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Pedro Goyena

Pedro Goyena fue el defensor de las prerrogativas de la Iglesia y opositor al progresismo finisecular que proponía el laicismo y la secularización. Fue presidente honorario de la Unión Cívica.

Pedro Goyena nació en Buenos Aires, el 24 de julio de 1843. Sus padres fueron don Pedro Regalado Goyena y doña Emilia del Río y Perdriel.

Hizo sus estudios primarios en la escuela particular de don Juan Andrés de la Peña. Luego continuó sus estudios en el Colegio de Ciencias Morales y Seminario Eclesiástico. Se graduó de doctor en jurisprudencia en 1869, y de abogado en 1872.

Ejerció la docencia desde muy joven, antes de recibirse fue profesor de filosofía en el Colegio Nacional, cátedra en la que sucedió al rector de aquel establecimiento, Amadeo Jacques. También dictaría esta materia desde 1870 en la Universidad, y en 1874, Derecho Romano reemplazando al doctor Vicente Fidel López hasta 1892.

Además de su actividad docente, fue diputado provincial desde 1865 a 1867; miembro de la Convención de la Provincia de Buenos Aires desde 1870 a 1873, que dictó la constitución de ese año. Diputado al Congreso de la Nación de 1873 a 1874, y senador a la Legislatura provincial de 1877 a 1878.

Renunció a su cargo por estar en desacuerdo con los proyectos del Partido Republicano en el que militaba. Volvió a ser diputado nacional desde 1880 a 1884, y desde 1886 a 1890, los dos períodos más notorios de su carrera pública.

Fue miembro del Consejo General de Educación de la provincia de Buenos Aires. Defensor de Pobres, Ausentes e Incapaces, director del Banco de la Provincia de Buenos Aires.

Avellaneda lo convocó para consejo en la Casa de Gobierno, el 16 de febrero de 1880, con motivo de la crisis que amenazaba al país, y le ofreció un ministerio en su gobierno, pero Goyena no lo aceptó.

En ese año, fueron nombrados el doctor Victorino de la Plaza y él para preparar los proyectos de Ley Orgánica de los Tribunales y del Código de Enjuiciamiento.

En vísperas de Pavón, hizo sus primeras armas como periodista en las publicaciones como “La espada de Lavalle”, de Juan Chassaing, luego pasó a formar parte del primer plantel de redactores de “La Nación Argentina”, fundada por José María Gutiérrez, que apoyaba la política presidencial de Mitre.

También escribió en “El Nacional”, y colaboró en “La Prensa”. Fundó y redactó el diario “La Unión”, de orientación netamente católica desde 1882 a 1888. Colaboraron en esta publicación Tristán Achával Rodríguez, Emilio Lamarca y José Manuel Estrada.

Pedro Goyena y el profesor José Manuel Estrada, se opusieron firmemente al progresismo finisecular que propiciaba imponer la escuela laica y el matrimonio civil. También dirigieron alternativamente la “Revista Argentina” (1868-72), una de las importantes publicaciones de la época, que fue avanzada de la generación del Ochenta.

Goyena hizo su mejor y más extenso ensayo, tomando por asunto los dos poemas juveniles de Ricardo Gutiérrez, La fibra salvaje (1860), y Lázaro (1869). Llevó a cabo la recopilación de las poesías de Juan María Gutiérrez en 1869, mientras era Rector de la Universidad de Buenos Aires; publicó el primer tomo de las Obras completas, de Esteban Echeverría, realizada por el mismo Gutiérrez, en 1870; comentó el primer libro lírico de Carlos Guido y Spano, Hojas al Viento, en 1871.

Eduardo Wilde realizó un comentario sarcástico sobre un artículo que Goyena publicó en “La Revista Argentina” sobre el tomo de Poesías, de Estanislao del Campo, con prólogo de José Mármol, en 1870, lo que motivó una aireada polémica en el ambiente literario, en la que también participó Aristóbulo del Valle, desde la citada revista, y Navarro Viola, desde la suya. Vale aclarar que Wilde era el defensor más ardiente de la Ley de Educación laica y fue el principal oponente en los debates del Congreso. Curiosamente, Wilde era el médico de la familia Goyena y había traído al mundo a varios hijos de Pedro Goyena.

