hacían el voto de consagrar su fruto (si era niña), al servicio de Dios.

En Madrás, la hija mayor de cada familia era entregada al templo. Entre los kaikolans (una etnia del sur de la India) al menos una muchacha de cada familia debía ser entregada al templo, y en el ritual de iniciación era entregada a un brahmán (casta sacerdotal de la India), quien colocaba una espada al lado de la muchacha antes de copular con ella delante de todos los familiares e invitados de la familia.

En Mahratta (un imperio regional indio) a estas mujeres, a las que se las llamaba “murli”, se las consideraba poseídas por Dios; ellas se sacudían como tales, eran consultadas para predecir el futuro y se les daban regalos y donaciones. En Tulava (sur de la India), cualquier mujer de las castas superiores que estuviera harta de su esposo, que fuera viuda o que simplemente estuviera aburrida de permanecer célibe, podía ir al templo, comer el arroz ofrecido al ídolo, y quedarse a vivir dentro del templo o fuera de él (según su casta), ofreciendo sus servicios sexuales a los brahmanes.

En África occidental, en la región del golfo de Guinea, se reclutaban jóvenes para consagrarlas a los dioses. Recibían el nombre de “kosio” o “kosi”, que significa “estéril”, ya que la niña (de entre 9 y 12 años de edad) se entregaba a un dios, quedaba a su servicio y la familia la perdía para siempre. Las mujeres kosi permanecían instruyéndose en los recintos sagrados durante un par de años prostituyéndose sólo para los sacerdotes; después de su noviciado se transformaban en prostitutas públicas. No se veía en ello algo reprochable; se creía que esas jóvenes estaban “casadas con dios”; por tal razón, no podían casarse con ningún hombre.

En Dañhgbi existía una organización especial: las esposas, sacerdotisas y prostitutas del dios-pitón, el dios serpiente. Vivían juntas en un conglomerado de chozas o casas, su período de iniciación duraba tres años, y el requisito era estar “poseída por el dios”. Además de las novicias reclutadas, cualquier mujer casada o soltera, esclava o libre, con sólo fingir públicamente que estaba poseída y dar los alaridos convencionales reconocidos como indicadores de posesión divina, podía unirse al grupo y pasar a vivir en las casas de la orden. El dios-pitón se casaba con estas mujeres en secreto, en su templo, obteniendo de ellas su progenie, aunque eran los sacerdotes quienes consumaban en su nombre la unión sexual.

Algo parecido ocurría entre los akikuyos; en este caso eran los curanderos los que se unían a las mujeres en nombre del dios-pitón. Pero la diferencia es que en el caso de que no hubiera suficientes mujeres que acudieran voluntariamente, se atrapaba y llevaba a la fuerza a varias muchachas para mantener el ritual.

Mientras tanto, los hombres también tenían su formación: luego de un noviciado de tres años, cada candidato acudía a un santuario escoltado por los sacerdotes, se sentaba en un “banco del dios”, eran ungidos en su cabeza con una esencia mística y luego comenzaban a invocar al dios con salvajes alaridos; el joven se estremecía y sacudía violentamente, simulaba convulsionarse y danzaba frenéticamente durante más de una hora, lo que quería decir que el dios lo había poseído. Luego debía guardar silencio en un templo por siete días, luego de los cuales se le daba un nuevo nombre y era ordenado sacerdote, lo que ya lo habilitaba a los favores de las prostitutas sagradas.

Los tshi (hoy Ghana) tenían costumbres similares, aunque en este caso las mujeres danzaban en forma provocativa distintos ritmos (cada dios tenía su ritmo e himno propio) antes de aparearse con los sacerdotes o curanderos.

En todos los casos, las prostitutas sagradas vinculadas a los templos eran vistas como esposas de dios y sus actos y aún sus excesos eran justificados con el argumento de que estaban fuera de sí, ya que estaban poseídas por el dios.

Hay muchos más casos a lo ancho del mundo y a lo largo de la historia que muestran a los sacerdotes, curanderos, emisarios de dios, chamanes, brahmanes, mediums, magos, augures, cumpliendo su deber uniéndose a las mujeres consagradas.

Es lo que hay.

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