Mata Hari | Clemenceau | Francia | París

Mata Hari

Una bailarina holandesa envuelta en un halo de exotismo erótico se convirtió en un mito del siglo XX al ser fusilada por espionaje durante la Primera Guerra Mundial. No tenía ningún talento especial más allá de arrancar suspiros y algunos secretos de alcoba, que no siempre tenían lustre ni importancia. Su historia se difundió mucho más que los daños estratégicos que pudo infligir ¿Agente francesa? ¿Espía alemana? ¿Era acaso una doble agente? Su muerte la convirtió en un mito.

Todos recordamos a Mata Hari, pero nadie se acuerda de Margaretha Geertruida Zelle, nacida un 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden, Holanda.

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Los negocios de su padre fueron de mal en peor, finalmente sus progenitores se divorciaron, y la madre de Margaretha murió al poco tiempo. Su abuelo debió retirarla del internado donde la habían inscripto porque era acosada por el director. El ambiente en la casa debe haber sido insostenible porque con 19 años respondió al aviso del capitán Rudolf Mac Leod (de 40 años), quien buscaba esposa antes de iniciar sus funciones en el lejano oriente.

De haber sido un matrimonio feliz nadie hubiese sabido de Mata Hari, pero Mac Leod, además de alcohólico y tener una concubina, discutía frecuentemente con Margaretha. Cansada de la violencia de su marido, Zelle se fue de su hogar para vivir una breve aventura con un oficial holandés.

Buscando una actividad para llenar su existencia y tener algún tipo de oficio para ganarse la vida, tomó clases de danza oriental. Allí adoptó el nombre que le daría fama imperecedera, Mata Hari (que en lengua malaya quiere decir “ojo del día”).

Margaretha volvió con su marido, pero las cosas solo fueron para peor y uno de sus hijos murió. Hay quienes afirman que fueron envenenados. Otros dicen que murieron a causa de la sífilis trasmitida por sus progenitores. Por una razón u otra, la pareja se divorció y volvieron a Holanda. Mac Leod se quedó con la tenencia de la hija de la pareja y Margaretha decidió poner distancia a esa complicada vida marital. En 1903 viajó a París, donde trabajó como écuyère en un circo. En 1905 comenzó su carrera como bailarina exótica, cuando los europeos buscaban nuevos rumbos estéticos. La belleza de Zelle, más una carrera donde se mezclaba el escándalo y la promiscuidad, la empujó por el camino que muchas mujeres habían recorrido antes: Margaretha se convirtió en cortesana, amante del millonario Emile Quimet, célebre por su colección de arte oriental. Zelle seguramente estaba entre sus piezas más preciadas. Fue entonces cuando empezó a fabular sobre su origen (hasta hoy algunas biografías afirman que pertenecía a la aristocracia de Java, que era una princesa, dueña de enormes riquezas, que solo existían en su imaginación). También comenzó a exhibir su cuerpo escaso de ropas. Su ex marido utilizó una de las fotografías que circulaban de Margaretha para lograr la custodia definitiva de su hija.

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Aunque popularizó las danzas orientales, los expertos comentaban con desdén sus burdas actuaciones e inexactitud en las coreografías. Para 1913 su carrera fue declinando: ya no era la misma joven sensual y misteriosa, iba camino a ser una sólida matrona. Sin embargo progresaba en su oficio de cortesana, frecuentando políticos y militares de alto rango.

En los primeros años de la Guerra mantuvo un intenso romance con un piloto ruso que prestaba servicios a Francia. Zelle confesó que Vladimir Maslov fue el amor de su vida. En 1916 su avión fue derribado y Maslov quedó ciego. Los alemanes lo hospedaron en un hospital y a Zelle, como ciudadana de un país neutral, le fue permitido visitarlo.

Acá divergen las historias, para algunos fueron los alemanes los primeros en contactarla, para otros los miembros de la Inteligencia francesa la contrataron, a sabiendas que Margaretha conocía al príncipe Wilhem, el heredero al trono alemán. Los franceses creían que Wilhem pertenecía al alto mando y era un factótum de la estrategia germana. No podían estar más equivocados; Wilhem era un playboy, un joven poco compenetrado con las tácticas que se empleaban al que ni siquiera le gustaba la vida militar que debía llevar adelante como medio publicitario para fortalecer el espíritu belicoso del pueblo alemán.

