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Nicolino, el Intocable

Dueño de un talento defensivo inigualable, el que quizá haya sido el máximo ídolo de la historia del boxeo argentino hizo del box un espectáculo único: para Nicolino, subir al ring era como subir a un escenario.

Nicolino Felipe Locche nació el 2 de septiembre de 1939 en el pueblo Campo de los Andes, departamento de Tunuyán, Mendoza. Fue el sexto hijo de una humilde familia de inmigrantes italianos. A los 8 años su madre lo llevó al gimnasio de boxeo Julio Mocoroa. Allí lo recibió Francisco “Paco” Bermúdez, quien sería su maestro y entrenador durante toda su carrera. La escuela de Bermúdez se caracterizaba por “procurar la superación del ocasional adversario por medio de la habilidad y no por la mera fuerza usada instintivamente”. Todo esto puede sintetizarse y resumirse en el principal mandamiento de dicha escuela: pegar sin dejarse tocar. Y en esa área Locche fue un maestro. Más bien, “el” maestro.

En su campaña como amateur, Locche disputó 122 peleas con solo 5 derrotas. Su debut como profesional fue el 11 de diciembre de 1958 en Mendoza, venciendo por KO 2 al sanjuanino Luis García, y en su décimo combate resignó su invicto ante Vicente Derado, con quien perdió por puntos. En febrero de 1960, Nicolino terminó con el invicto de 87 combates del chaqueño Jaime Guillermo Juan Miguel Giné, un gran boxeador a quien volvería a vencer en noviembre de 1961 en el Luna Park de Buenos Aires (GPP 12), ganando así el título argentino de la categoría liviano. En junio de 1963 se proclamó campeón sudamericano de esta categoría al GPP 15 al brasileño Sebastiao Nascimento en el Luna Park.

Resignó el título argentino liviano en noviembre de 1964 ante Abel Laudonio en el Luna Park (PPP 12), y lo recuperaría en el mismo estadio en diciembre de 1965 venciendo (GPP 12) al rosarino Héctor Hugo Rambaldi. El 30 de marzo de 1966 fue declarado campeón argentino welter junior, la categoría inmediata superior (entre las 135 libras –61,235 kilos– y las 140 libras –63,503 kg–).

Nicolino fue conquistando a un público al que al principio le costó aceptar su estilo único, diferente a todos. Al principio lo resistían los ortodoxos y algunos periodistas, pero cuando fueron desfilando boxeadores de la talla de Joe Brown (GPP 10), Ismael Laguna (E), Carlos Ortiz (E) y Sandro Lopópolo (GPP10) todos campeones mundiales recientes o vigentes en los 60, y Nicolino los hacía pasar de largo a todos, Buenos Aires comenzó a admirarlo. Así, terminaron amándolo como a ningún otro; Nicolino se convirtió en el nuevo ídolo indiscutido del boxeo argentino (los anteriores habían sido el Torito Justo Suárez y el Mono José María Gatica).

Locche se distinguió del resto de sus contemporáneos por su capacidad única para esquivar golpes sumando ataques inesperados, pero además era un verdadero artista del ring. Hacía participar al público con miradas cómplices, sonrisas y todo tipo de gestos que lograban que la gente disfrutara de manera distinta el show en que transformaba sus peleas. En los años 60, ir a ver a Nicolino era una fiesta. El espectáculo que daba sobre el ring atrajo a la audiencia femenina al Luna Park; era más que un boxeador, cruzaba palabras con algún reportero gráfico mientras bloqueaba golpes entre el encordado, le guiñaba el ojo a alguna dama y comentaba la pelea (“este no, este tampoco”, refiriéndose a los golpes fallados por sus rivales) con los relatores en el ring side.

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En esa época se sostenía que el boxeo se basaba en cuatro pilares: “ataque, defensa, ciencia y eficiencia”; Nicolino era brillante en las tres últimas, prefería el contraataque al ataque y era magistral también en eso.

Locche era un anfitrión que derrochaba alegría y diversión. “El Intocable” (bautizado así en 1962 por el periodista Piri García, de la revista El Gráfico) transformó el boxeo en algo diferente. Hasta los jueces y los periodistas eran sus admiradores.

“Nico no pegaba porque era vago. Cronometraba en su cabeza los tres minutos del round porque quería sentarse”, decían sus amigos de siempre. La presencia del Intocable como fondista de una velada en el mítico estadio capitalino era sinónimo del cartel de “localidades agotadas”. Una vez le preguntaron cómo definiría él su estilo de pelea y Nicolino contestó: “yo no peleo; discuto.”

