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Operación Barbarroja: Alemania invade la Unión Soviética

Con Grecia y Yugoslavia conquistadas, Hitler inició una empresa que lo obsesionaba: la conquista de la URSS. A pesar del pacto de Ribbentrop-Mólotov (1939), que acordó la "no agresión" entre Alemania y URSS, el temor de que Stalin golpeara primero superó su paciencia. El 22 de junio de 1941, la fuerza invasora más numerosa de la historia (más de 3 millones de soldados alemanes y otros doscientos mil del Eje) comenzaron su ataque a la URSS. El nombre de la operación es un homenaje a Federico I, llamado Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

El ejército soviético era el más numeroso del mundo (más de 3 millones de soldados activos y otros 3 millones en reserva) pero tenía grandes deficiencias: aviones obsoletos, purgas de oficiales, problemas internos, incompetencia de algunos de sus comandantes, y la decisión de Stalin de no movilizar inicialmente sus fuerzas hacia el frente occidental.

En tres semanas los alemanes avanzaron más de 600 km y tomaron varias ciudades. Los soviéticos, luego de un primer momento en el que fueron arrasados, resistieron con tenacidad. Toda la población participó de la lucha: los campesinos quemaron sus casas y cultivos para que los enemigos no los utilizaran, los obreros desmantelaron fábricas enteras y las trasladaron al este para volver a montarlas.

Finalmente, la naturaleza también jugó su papel, que fue clave: el invierno más temprano y más duro en décadas. Las lluvias arruinaron los caminos y los hicieron intransitables. La nieve y las temperaturas bajo cero inmovilizaron los vehículos alemanes y el congelamiento alcanzó a los soldados alemanes mal abrigados. En diciembre, con los alemanes atascados no lejos de Moscú, los soviéticos y la situación imperante obligaron a retroceder a los alemanes.

A pesar de que esto ocurrió en 1941, esta campaña fue absolutamente decisiva en el destino final de la Segunda Guerra Mundial. Si bien Alemania conquistó un vasto terreno y muchas ciudades soviéticas fueron arrasadas, no alcanzó el éxito final que se había propuesto: dominar el extenso territorio eslavo y someter al Ejército Rojo.

Así ocurrieron las cosas:

A las 3.15 del 22 de junio de 1941, la guardia fronteriza alemana en el puente del río Bug en Kolden ametralló a sus colegas soviéticos. Los integrantes de la división Brandeburgo ya llevaban días pasando a la URSS en paracaídas o cruzando la frontera sin ser notados y ya habían empezado a sabotear las comunicaciones soviéticas del otro lado del frente. Las fuerzas del Eje avanzaron hacia la URSS con más de 3.000.000 de hombres y a lo largo de un frente de 1.500 km que se extendía entre el Báltico y el Mar Negro, frente que se ampliaría hasta más de 2.000 km; las primeras semanas estuvieron marcadas por rendiciones y derrotas de los soviéticos.

Alemania decidió la invasión a la Unión Soviética para alcanzar el objetivo más ambicioso de su historia: crear un nuevo imperio en el este, desplazando las fronteras eslavas. A millones de jóvenes alemanes se les había hecho creer desde la infancia que la URSS era una amenaza para la existencia de la nación alemana. Los bolcheviques y los judíos eran el demonio; Hitler estaba convencido de que la campaña contra esos “infrahombres enloquecidos por los judíos” era más que imprescindible. Así, Hitler decidió plantear combate en momentos en que, consideraba, tenía una ventaja estratégica. La soberbia, sin embargo, le hizo infravalorar el poderío militar e industrial de Stalin y cometer la temeridad de no tener suficientemente en cuenta la extensión enorme de la nación que iba a invadir, destinando un apoyo logístico inadecuado para una campaña prolongada.

Goering agregaba: “la guerra con la URSS es parte vital de la lucha por la existencia del pueblo alemán”, frase que implica el enfrentamiento inmemorial entre germanos y eslavos y el rechazo del bolchevismo judío.

Los generales de Stalin, por su parte, estaban preparando los planes necesarios para emprender una ofensiva contra Alemania, y cabe suponer que estarían en posición de hacerlo llegado 1942. Pero en esos momentos de 1941 sus ejércitos no estaban preparados para combatir el embate de la Weirmacht. Stalin, además, desoyó las numerosas advertencias sobre la inminente invasión que le hicieron tanto sus generales como los informes de Londres; desdeñó las sugerencias sobre reforzar con tropas la frontera y dio orden de no derribar aviones de la Luftwaffe que antes de la invasión ya sobrevolaban territorio soviético y que, dicho sea de paso, en gran número funcionaban con combustible soviético, en base al “pacto de no agresión” que habían sellado Hitler y Stalin (dos personas, como vemos, poco confiables en cuanto a cumplimiento de pactos).