También realizó ensayos sobre los trabajos de Adolfo Lamarque y Jorge Mitre. Además de ensayos históricos y políticos, como: Política Retrógrada; La Revolución de Mayo; La Cuestión Electoral; El Congreso de 1870, que retratan la época que vivió; Imprescriptibilidad de la Tierra Pública; Acciones Posesorias; El Santuario de Luján; Enseñanza Secundaria, Federalismo de Buenos Aires.

Solo le interesó la obra crítica de Larra de las letras españolas de su siglo. Goyena prefirió a los ingleses William Hazlitt y Macaulay, y los franceses Sainte-Beuve, Villemain y Taine, así como sus poetas preferidos fueron Byron, Lamartine y Musset. Todos ellos influyeron en su estilo, en el que dejaba llevar por consideraciones filosóficas, propias de su espíritu religioso.

Atraído por lo político, desde joven supo analizar tendencias y personas con criterio imparcial. Pero cuando sentía que atacaban su fe era temible.

La tribuna parlamentaria fue escenario en que Goyena enfrentó a sus contrarios con fundamentos históricos, apoyado en su razonamiento netamente religioso.

Como orador parlamentario dejó su impronta en la Legislatura, en la Convención Constituyente de la Provincia de Buenos Aires, y posteriormente en la Cámara de Diputados de la Nación, con discursos sobre la enseñanza religiosa en las escuelas, voto secreto en las elecciones; autonomía del Banco de la Provincia, Ley Orgánica de la Municipalidad de Buenos Aires, Estatua de Mazzini; pena de muerte; recursos de fuerza; intervención de Tucumán u Obras Sanitarias de la Nación.

El 6 y 11 de junio de 1883, declaró su posición sobre la libertad de enseñanza y enseñanza religiosa en las escuelas, y el 20 y 22 de octubre de 1888, contra la ley de Matrimonio Civil, donde argumentó que la razón de nuestra nacionalidad está fundamentada en los principios religiosos, y que pensar otra cosa, era entregar a la juventud a las corrientes más peligrosas e inmorales. La actuación que le cupo en ese memorable debate, hizo que la Asociación Católica de Córdoba ordenara labrar una placa de oro para el defensor del matrimonio religioso; el Arzobispo doctor Aneiros asistió al acto de su entrega en Buenos Aires.

Pedro Goyena pronunció un notable discurso para despedir los restos de Avellaneda, que motivó aplausos de los presentes en la necrópolis, dicho discurso fue valorado por León XIII, que lo hizo publicar en el “Osservatore Romano”.

El 13 de abril de 1889, ante el creciente utilitarismo, y la corrupción operante, alzó su voz, en el Jardín Florida, invitando al pueblo a apoyarse en un gran partido político para la defensa de sus derechos. Entonces surgió la “Unión Cívica”, de la que fue uno de sus presidentes honorarios.

Señaló la presencia del doctor Vicente F. López “resto venerable de la Asociación de Mayo”, y poniéndolo como ejemplo de virtud ciudadana, dijo: “saludad, jóvenes la austeridad del patriotismo”, y completando su pensamiento en medio del entusiasmo cívico, exclamó con acento vibrante: “Queremos la verdad del derecho”.

Murió el 17 de mayo de 1892 en su vieja casona, víctima de una neumonía infecciosa, atendido por los doctores Güemes, Ayerza, Naón, La Rosa y Pillguin. Fue velado en la Catedral por disposición del Arzobispo doctor Aneiros.

El día del sepelio, le dedicó unas sentidas palabras el Presidente de la República, doctor Carlos Pellegrini, para el que fuera “una de las más brillantes y altas manifestaciones de la intelectualidad argentina, uno de los caracteres más sanos y más nobles, una de las vidas más honestas y más puras”.

También hizo uso de la palabra, el doctor Aristóbulo del Valle, y lo mismo hicieron los doctores Leopoldo Basavilbaso, en nombre de la Universidad, Jancito R. Ríos y Apolinario Casabal. Todos ellos exaltaron su influencia entre sus contemporáneos.

Con doña Eduarda Gari, y fueron los padres de once hijos.

Una calle de nuestra ciudad lleva su nombre.

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