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Primo Levi y el deber de articular lo impronunciable

El 11 de abril de 1987, un hombre de 67 años cayó desde una escalera de un tercer piso en Italia y murió. Este evento aparentemente mundano, algo que podría haber sido un accidente, pero que casi con seguridad fue un suicidio, conmocionó a personas de todo el mundo que quedaron sumidas en la incomprensión. ¿No era acaso Primo Levi, el protagonista del hecho, ese hombre que había soportado las condiciones extremas del cautiverio y el trabajo forzado en Auschwitz y, aún en los momentos de mayor horror, había mantenido su humanidad y vivido para contarlo?

Primo Levi, escritor y químico, había llegado a este mundo de forma anónima y no había mayor razón para suponer que su nombre se volvería reconocido, sino fuera porque la tragedia se interpuso en su vida y tuvo que agregar la categoría “sobreviviente del Holocausto” a sus credenciales.

Años antes de que el mundo conociera su nombre, no era más que un muchacho italiano de una familia judía no practicante. Nacido en 1919, su infancia y su juventud transcurrieron en el contexto del gobierno fascista de Mussolini, llegando a participar, como era usual, en varias organizaciones del partido, pero en 1938 todo cambió. Italia, a tono con su alianza germana, adoptó las antisemitas “leyes raciales” e individuos como Levi de repente vieron sus libertades y derechos civiles sumamente limitados. Él particularmente fue víctima del escarnio, expulsado de varias instituciones y, aunque se lo dejó terminar sus estudios en química y graduarse en 1941, no pudo acceder a un trabajo digno, debiendo trabajar clandestinamente en una mina de asbesto.

Para septiembre de 1943 – momento en el que el norte de Italia fue invadido por las tropas alemanas luego de que el rey Vittorio Emmanuel III depusiera y aprisionara a Mussolini –, en algo que el mismo Levi llegó a reconocer como un acto de ingenuidad, se unió a una banda de jóvenes que pretendían ser partisanos. Con nula experiencia y total ineptitud se internaron en los Alpes con sueños de resistencia, pero fueron capturados por las milicias fascistas el 13 de diciembre.

Esa fecha, día fatídico que él recordaría toda su vida, Levi tomó la decisión de confesar a sus captores su estatus de judío, pensando que el tratamiento recibido sería menos severo que si se declaraba partisano. Inmediatamente fue separado y llevado al campo de internación en Fossoli, cerca de Módena, y de ahí Monowitz, uno de los campos de concentración más grandes dentro del complejo de Auschwitz, a donde llegó junto a cientos de prisioneros el 22 de febrero de 1944. Durante los siguientes once meses – gracias a su fuerza de voluntad, a su increíble capacidad de preservar su humanidad en medio del horror, y a la suerte que tuvo de poder pasar, en su calidad de químico, los últimos meses de invierno en la relativa comodidad de un laboratorio – Levi sobrevivió.

Tras la liberación de Auschwitz en enero de 1945, a la que siguió un largo e imposible peregrinaje similar al de miles de desplazados por Europa del Este, en octubre Levi llegó finalmente a su casa en Turín. Con las memorias del Lager todavía dolorosamente frescas, él se empecinó, quizás en vano, en lograr que la normalidad retornara a su vida. Conoció a quien sería su esposa, Lucia Morpurgo, y consiguió un trabajo como químico en una empresa fabricante de pintura, pero no podía escapar a los recuerdos que, según él, lo “quemaban por dentro”. Así fue que la catarsis se fue gestando lentamente y empezó hacer lo que nadie se animaba aún: contar sus historias a quien quisiera escucharlas. Charlas con extraños en trenes, anotaciones en papelitos, sesiones de medianoche a solas con la máquina de escribir en la oficina silenciosa, cualquier cosa le servía para ensayar su relato imposible.

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Primo Levi.
Primo Levi.

Para diciembre de 1946, el manuscrito de Si esto es un hombre estaba completo. Dolorosamente franco, casi como si Levi hubiera estado testificando en un juicio, él se disponía a presentar su experiencia en Auschwitz a un mundo que había ignorado o, más bien, que no había querido reconocer lo que allí pasaba. Sin embargo, las heridas todavía estaban demasiado frescas y la cultura del silencio reinaba aún a tal punto que fue difícil conseguir quien publicara el libro y sólo salió en octubre de 1947, con nulo impacto, gracias a los auspicios de un pequeño editor llamado Franco Antonicelli.

Así y todo, la historia finalmente terminaría dándole la razón a Levi. Tras años de inactividad literaria, en los que formó su familia y continuó trabajando como químico, en 1958 Si esto es un hombre fue reeditada por la importante casa Einaudi, que le dio una nueva vida al libro y posicionó a su autor como uno de los referentes de la literatura testimonial referida al Holocausto. De ahí en más Levi retomó la escritura con La tregua (1963), la historia de su retorno al hogar en 1945, y continuó su intensa actividad de difusión viajando por el mundo, yendo a donde lo convocaran y contando su experiencia en charlas y en nuevos libros. Experiencia que, más que el mero valor anecdótico, Levi veía como un elemento pedagógico de gran importancia en un mundo donde el fascismo, lejos de lo que la gran mayoría pensaba, todavía era una amenaza, en sus palabras, “porque lo sucedido puede volver a suceder”.

En paralelo, porque le dejaba poco tiempo, se fue retirando progresivamente del mundo de la ciencia e introduciéndose en el de la literatura. Si bien él aseguraba que “si no hubiera vivido la temporada de Auschwitz, es probable que nunca hubiera escrito nada”, su capacidad para la escritura superaba ampliamente la temática de su propia experiencia en los campos. Además de sus múltiples artículos para la columna que tenía en La Stampa, elaboró dos libros con cuentos de ciencia ficción bajo el pseudónimo Damiano Malabaila – Historias naturales (1966) y Defecto de forma (1971) –, escribió el famosísimo El sistema periódico (1975), una serie de cuentos que se relacionaban con los elementos de la tabla periódica, y las novelas La llave estrella (1978) y Si no ahora ¿Cuándo? (1984).

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Primo Levi.
Primo Levi.

Realmente parecía que Levi, con su inmensa compostura y su lucidez para mantener viva la memoria de los sufrimientos del pasado desde una posición de optimismo, era el símbolo de la perseverancia frente a la adversidad. Quizás por eso, desde estas lecturas, su muerte en 1987 no pudo ser entendida más que desde la negación. A contramano de sus biógrafos y allegados, que unánimemente aseguran que sufría depresiones constantes, se dijo (y aun hoy se dice) que simplemente no podía haberse suicidado o que, si lo hizo, era porque, como señaló Elie Wiesel, murió en Auschwitz cuarenta años después de abandonar el campo. En definitiva, nunca habrá forma de conocer lo que realmente pasó en esa escalera en Turín, pero no por eso el valor de Primo Levi se ve disminuido. Como él mismo sospechaba al final de su vida, en un mundo en el cual cada vez quedan menos sobrevivientes del Holocausto, sus libros cumplen la función de contar, de traernos su voz, y de evitar que esa pesadilla recurrente de tantos otros que se salvaron – esa escena en la que se imaginaban hablando con personas que no los escuchaba o los ignoraban – no se haga realidad.

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