El Ejército Rojo estaba repartido en 40 divisiones y 40 brigadas que disponían de más de 10.000 tanques y 8.000 aviones. Hitler lanzó contra ellos 3.600 carros de combate y 2.700 aviones divididos en tres gupos de ejércitos sujetos al mando general del mariscal de campo Walther von Brauschitsch.

Hitler desestimó los consejos de sus mejores generales, que le sugerían avanzar con decisión hacia Moscú, prefiriendo un ataque simultáneo a Ucrania que le permitiera apropiarse de sus vastos recursos naturales e industriales; esto se ha considerado un error estratégico importante, ya que la amplitud del frente (el frente norte hacia Leningrado, el frente medio hacia Moscú por Smolensk, el frente sur hacia Kiev) demoraría la llegada al corazón soviético.

En las primeras semanas de la operación, la Wermacht logró muchas victorias; sometió y destruyó ejércitos enteros. Los soldados soviéticos estaban lejos de tener la disciplina de los alemanes; de hecho, la gran mayoría habían sido reclutados a la fuerza y carecían de educación. Los soldados alemanes conducían sus vehículos de combate y sus camiones en columnas triunfantes y polvorientas por cientos de kilómetros de llanuras, marismas y bosques; atravesaban pueblos y ciudades reducidos a escombros y llamas. La confianza de los alemanes acerca de su llegada y sometimiento de Moscú era absoluta. Hitler quería celebrar un desfile triunfal en Moscú a finales de agosto, y aún a los altos mandos más escépticos los desconcertaba la incompetencia del generalato soviético y la superioridad táctica que estaban desplegando los alemanes.

La crueldad de los invasores fue feroz. Tenían más prisioneros de los que podían mantener, mataron a muchísimos de ellos y a otros los dejaron morir de hambre. Escuadrones especiales mataban a hombres, mujeres y niños sin piedad. Poco importaba esto a Hitler; sólo quería conquistar la mayor cantidad de terreno y “heredar” el menor número de gente posible. Lo que se dice arrasar.

El mundo veía como inevitable la derrota soviética y la inquietud era sólo ver cuánto más resistiría la URSS. Los soviéticos perdían 6 tanques por cada Panzer y sufrían 20 bajas por cada baja alemana.

Sin embargo, lentamente, la situación comenzó a emparejarse en algunos lugares. Los contraataques soviéticos retrasaron la toma de Smolensk hasta principios de agosto y eso resultaría decisivo, ya que les quitó a los alemanes una cantidad inestimable de días de verano para seguir su avance hacia Moscú. Kiev ofreció bastante resistencia pero fue tomada, Leningrado quedó sitiada pero demandó muchísimo esfuerzo.

Stalin salió de su ensimismamiento cuando sus generales le plantearon el hecho de que, de no revertirse la situación, sería una trágica catástrofe nacional. En un discurso radiofónico, el 3 de julio, hizo a la población un emotivo llamamiento que contrastaba con el autoritarismo inflexible que caracterizaba a su gobierno. Habló de “guerra patriótica”, pidió la destrucción intencional de todo cuanto se encontrara en el camino del avance alemán y pudiera resultarle útil al enemigo e invocó a la guerra de guerrillas. El entusiasmo patriótico hizo erupción; durante el mes siguiente se presentaron decenas de miles de voluntarios y los soviéticos fueron al todo por el todo. Su ímpetu se redobló.

A pesar de las victorias y el avance de los alemanes, el Ejército Rojo seguía sin desmoronarse; los civiles soviéticos incendiaban sus casas y sus campos en las ciudades tomadas por los invasores para que éstos no pudieran utilizar nada en su beneficio, y el desconcierto soviético inicial quedó superado, y con creces, por su odio al invasor.

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Uno de los rasgos decisivos de la respuesta que ofreció la URSS a la Operación Barbarroja fue la puesta en práctica de la “movilización total”. Esto implicó la evacuación y traslado de trabajadores, fábricas e industrias hacia el este. Se trasladaron más de 1.500 fábricas (hacia el Volga, los Urales, Siberia y Asia central), utilizándose 1,5 millones de vagones de tren. Los obreros tabajaron seis días a la semana, doce horas al día; se fabricaron a gran ritmo aviones y carros de combate. Junto con esto, el movimiento partisano tras las líneas alemanas también hacía su parte; había más de 30.000 guerrilleros activos incordiando a los alemanes.