Y llegó el 12 de diciembre de 1968, día en el que Nicolino Locche escribiría su página más gloriosa: su pelea por el título mundial. Fue una de las más grandes exhibiciones pugilísticas de todos los tiempos; Locche llegaba como retador de Paul Fujii, quien había conquistado el título welter junior AMB-CMB un año y medio antes frente a Lopópolo. Fujii exponía ante Locche solamente el título de la Asociación Mundial de Boxeo, ya que el Consejo Mundial de Boxeo le había quitado el suyo.

Era la segunda defensa del título de Paul Takeshi Fujii, nacido en Honolulu, Hawaii, hijo y nieto de japoneses y radicado en Tokio desde niño. La carrera profesional de Fujji se desarrolló entre 1964 y 1979, lapso en el que disputó 38 peleas y, su récord, fue 34-3-1 (29 KO). O sea, lo que se dice un pegador.

Era una noche lluviosa en Tokio. El imponente estadio Kuramae Sumo estaba colmado con 13.000 espectadores. En Buenos Aires, del otro lado del mundo, era una mañana también lluviosa. Como aún no existían las transmisiones vía satélite –comenzarían recién en 1969–, el único medio para seguir las alternativas del combate era la radio. En el rincón del retador, además de don Paco Bermúdez, estuvieron Tito Lectoure y el sparring, Juan Mendoza Aguilar. Nicolino era el menos ansioso de todo el grupo, y tras una sesión de masajes se quedó plácidamente dormido en una camilla del vestuario del estadio mientras en el ring se desarrollaban las peleas preliminares.

Ese día Nicolino Locche hizo honor a su apodo de Intocable. Peleó con tanta naturalidad y solvencia que hasta le quitó dramatismo a la pelea, le agregó belleza, parecía como que le sobraba paño. Impuso el ritmo, manejó los tiempos, hizo lo que quiso.

En lo que quizá haya sido la expresión más brillante de boxeo llevada a cabo por un boxeador argentino en la historia, Nicolino fue un torero que eludió todos los embates de Fujii, que fue pura impotencia de principio a fin. Locche no solo esquivó todo lo que le tiró el hasta ese entonces campeón, sino que le agregó agresividad y ataque en los momentos precisos. Eso, sumado a su exquisita técnica y a la mejor preparación física de toda su carrera, fue demasiado para para un campeón abrumado. Si Bochini hubiera sido boxeador, hubiera sido el Nicolino de esa noche.

Nicolino era un maestro en el boxeo en las cuerdas, pero la primera sorpresa fue que comenzó la pelea ubicándose en el centro del ring. Fujii a los saltitos, Nicolino plantado. Empezó con un muestreo de su talento en el “toco y me voy”, que en el segundo round se transformó en un “pego y me voy”, adosado al habitual “nunca me podrás pegar” de todas sus peleas. Nicolino empieza a ir a las cuerdas en el segundo round; cada uno-dos suyo llegaba a destino, y Fujii llegó a tirar seis golpes seguidos todos esquivados por Nicolino. Tal era la impotencia de Fujii que en el tercer round embistió, Nicolino hizo un giro de torero, el campeón siguió de largo y se fue solito al piso. En el cuarto y en el quinto Fujii no pudo aplicar un solo golpe como la gente y Nicolino estaba tan sereno como concentrado (se ve que la siesta en el vestuario la había hecho bien). En el sexto, Nicolino acelera un poco y cada golpe suyo llega a la cara del campeón, a quien se le empiezan a hinchar los párpados. En el séptimo Fujii pasa de largo otra vez y queda de espaldas a Locche; en el octavo por fin Fujii acierta un cross, pero falla tandas de a cinco o seis golpes, con Nicolino girando, agachándose, ladeando la cabeza y pegando de contra cada vez que se lo proponía. En el noveno, Fujii cambia la estrategia: decide acercarse y pelear en la corta distancia. Fue un error fatal: no nólo no pudo acertar un golpe sino que en esa distancia los golpes de Nicolino aumentaban en cantidad y dolían más. Con los ojos cerrados por los párpados tumefactos (si Fujii no le acertaba a Nicolino con los ojos abiertos, menos aún con los ojos cerrados), Fujii, arrasado por el talento boxístico del Intocable, no sale a pelear en el décimo round. Nicolino Locche gana abrumadoramente el título mundial y el público japonés lo ovaciona al grito de “¡nisei!” (maestro).

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Nicolino y Francisco Paco Bermúdez
Nicolino y Francisco Paco Bermúdez

Hasta el abandono de Fujii, las autoridades de la pelea lo reconocían en sus tarjetas como amplio dominador; tanto el árbitro, el estadounidense Nick Pope (que tenía 45-40 en su tarjeta) como los jueces locales Hiroyuki Tezaki (44-41) y Takeo Ugo (45-39) (al ganador del round se le otorgaban 5 puntos).

