Miguel Joaquín Eleicegui Ateaga

Miguel Joaquín Eleicegui Ateaga

Eleicegui Ateaga, Miguel Joaquín fue un gigante acromegálico, profesional del mundo del espectáculo.

Nace en el caserío de Ipintza del barrio de Altzo de Abajo (Altzo Azpi, en euskera), en el seno de una extensa familia campesina. Su crecimiento es normal hasta los 18 o 20 años, cuando se acelera de forma extraordinaria. El 15 de febrero de 1843 su notable talla salta a la prensa madrileña. El Corresponsal es el primer diario que informa sobre el personaje, anotando que entonces mide 2,09 metros. En marzo de ese mismo año su padre, Miguel Antonio Eleicegui Argaya, firma un contrato con los partícipes de una sociedad promotora que les faculta a exhibir a su hijo en España y el extranjero, a cambio de una cierta cantidad de dinero. Aunque se produce una primera exhibición en San Sebastián, el padre rompe a los pocos días el acuerdo. Desde ese momento, y durante la larga trayectoria exhibidora de Miguel Joaquín, son su padre y su hermano mayor, Juan Martín, quienes gestionan las presentaciones públicas del muchacho.

Su aventura en el mundo del espectáculo comienza realmente en Madrid, en septiembre de 1843. Desde este momento inicial, el modelo exhibidor es básicamente el mismo: se presenta durante varias horas al día en una vivienda, casi siempre en un piso “principal” de una calle céntrica, cobrando uno o dos reales por el acceso. En Francia e Inglaterra se muestra también en teatros, hoteles, cafés y en salas destinadas a espectáculos y exhibiciones; nunca en circos ni en barracas de feria. En ocasiones viste uniforme militar o traje “de turco”; en otras emplea una indumentaria singular de vagas reminiscencias bávaras o alpinas. Salvo en París, donde en sus dos visitas interactúa con sendos enanos hipofisarios (uno de ellos contratado por el famoso empresario norteamericano P. T. Barnum), lo único que hace Miguel Joaquín en sus presentaciones es mostrarse erguido, comparar su enorme estatura con la de los varones que se le acercan y pasear ante el público. Su carrera como gigante profesional se extiende hasta 1855. Además de Madrid, visita numerosas poblaciones españolas (incluida la isla de Mallorca); se exhibe también en Lisboa, en Londres y en un buen número de ciudades inglesas; recala en dos ocasiones en París y recorre ciudades y pueblos de toda Francia. Sus exhibiciones se reseñan en decenas de notas de prensa, siendo especialmente abundantes en la británica. Su talla enorme y su cuerpo bien proporcionado lo convierten en un personaje casi mítico, que deja huella durante décadas en las poblaciones y países donde se presenta. También se le recuerda en su localidad natal, con una exposición de paneles desplegada por sus dos barrios y una exposición permanente instalada junto al ayuntamiento. Algunas de sus pertenencias personales se exhiben en el Museo San Telmo, en San Sebastián.

Aunque no se dispone de información certificada por médico alguno, parece que Miguel Joaquín pudo alcanzar (e incluso superar) la increíble talla de 2,42 metros, lo que lo convertiría en el español más alto de todos los tiempos. Como les ocurre a otros gigantes acromegálicos, su extraordinario crecimiento se debe con toda probabilidad al desarrollo de un adenoma en la hipófisis (glándula pituitaria), que induce a una sobreproducción de somatotropina, la hormona del crecimiento. Cuando esta patología se produce durante la etapa habitual del crecimiento, antes de la osificación del cartílago epifisario, se denomina gigantismo; si continúa en momentos posteriores, se conoce como acromegalia. Aunque Miguel Joaquín la padece probablemente en ambas fases, en su caso las numerosas y graves comorbilidades o trastornos asociados a la enfermedad principal (insuficiencia respiratoria, hipertrofia ventricular, miocardiopatía, diabetes, osteoporosis, debilidad muscular, hipertensión arterial y un largo etcétera) parecen manifestarse más tarde o con menor intensidad que en otros gigantes. Solo así se explica que, con tan enorme estatura, viva hasta los 43 años, cuando lo habitual es que los enfermos acromegálicos no tratados fallezcan con poco más de la veintena.

Como en otros casos similares, algunas fuentes documentales y artículos de prensa contemporáneos advierten sobre la falta de viveza, la torpeza y hasta la limitada inteligencia de Miguel Joaquín. Sin embargo, estas presuntas carencias o deficiencias no son sino manifestaciones clínicas características de su enfermedad y de los trastornos que la acompañan, que implican ralentización de movimientos y entorpecimiento del habla. En cualquier caso, no existe evidencia científica alguna que vincule la acromegalia con la discapacidad intelectual o con una inteligencia menor a la media.

La historia del Gigante de Altzo tiene un epílogo de carácter legendario: desde tiempo atrás se asegura que su cadáver fue robado por anatomistas o antropólogos ingleses o franceses, y que habría sido depositado en algún museo. El argumento se justifica porque, desde hace décadas, la sepultura familiar del caserío de Ipintza no guarda sus restos. Sin embargo, esta ausencia se explica de forma mucho menos dramática: los restos de Miguel Joaquín, de su hermano mayor y de su padre fueron exhumados en la década de 1930, con el propósito de dejar espacio para los difuntos más recientes del grupo familiar.

TEXTO EXTRAÍDO DEL SITIO: http://dbe.rah.es/biografias/134489/miguel-joaquin-eleicegui-ateaga

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