La URSS tenía además a favor la magnitud de su territorio y de su ejército. El frente inicial de avance se había agrandado a 2.500 km entre Leningrado y Odesa. Cada soviético muerto costaba a la Wermacht más fuerza, munición y tiempo de lo imaginado y los contraataques soviéticos eran toscos pero persistentes, interminables.

La confianza de Hitler seguía intacta. Había cercado Leningrado, había vencido en Ucrania, tenía cubiertos los flancos y podía seguir su avance hacia Moscú. Sin embargo, sus altos mandos le deían: “si no lo conseguimos este mes, no lo conseguiremos.” El año estaba demasiado avanzado, los soviéticos habían ganado tiempo para refugiarse antes de Moscú y el clima empezó a jugar su decisivo papel. “Hace frío y hay mucha humedad; nos estamos moviendo con una lentitud terrible, nuestros vehículos quedan atascados en el barro de las carreteras, que están cada vez peor.” Las lluvias de otoño fueron las mayores en décadas y las fuerzas blindadas de vanguardia tenían que detenerse al quedar sus orugas atascadas en el lodazal. El sistema logístico de abastecimiento alemán no podía sostener el traslado de víveres y munición a lo largo de cientos de kilómetros bajo unas condiciones climáticas que no dejaban de empeorar. “No deja de caer nieve y aguanieve; los hombres están padeciendo mucho, los vehículos no están bien cubiertos y no han llegado las prendas de invierno. Es imposible avanzar por estas carreteras.”

El ejército alemán empezó a tambalear. Los camiones se atascaban en las cunetas. La ira se transforma en impotencia: gritan y reniegan salpicados en el barro. A fines de octubre las carreteras eran lodazales y todo se había detenido. “No hay cómo recibir combustible y las lluvias torrenciales y la niebla hacen imposible a los aviones lanzarnos provisiones.” Llegaron las heladas, el lubricante que usaban los alemanes para sus vehículos y sus armas se congeló, y los soldados también. Los soviéticos, mientras tanto, estaban pertrechados para seguir luchando. Sin embargo, el frente soviético era precario y, de haber podido avanzar, el ejército alemán hubiera llegado a Moscú. “Era imposible que nuestras fuerzas detuviesen al enemigo”, dijo el general Gueorgui Zhúkov.

En noviembre cayeron nevadas muy duras, las fuerzas alemanas se diezmaban y su situación no mejoraba. El Ejército Rojo fue llamado a Moscú a desfilar conmemorando el 7 noviembre y eso encendió aún más el impulso patriótico y guerrero de soldados y civiles. A fines de noviembre, finalmente, se agotó el avance alemán. “Hemos llegado al límite, ya no nos quedan fuerzas humanas ni materiales.”

El 28 de noviembre, en una reunión en Berlín, la conclusión fue devastadora: la guerra contra la Unión Soviética ya no era posible que culminara con éxito. Alemania, que no había podido lograr una victoria rápida (o al menos en los plazos que esperaban) se había quedado sin los recursos necesarios para imponerse en una lucha prolongada.

—Ya no es posible ganar esta guerra con medios militares –dijo Fritz Todt, ministro de Armamento.

—¿Y cómo voy a ganarla entonces? –contestó Hitler.

Todt le contestó que la única salida viable era de carácter político. Hitler rechazó semejante conclusión y prefirió persuadirse de que la inminente adhesión de Japón a las fuerzas del Eje inclinaría la balanza a favor de Alemania.

En diciembre de 1941 se redactó un documento titulado “Requisitos para la victoria”, en el que se concluía que el Reich iba a tener que invertir el equivalente a cientocincuentamil millones de dólares en la fabricación de armamento en los dos años siguientes. Esa suma era inalcanzable en esos términos, y por sobresaliente que pudiera ser la destreza de la Wermatch la nación carecería de los medios necesarios para ganar. En el Tercer Reich, además, ya consideraban por entonces la imposibilidad de obtener la victoria militar en la guerra sin vencer a la Unión Soviética.

La ambición, la soberbia y la falta de timing estratégico de Hitler se enfrentaron a un territorio demasiado extenso, a la tenacidad de toda la población soviética y al inexpugnable poder del tiempo, el clima y la naturaleza, aliados de los soviéticos y fuera de la consideración inicial del Führer.

Hitler se disculparía posteriormente declarando que “tenía mala información sobre la Unión Soviética” antes de decidir el ataque. Lo cierto es que el Führer había recibido informes del alto mando en los que se indicaba que la victoria alemana sólo era posible en los tres primeros meses; de otra manera, el Ejército alemán estaría condenado al fracaso. Se ve que no hizo caso de los informes, el tozudo de Adolf.

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