Fue una exhibición sensacional; esa noche Locche demostró que, entrenado, podía hacer todo lo que quisiera sobre el ring: divertirse como lo hacía en Buenos Aires y también pelear como era necesario hacerlo si uno quería ser campeón del mundo. Abatido y destruido psicológicamente, Fujii dejó el título en manos de Nicolino, quien se convertía en el tercer campeón mundial argentino.

Ya campeón del mundo, Nicolino confiaba en su clase y sus reflejos para retener la corona, lo que hizo en cinco oportunidades, ganando todas por puntos en 15 rounds y en su segunda casa: el Luna Park. La primera fue contra el venezolano Carlos “Morocho” Hernández, un excelente boxeador, alto y de gran alcance, noqueador tremendo, que tiró a Nicolino a la lona en el tercer round (mayo de 1969). La segunda fue contra el brasileño Joao Henrique (octubre de 1969), a quien venció con total autoridad. La tercera fue contra el estadounidense Adolph Pruitt (mayo de 1970), un toro bravo arremetedor, ideal para el estilo de Nicolino, que lo dominó sobre todo hacia el final, ya desalentado el retador. La cuarta fue contra el español Domingo Barrera Corpas (abril de 1971), a quien paseó por el ring de principio a fin casi sin recibir golpes y dando show, poniendo su cara hacia adelante con la guardia baja y hasta poniendo sus manos detrás de sus espalda incitando a su rival a pegarle. La quinta defensa fue contra el colombiano Antonio Cervantes, “Kid Pambelé” (diciembre de 1971), un temible pegador y muy buen boxeador, que le conectó varios golpes y lo puso en apuros. Nicolino peleó magistralmente, tuvo que trabajar bastante y pegó más de lo habitual en él. Nicolino terminó otra vez con show y apenas sonó la campana final de la pelea, que no fue nada fácil, pidió un aplauso para Kid Pambelé ante un Luna Park enloquecido.

Su renuencia a entrenar adecuadamente, al sacrificio y a la dura disciplina del boxeo era cada vez mayor, y en marzo de 1972, en su primera defensa fuera de Buenos Aires, Locche resignó su título (PPP 15) ante el panameño Alfonso “Peppermint” Frazer en la ciudad de Panamá. El calor y su estado físico inadecuado lo hicieron sufrir durante toda la pelea, que perdió con toda justicia. Intentó recuperar el título un año después ante Antonio Cervantes (que le arrebató el título a Frazer en la primera defensa) en Maracay, Venezuela, pero Kid Pambelé fue superior a Nicolino, que guapeó como nunca pero que sucumbió ante un boxeador de estado físico impecable y manos muy poderosas. La pelea se definió por abandono en el noveno asalto; Nicolino quería seguir pero Bermúdez y Tito Lectoure, sensatos, dijeron “hasta acá llegamos”.

Nicolino anunció su retiro. Sin embargo, como tantas veces ha ocurrido, malos negocios y malas inversiones le generaron la necesidad de volver al ring en 1975. Hizo seis peleas con rivales menores y las ganó todas, hasta que finalmente el sábado 7 de agosto de 1976, en el Hotel Llao Llao de San Carlos de Bariloche disputó su último combate y le GPP 10 al chileno Ricardo Molina Ortiz. La carrera del Intocable había llegado a su fin.

Entre 1958 y 1976 disputó 136 peleas; ganó 117 (14 KO), empató 14, perdió solamente 4, y una pelea sin decisión. Fue campeón mendocino, cuyano, argentino y sudamericano liviano y campeón argentino, sudamericano y mundial AMB welter junior.

En 2003 su nombre ingresó en el legendario Hall de la Fama del Boxeo Internacional, en New York. Fue el quinto argentino en ingresar, detrás de Carlos Monzón (1990), Pascual Pérez (1995), Juan Carlos Lectoure (2000), y Víctor Emilio Galíndez (2002). En 2007 ingresaría Amílcar Brusa.

Tras colgar definitivamente los guantes, Locche vivió con lo justo con su segunda esposa, María Rosa Gelleni, y cerca de sus hijos Ana María, Nicolino Felipe y Nancy (los tres, de su primer matrimonio con Ana María Corvalán) y sus nietos. Su incontrolable adicción al cigarrillo, que ya venía desde su época de boxeador y que hizo renegar a don Paco Bermúdez, fue deteriorando su salud. En septiembre de 1994 le realizaron un triple bypass coronario y el EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) que padecía lo incapacitaba cada vez más.

El miércoles 7 de septiembre de 2005, cerca de las 22.45, a los 66 años, Nicolino murió en su casa de Las Heras, en su Mendoza natal. Se fue mientras dormía, en paz, tal como 51 años atrás lo había hecho poco antes de pelear con Fujii en Tokio. Sus restos fueron sepultados en el cementerio privado Parque de Descanso, en Rodeo de la Cruz, Guaymallén.

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