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Mussolini, Hitler y la Iglesia

En 1929, la Iglesia católica y el Estado Vaticano firmaron el acuerdo de Letrán, que puso fin a un problema que ya llevaba sesenta años. El acuerdo decía que Italia se convertía oficialmente en un Estado católico y el Vaticano se convertía en un Estado independiente. Un cambio de figuritas.

La Iglesia y el Estado italiano habían permanecido enfrentados desde 1870, cuando el rey Vittorio Emanuele tomó posesión de Roma incluyendo las zonas de dominio papal y las declaró parte del nuevo reino de Italia. El papa Pío XI se había negado a reconocer la existencia de tal reino, se declaró a sí mismo “prisionero en el Vaticano” y se negó a salir de ahí.

Años después, Mussolini, que en los inicios de su carrera política era anticlerical acérrimo, ya en el comienzo de su dictadura se dio cuenta de que le convenía (más aún, le resultaba necesario) una buena relación con la Iglesia. El papa Pío XI, por su parte, también estaba medio harto de la situación; quería terminar con el aislamiento de la Iglesia y de paso tratar de protegerse contra los fascistas más extremos.

El acuerdo firmado en el Palacio de Letrán (que había sido la residencia papal durante la Edad Media) representó, si no una victoria, una solución conveniente para ambas partes. La cuestión central del acuerdo fue el reconocimiento del Estado italiano por parte del papa y el reconocimiento de de la soberanía del papa sobre las 44 hectáreas de la Ciudad del Vaticano. Esta curiosa y conveniente unión entre la Iglesia católica y el Estado italiano se tambaleó bastante durante los años de dominio fascista en Italia, pero a pesar de eso duró hasta 1985, año en que un nuevo acuerdo entre la Santa Sede (representada por el papa Juan Pablo II) y el Estado italiano (representado por Bettino Craxi) entró en vigor, reformando y modificando el “concordato” (acuerdo) de 1929, estableciendo nuevos principios que regularían las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Pero volvamos a los años de Il Duce y el Führer. Hitler había rechazado el catolicismo en su infancia y primera juventud (era devoto de una fe nueva que era una mezcla de mitología nórdica e ideología racista). Pero con una línea de razonamiento similar a la de su colega italiano, Hitler imaginaba que, para darle brillo a su imagen de hombre de Estado pero a su vez tener control y mantener políticamente a raya a la Iglesia, era conveniente llegar a un entendimiento con el Vaticano.

La Iglesia, por su parte, en forma similar a lo ocurrido con los fascistas en Italia, buscaba algún tipo de seguridad bajo un régimen potencialmente (y seguramente) hostil. En honor a eso, en julio de 1933 Hitler firmó un concordato con el cardenal Eugenio Pacelli (quien luego sería Pío XII), enviado del papa en Berlín. En ese concordato el estado alemán garantizaba la libre actividad en las escuelas e instituciones católicas y la continuidad de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas.

Sin embargo, el gobierno de Hitler, que era experto en no respetar pactos, alianzas y tratados firmados por su propio gobierno, rompió rápidamente su palabra (y lo firmado) y empezó una especie de guerra propagandística contra cualquier fe o religión que no se declarara a favor “de la patria y del Führer”. Como muestra, en 1936 muchos sacerdotes y monjas fueron arrestados.

En un principio, el papa Pío XI y otros miembros de la Iglesia reprimieron su disgusto (mitad por temor, mitad por estrategia a largo plazo), pero en marzo de 1937, una encíclica papal llamada “Mit brennender Sorge” (“Con viva preocupación”, en español) se expresó en forma concreta sobre la situación de la Iglesia en la Alemania nazi. A diferencia de otras encíclicas tituladas por las primeras palabras en latín, esta recibe el nombre de las primeras palabras en alemán, lengua en la que fue originalmente publicada. En la encíclica el papa advertía que “todo aquel que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado, o los representantes del poder, y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios”, en una crítica hacia los aspectos pseudorreligiosos y las teorías raciales del régimen nazi.

La encíclica fue introducida de contrabando en Alemania; el papa Pío XI acusó a los nazis de colocar a Hitler por encima de Dios y advirtió que “aquel que mora en los cielos se ríe de ellos”, tratando de dejar en claro que Dios era más poderoso.

Los nazis respondieron con más detenciones, en este caso bajo el cargo de traición.

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