La gente se arremolina a su alrededor para contemplar consternados a la mujer que los mira desafiante, ostentando su desnudez. Algunos se alejan agitando la cabeza, otros comentan indignados los tiempos de decadencia que les ha tocado vivir. Para evitar agresiones a la pintura, las autoridades del Salón trasladan la obra hacia un rincón alejado, un lugar adonde los ojos apenas la alcanzan. Sin embargo, hasta allí llega el escándalo. La obra se titula “Olympia”. El autor, Édouard Manet ¿El tema? La gran tradición pictórica iniciada por Botticelli y continuada por Tiziano, Goya e Ingres: el desnudo de mujer.

La modelo que despertó este escándalo entre la burguesía francesa era Victorine Meurent, la misma que un año antes había provocado una aireada controversia con “Desayuno en la hierba”. A diferencia de la seductora “Venus de Urbino” o la insinuante sonrisa de “La maja desnuda”, Victorine mira descaradamente al espectador con gesto provocativo. El título de la obra está inspirado en los versos de Zacharías Austral “La fille des´les” que acompañó al catálogo del Salón. Olympia era “le nom de guerre” de muchas prostitutas de París, nombre que fue popularizado por la novela “La dama de las camelias”, de Dumas, donde relata las vida de una de las cortesanas más célebres del Imperio, Madame Duplessis.

Era la segunda mitad del siglo XIX y ya no hacía falta recurrir a eufemismos mitológicos ni mencionar a Venus, Diana o Betsabé, como debieron hacerlo los pintores más osados de épocas pretéritas. Cupido nada tiene que hacer entre estas mujeres ya que Olympia no es la diosa del amor, sino una meretriz. Jamás antes una prostituta había sido retratada en forma tan descarada y directa. De esta forma, Manet declaró la superioridad del arte sobre el motivo.

En lugar del perro que Tiziano colocó a los pies de su Venus como símbolo de lealtad, Manet pintó un gato para aventar el mensaje sensual en un ambiente donde no tiene cabida la fidelidad ni el recato. Los ojos de Victorine solo prometen amores corsarios en un mundo de placer. Las flores que sostiene la mujer detrás parecen el obsequio de algún admirador que espera ansioso tras las cortinas verdes. El lazo en el cuello agrega un detalle de elocuente erotismo.

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La obra desencadenó, al igual que “Desayuno en la hierba”, una gran polémica que ayudó a afianzar la carrera de Manet. Hombre apacible, muchos sospechaban que tras su máscara de tranquilidad se escondía un astuto autopublicista que provocaba a la hipócrita sociedad del Tercer Imperio. Hasta el advenimiento de Picasso, ningún otro pintor reunió una corte de escritores que alabara su obra en forma tan laudatoria. Baudelaire, Zolá (que escribió una biografía de Manet), Marcel Proust, Mallarmé, Verlaine y Anatole France enaltecieron su figura en Francia, mientras que George Moore la hizo conocida en Inglaterra. Los jóvenes impresionistas Monet, Renoir y Sisley lo declararon su ídolo. Manet asistió a sus reuniones, escuchó sus propuestas, pero solo sonrió y evadió compromisos. Nunca fue uno de ellos.

¿Quién era Victorine Meurent, esta joven de mirada intensa y provocativa? Hay varias versiones que cuentan cómo Manet la conoció. Algunos sostienen que se vieron por primera vez cuando el padre de Victorine, un orfebre, la envió a entregarle unos trabajos al pintor. Otros dicen que la conoció cuando modelaba para Thomas Couture, el maestro de Manet. Unos pocos opinan que se la presentó Alfred Stevens, un pintor amigo del artista. Pero la versión más frecuentemente citada afirma que Manet la conoció entre la muchedumbre del Palacio de Justicia en 1862.

La primera obra que Victorine modeló para Manet fue la “La chanteuse de rue” (La cantante callejera). Pero la gran pintura que la tuvo como personaje central fue “Desayuno en la hierba”. Desnuda entre hombres vestidos en medio de un paisaje bucólico, Victorine ensaya una mirada desafiante que eclosiona en Olympia. Para entonces solo tenía 20 años. Después del escándalo desatado por su exposición, Victorine desapareció de París por varios años. Dicen que viajó a Estados Unidos de la mano de un norteamericano prendado de sus encantos. Con el tiempo retornó y modeló para otros artistas, pero ya no era la misma jovencita desprejuiciada. En 1883 apareció por última vez en un cuadro de Manet. “Le chemin de fer”. Después dio clases de música y recorrió los cafés de Montmartre dibujando a los parroquianos. Algunas fuentes sostienen que Victorine Meurent cayó en el alcoholismo y la prostitución. Gauguin, que estaba fascinado por Olympia, la conoció en sus años de decadencia. Su desilusión fue terrible…

Después de Olympia, Manet jamás volvió a pintar un desnudo. A la muerte del artista, su esposa quiso vender esa obra a un marchant americano. Fue Monet quien organizó una colecta para que este desnudo, símbolo de una época para muchos artistas franceses, no abandonase su país de origen. Actualmente se la puede admirar en el Museo de Orsay.

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