PersonajesÁngel Pacheco | Argentina

Pacheco

Soldado de San Martin, héroe en Ituzaingó peleó con el indio y fue leal seguidor de la voluntad de Rosas a punto tal de ceder el mando del ejército que perseguía a Lavalle a Manuel Oribe, ex presidente oriental. Fue dueño de una gran fortuna que heredó su nieto Marcelo T. de Alvear y dispuso para su notable carrera política que lo condujo a la presidencia y dirigir los destinos del Partido Radical a la muerte de Irigoyen.

Ángel Pacheco nació en Buenos Aires el 17 de julio de 1795. Era hijo de don José Pacheco y Gómez Negrete y de doña María Teresa Gutiérrez de la Concha.

Recibió esmerada educación, y tras cursar filosofía en el colegio de San Carlos, se incorporó como cadete al Regimiento de Milicias Patricios de Buenos Aires antes de cumplir 16 años.

Al crearse el Regimiento de Granaderos a Caballero se alistó al mismo. Se inició a la carrera de las armas en el Combate de San Lorenzo, donde fue ascendido a alférez, el 26 de febrero de 1813. Después de esta acción, estuvo en el Rincón de Zárate, y con un piquete de milicianos rechazó el desembarco realista.

Con los escuadrones de Granaderos a Caballo marchó en el Ejército del Norte.

A las órdenes de Dorrego participó en las guerrillas de Salta, que con una división cubría la retirada del ejército derrotado en Vilcapugio y Ayohuma.

En las acciones de Cuesta Nueva y Mojo su valor se manifestó nuevamente como en el Puesto del Marqués, en 1815, bajo el mando del general Fernández de la Cruz.

Ya ascendido a ayudante mayor, participó en Venta y Media, a las órdenes del brigadier Martín Rodríguez, y en Sipe-Sipe, página negra de nuestra historia. En esta última batalla, Pacheco recibió una herida de bala en un brazo, peor pocos días después, desfalleciente, intervino en el combate de Altos de San Lorenzo. Sin ayuda alguna siguió la retirada de los escuadrones hasta Lules, en Tucumán, y desde allí a La Rioja.

Se había fracasado definitivamente en el empeño de llevar la guerra al realista por el norte. Marchó entonces a Mendoza para incorporarse a las fuerzas que organizaba el general San Martín, interesado en emprender la campaña libertadora a Chile.

Iniciado el pasaje de la Cordillera, formó parte de la escolta de San Martín, la que estaba dirigida por el comandante Mariano Necochea.

En la acción de Las Coimas, intervino exitosamente mandando la derecha de la fuerza de Necochea, y su escuadrón obtuvo el triunfo contra una fracción realista sin disparar un tiro, mediante una carga furiosa lanzada “al toque de degüello de los clarines”, como dice Mitre al describir el combate. San Martín, en su parte al gobierno, recomendó especialmente la intrepidez de Necochea y sus hombres, entre los que se hallaba Pacheco.

En Chacabuco se destacó con tanta distinción, que fue citado en el parte de batalla, y para premiarlo el general vencedor lo mandó a Buenos Aires conduciendo la bandera del Regimiento de Talavera y el Estandarte de los Dragones de Chile, con otros trofeos de aquellos famosos cuerpos derrotados en esa jornada, que fueron entregados al Director Supremo Pueyrredón.

Pacheco, luciendo las insignias de sargento mayor otorgadas por aquél, el 10 de marzo de 1817, paseó su gallarda estampa por Buenos Aires.

De regreso a Chile, participó en las operaciones del sur del país trasandino.

Marchó a la campaña de Talcahuano, asistiendo al combate de Carampagüe, el 26 y 27 de mayo de ese año, y toma de los fuertes de Arauco.

Se batió con denudo en la sorpresa de Cancha Rayada, el 19 de marzo de 1818. Como San Martín le ordenase cubrir la retirada del ejército, lo que efectuó hasta el río de Maipú, tuvo un encuentro en el río de Rancagua contra tres escuadrones de Cazadores “Dragones del Rey”, se batió haciéndolos retroceder.

Se halló en la batalla de Maipú, el 5 de abril del mismo año, siendo encargado de perseguir al general Osorio. San Martín lo promovió a sargento mayor efectivo, lo que fue confirmado por el Director Pueyrredón recibiendo el cordón y la medalla de oro otorgados por la Provincias Unidas del Río de la Plata, y otra medalla de oro dada por Chile en mérito al coraje demostrado en el campo de batalla.

Continuó prestando servicios en la campaña del sur de Chile, hallándose en la derrota del ejército español en Bio-Bio, el 19 de enero del 1819, y sosteniendo varias escaramuzas con los indios que les eran adictos. El 4 de junio del mismo año obtuvo su retiro a Inválidos, y regresó a Buenos Aires.