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La inteligencia francesa le ofreció 1.000.000 de francos para espiar, cifra que le venía muy bien. ¿Qué debía que hacer? Pues, lo que siempre hacía: seducir a caballeros.

Margaretha pensó que era la forma más fácil de hacer fortuna y asistir a su país adoptivo. En realidad, resultó ser el camino más corto hacia su muerte.

De acá en más, la historia se vuelve más compleja, como corresponde a una de espías y contra espionaje. Los alemanes la contactaron en Madrid, mientras arreglaban un encuentro con el príncipe Wilhem para hacerles creer a los franceses que todo marchaba como habían planeado. Cuando volvía de Madrid, el M5 británico la aprehendió. Con las idas y vuelta de la bailarina los ingleses creían que andaba en algo raro. La interrogaron y Margaretha les confesó que trabajaba para los franceses. Aun desconfiando de Mata Hari, la inteligencia británica la dejó libre, circunstancia que aprovechó para pasar unos días en el Savoy de Londres. La buena vida era su forma de vida.

La guerra siguió un curso cada día más complicado para los aliados, hasta que la elección de Georges Benjamin Clemenceau como presidente de Francia, infundió nueva confianza en la nación. Clemenceau estaba determinado a finalizar la guerra.

Desde que la humanidad eran bandas dispersas de trogloditas a la fecha, todos sabemos que se necesita un chivo expiatorio para exaltar el espíritu patriótico, y ninguno es mejor que una mujer que exhibe su cuerpo y vende sus encantos para sacar secretos estratégicos que costaban vidas de soldados franceses. ¡Cincuenta mil muertos! le endilgaron los dedos acusadores que señalaban a la bailarina extravagante. Ella había ocasionado la muerte de 50.000 soldados franceses… Sin embargo ¿Cómo demostrar que esa mujer ya madura (rondaba los 40años) era la responsable de tantas víctimas?

En realidad, la pregunta era. ¿Cuál es el problema de sacrificar a una mujer cuando cada día morían soldados de a miles en una sucia trinchera? ¿Cuánto valía exaltar el espíritu guerrero y demostrar que las derrotas que había sufrido Francia se debieron a esta “bailarina” que vendía su cuerpo al mejor postor?

Margaretha fue aprehendida, interrogada y acusada de conspirar contra el pueblo francés, vendiendo “valiosa información al enemigo”. ¿Quién rebeló los secretos de Zelle? ¿Fueron los mismos franceses cansados de la escasa información que otorgaba o los alemanes, que deseaban deshacerse de esta dama que podía poner en aprietos a algún general o hasta al mismo príncipe heredero? Muy probablemente los secretos de Estado que Margaretha pasaba a un bando u otro, no eran más que chimentos que cualquiera podía encontrar en los periódicos, o que se susurraban en las fiestas de círculos exclusivos.

El alto mando francés estaba convencido que dar una sanción ejemplificadora era el camino más corto para mostrar un enemigo común que, a pesar de sus encantos, no había podido engañar al ejército francés.

Entre cándida y enigmática, Margaretha confesó haber recibido 20.000 francos del gobierno alemán, cosa que había hecho para seguir el juego que la inteligencia del ejército francés le había propuesto, ya que ella se sentía francesa como la que más… El juicio fue un espectáculo montado para escarmiento de la traidora.

A tal fin trajeron como testigo a su amante Vladimir, quién amargado por su ceguera, y lo que creía había sido una deslealtad de Margaretha, confesó que poco le importaba el destino de esta mujer impía. Este fue un golpe demoledor para Margaretha, el hombre que había amado la descartaba como lo habían hecho otros antes… De allí en más se limitó a repetir su historia mientras se aportaban nuevas pruebas a una creciente lista de delitos reales y atribuidas. Condenada antes de empezar, Mata Hari se resignó a su suerte, aunque sin deshacerse de ese velo de misterio y erotismo.

Dicen que para su fusilamiento ordenó la confección de un tailleur a fin de lucir espléndida en el momento que las balas desgarrasen ese cuerpo que había hecho las delicias de amantes, admiradores y espectadores.

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Mata Hari murió víctima de sus mentiras y las aviesas intenciones de los hombres que la habían usado y de la que ahora se deshacían de ella, exhibiendo una hipócrita dignidad.

Sin vendas enfrentó al pelotón, despidiéndose con un beso que arrojó con sus dedos enguantados.

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