Mitos sobre el origen del universo

Cientos de millones de años más, cientos de millones de años menos, la cosa es que se hoy se da por aceptado que el universo, incluyendo el espacio, el tiempo, la materia y la energía, inició su existencia como la explosión de una bola de fuego de densidad infinita y elevadísima temperatura que se expandió y luego se enfrió para dar lugar al universo como lo conocemos hoy en día. Es lo que llamamos Big Bang.

Más allá de esto, hay distintos mitos históricos sobre el origen del universo. El Rigveda, el texto sagrado más antiguo del mundo y escrito fundamental del hinduismo, los Brahmanas, las Upanishads, las culturas judeo-cristianas, la cultura islámica, los chinos, todas las culturas tienen sus mitos sobre el origen de todo. Y si bien la cantidad de mitos diferentes es enorme, hay nueve temas principales que son recurrentes.

Muchos mitos hablan de un caos preexistente, a menudo descripto como agua, del cual emerge un dios para crear el universo. Los pelasgos, habitantes de la península griega hacia 3.500 a.C., creían en la diosa Eurínome, que surgió desnuda del Caos. Los mitos egipcios de Heliópolis hablan de algo parecido: del océano primigenio Nun surgió Atum, de cuya masturbación nació el universo. Hacia 2.400 a.C. Atum quedó identificado con el dios sol, Ra, y su aparición quedó asociada con el fin de la oscuridad.

Otros mitos, extendidos por Asia, Siberia y algunas tribus nativas norteamericanas, hablan de un animal preexistente (habitualmente una tortuga o un ave) que se sumerge en aguas primigenias para extraer de ellas un pedazo de tierra que posteriormente se expande y se transforma en el mundo.

En algunas partes de India, Europa y el Pacífico, el origen de la creación es un huevo. Las aguas produjeron el dios creador, Prajapati, dentro de un huevo dorado. Al cabo de un año salió del huevo y la primera palabra que dijo se transformó en la tierra, la segunda en el aire, y así siguiendo. En forma similar, un mito chino empieza con un huevo cósmico en el interior del cual flota en el Caos un P’an Ku embrionario. En el mito griego órfico (siglo VII o VI a.C.), es el tiempo el que crea el huevo plateado del cosmos del que surge el bisexual Fanes-Dionisos, que lleva con él las semillas de todos los dioses y todos los hombres y que crea el Cielo y la Tierra.

Otro mito extendido sobre la creación, en este caso de la cultura maorí y de otras, es el del padre del mundo (el Cielo) que se empareja con la madre del mundo (la Tierra) para crear los componentes del mundo. Permanecen unidos en el acto sexual y se muestran indiferentes ante sus hijos.

En otros mitos, los descendientes se rebelan contra los padres del mundo. Los hijos del mito maorí –bosques, océanos, el hombre– luchan contra sus padres para obtener su lugar. En la Teogonía (Hesíodo, siglo VIII a.C.), por ejemplo, se relata la rebelión de varias generaciones de dioses contra sus padres. Los primeros rebeldes fueron Tierra, Tártaro y Eros; todos fueron “derrotados” por Zeus, siempre vencedor.

Otro mito frecuente es el que contempla la idea del sacrificio. “El mundo no estuvo terminado hasta que se produjo la muerte de P’an Ku; sólo su muerte pudo perfeccionar el universo.” De su cráneo surgió la cúpula del cielo; de su carne, el suelo de la tierra y de las alimañas que cubrieron su cuerpo surgió la humanidad. En resumen, alguien (usualmente un dios todopoderoso) se sacrifica o muere para dar a luz el universo.

Otro mito es el de “la batalla inicial”. El Enuma Elish (poema babilónico) describe la guerra entre los dioses sumerios y el dios babilónico Marduk y sus seguidores. Marduk mata a la diosa Tiamat y otros monstruos, establece el orden y se convierte en el dios supremo y creador del universo. En otros lugares se sostienen mitos similares de luchas entre dioses como el origen de todo.

Los mitos que presentan la creación a partir de la nada no son tantos, pero su creencia es una de las más extendidas y aporta la explicación científica preferida actualmente. La versión más antigua es la del Rig Veda, obra iniciada hacia 4.000 a.C. y compilada a lo largo de dos mil años: “entonces no existían ni lo existente ni lo no existente, no existía el espacio etéreo ni el cielo que está más allá; solo aquel Uno respiraba sin aire, por su propia naturaleza. Aparte de él no existía cosa alguna.” En los Upanishads (entre 1.000 y 500 a.C.) se describe a Brahmán, interpretado como la Conciencia Cósmica, como “la realidad definitiva que existe a partir del espacio y el tiempo, del cual mana todo y del cual todo está formado”. El taoísmo expresa una idea similar: el Tao Te Ching (entre siglos VI y III a.C.) destaca la unicidad y la eternidad del Tao, que es “ninguna cosa”, es la base de todo ser y la forma de todo ser; el tao da lugar a la existencia y ésta da lugar a los opuestos, el ying y el yang. Estos, a su vez, dan origen a todo: macho y hembra, tierra y cielo, etc. El primer libro de las escrituras hebreas, la Biblia (siglos VII a VI a.C.) empieza diciendo “en el principio, Dios creó las luz”, separó la luz de la oscuridad y también “creó los Cielos y la Tierra”; en los días siguientes, Dios llevó a cabo la creación todo el universo. También en el Corán (siglo VII a.C.) Dios ordena la creación de Cielo y Tierra.

Finalmente, mitos originados en la India niegan que el universo fuera creado; sostienen que el universo ha existido siempre y que está sometido a ciclos (“el mito del ciclo eterno”). En el siglo V a.C., Buda dijo que conjeturar sobre el origen del universo provoca locura a quienes lo intentan. Sin embargo sus seguidores lo hicieron, sosteniendo que todo surge, cambia y desaparece constantemente; la mayoría de las escuelas budistas predican que el universo se expande, se contrae, se disuelve en la nada y vuelve, siguiendo un ritmo eterno e infinito. Este mito puede estar originado en el jainismo del este de la India, que sostiene que el universo es eterno, que no ha sido creado.

Como vemos, estos nueve grupos de mitos nos muestran que, si es por cantidad de material para discutir, hay de sobra. En los tiempos que corren, la humanidad parece haber tomado partido por los dos últimos grupos, pero la dicotomía entre las conclusiones científicas y las convicciones religiosas o místicas persiste… y persistirá, seguramente.

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