Fue uno de los firmantes del famoso manifiesto del general Soler al Cabildo de Buenos Aires, el 10 de febrero de 1820. Intervino en la acción de San Nicolás de los Arroyos, el 2 de agosto de ese año, contra las fuerzas anarquistas de Alvear y Carrera.

Se encontró en Pavón al lado de su antiguo jefe Dorrego venciendo a las fuerzas Estanislao López, pero habiéndose internado en Santa Fe, fue luego derrotado por éste en Gamonal y en las Chacras del Mayor.

Cuando se produjo el motín del coronel Pagola, el 1ero de octubre, desconociendo la autoridad del gobernador Rodríguez, Pacheco se halló entre los amotinados, y fue quién impuso a Dorrego de aquellos sucesos al legar a Luján.

Después de estos acontecimientos quedó encargado del Departamento del Norte de la provincia, siempre al mando del Regimiento de Lanceros.

Por las heridas recibidas en función de guerra pasó a retiro en clase de Disperso.

Al producirse la reforma de 1822, se le incluyó. Pero su comprometida salud se recompuso, y el estallido de la guerra con el Brasil lo movió a participar al frente del Regimiento 3 de Caballería, cuerpo del cual fue pronto su jefe interino. Asistió en ese carácter a la batalla de Ituzaingó al mando de Alvear, el 20 de febrero de 1827, comportándose valientemente.

La muerte heroica de Brandsen lo llevó al comando de la 1era División de Caballería de Línea, por lo que fue citado y distinguido con el cordón de plata con gavetas de oro y un escudo que siempre habría de lucir en su brazo izquierdo.

La lucha prosiguió en Camacuá, Yaguarón y Potreros del Padre Filiberto, y en otras acciones en que su División combatía denodadamente y con éxito.

Volvió a triunfar en Las Cañas, el 15 de abril de 1828, siendo premiado con los despachos de coronel efectivo.

Terminada aquella campaña, regresó a Buenos Aires, ordenándosele marchar al mando de las fuerzas del norte de la provincia.

Derrotado Dorrego por Lavalle, el infortunado adalid federal buscó refugio en el Regimiento de Húsares Nro 5, que se encontraba en Areco al mando de Pacheco. Acha y Escribano, que habían sublevado la unidad, lo redujeron a prisión a Dorrego, quien sería fusilado. Mientras tanto Pacheco fue arrestado. Circuló entonces una pérfida especie que atribuye a Pacheco concomitancia con la ominosa traición de sus rebeldes subordinados. Pacheco reaccionó con energía y esclareció en el diario “El Tiempo” la verdad de los penosos episodios, lo que motivó su encarcelamiento a bordo del buque de guerra “Balcarce”, por orden del Ministro de Guerra, José Miguel Díaz Vélez.

Caído Lavalle, reasumió Pacheco el mando del Departamento del Norte, y en el curso de los años 1829 y 1830, empeñó encarnizados combates con las hordas salvajes que asolaban la campaña.

Pese a la tremenda inferioridad de sus tropas, se cubrió nuevamente de heridas y glorias en los combates de Guardia de Rojas y El Salado.

Al iniciarse la Campaña la Desierto en 1833, Rosas le confió a Pacheco el mando de la vanguardia. Tras ocupar Río Negro, luego lo remontó hasta cerca de Choele-Choel, donde destruyó la tribu del cacique Payllaren, que murió en la lucha.

Desalojó al salvaje en ese bastión inexpugnable, y cruzando a nado las aguas heladas del río, hizo flamear por primera vez la bandera argentina en aquella isla, después de aniquilar las hordas del célebre cacique Chocón.

El general Pacheco prosiguió su avance hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, el 22 de octubre de 1833, y de allí se incorporó a las fuerzas de Rosas.

Las observaciones y experiencias, así como la cartografía que levantó Pacheco, habrían de servir de mucho en la campaña definitiva que condujo al general Roca años después.

Las privaciones y peligros afrontados en la Primera Campaña al Desierto fueron premiados con una medalla de oro.

Al volver a Buenos Aires desempeñó una banca en la Legislatura en 1834, y fue elegido gobernador, pero rechazó el cargo.

En 1839 fue designado por Rosas para ocupar el comando militar del norte de la provincia de Buenos Aires.

Cuando el general Lavalle desembarcó en San Pedro, el 5 de agosto de 1840, lo hizo frente al ejército de Pacheco, quien se apresuró en comunicar a Rosas la aproximación del enemigo. Al día siguiente atacó a Lavalle con 1.500 hombres, entablándose el combate de Cañada de la Paja.

Luego Pacheco pasó a operar sobre La Rioja, y Catamarca, y deshizo completamente a la división unitaria del coronel José María Vilela en San Calá, el 8 de enero de 1841. Un mes antes, en la batalla de Quebracho Herrado, había mandado la derecha de la línea de combate de Oribe.

En ese año hizo la campaña de Cuyo contra Lamadrid. Penetró en Mendoza en su persecución, encontrándose ambos ejércitos en Rodeo del Medio. Lamadrid fue completamente derrotado, viéndose obligado a internarse en la Cordillera y emigrar a Chile.

Vencidos los unitarios en el interior de la República, los ejércitos federales retrogradaron hacia el sur.

Oribe cayó sobre Santa Fe, dominándola, y ya unido a él, el general Pacheco penetró en Entre Ríos, donde se produjo la batalla de Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842, en la cual Rivera quedó destruido, buscando su salvación en la fuga.

Iniciado el Sitio de Montevideo, Pacheco mandó una parte de las fuerzas de Oribe, y se batió en Tres Cruces y en numerosas acciones contra los sitiados.

En 1845, fue jefe accidental de la Frontera del Centro con asiento de comando en Luján, y en los años siguientes estableció los fuertes de Bragado y Mulitas (hoy 25 de Mayo), realizando también dos expediciones contra los indios.

Posteriormente regresó a Buenos Aires, siendo elegido diputado a la Legislatura de 1850.

Cuando el pronunciamiento de Urquiza en 1851, Pacheco se apresuró a renovar su adhesión a Rosas. Nombrado comandante en jefe de los ejércitos federales que debían afrontar al ejército aliado que mandaba Urquiza, Pacheco procedió con lentitud, haciéndose sospechosa su conducta.

El 26 de enero de 1852 abandonó la Guardia de Luján, que cubría con 2.000 hombres ante el avance del Ejército Aliado. Su ejemplar lealtad no alcanzó a salvaguardarlo de la injusta desconfianza de Rosas, quien le atribuyó un supuesto entendimiento con Urquiza. Las infamantes sospechas llevaron a Pacheco a pedir su relevo como comandante en jefe del Ejército rosista, el 1ero de febrero, lo que no le fue aceptado. Ese mismo día tuvo una entrevista con Rosas en Santos Lugares que solo duró cinco minutos.

No estuvo en la batalla de Caseros por las desinteligencias con aquél. Después se retiró a su estancia “El Talar”, que había adquirido en 1837 a los sucesores de López Camelo.

Luego del estallido de la revolución del 11 de septiembre de 1852, fue nombrado Inspector y Comandante General de Armas de la provincia, mediante un decreto firmado por el gobernador provisional, general Manuel Guillermo Pinto, refrendado por el Ministro de Guerra, general José María Pirán, y redactado en forma elogiosa para él.

Más tarde asumió el Ministerio de Guerra, pero habiendo renunciado a ese cargo, el gobierno lo designó general en jefe de las fuerzas de la Capital.

Volvió a ser nombrado Ministro de Guerra, puesto que desempeñó hasta el 7 de febrero de 1853.

Asumió la defensa de su ciudad natal, triunfando sobre el adversario en San José de Flores, donde fue nuevamente herido de un tiro en un brazo.

Abandonando las filas, el gobierno lo nombró Enviado Extraordinario en misión especial cerca del Emperador del Brasil.

Sus últimos años los pasó en el retiro de su estancia, donde llevó una vida reposada, convirtiendo su casa de la calle San Martín 150, en el terreno que hoy ocupa el pasaje Güemes, en el centro de la mejor sociedad.

Falleció en Buenos Aires, el 28 de septiembre de 1869. En el acto del sepelio de sus restos hablaron, entre otros, el poeta Carlos Guido y Spano y en general Bartolomé Mitre, quien en su emocionado discurso exaltó los eminentes servicios prestados al país en su larga carrera militar, siempre si impuso, sin haber claudicado una vez en su vida.

Algunas de sus condecoraciones se encuentran en el Museo Histórico Nacional con su uniforme. Al cumplirse un centenario de su nacimiento, la Junta de Historia y Numismática bajo la presidencia de Mitre, su fundador, en 1895, hizo acuñar una medalla recordativa de las seis que se hicieron entre 1893 y 1897.

En el centenario de su muerte se constituyó una Comisión Nacional de Homenaje, que propugna el levantamiento de una estatua ecuestre próxima a la confluencia de los ríos Neuquén y Limay, en conmemoración de la Campaña del Desierto de 1833, por haber sido el general Pacheco el primer militar que llegó a esas regiones al frente de fuerzas nacionales, afirmando la soberanía argentina.

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Tumba de Ángel Pacheco en el cementerio de la Recoleta.
Tumba de Ángel Pacheco en el cementerio de la Recoleta.

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